074 : Taketori monogatari 竹取物語.


Escrito con el silabario autóctono japonés kana, y no en chino —como era habitual entre los letrados de la época—, con un estilo sencillo y coloquial por sus abundantes diálogos, se desconoce a ciencia cierta cuándo fue creado y por quién. En cuanto a la primera incógnita, se tiene constancia de la existencia del Taketori monogatari en los inicios del siglo X gracias a que se hace mención al cuento en el "Yamato monogatari" 大和物語, cita que permite ponerlo en relación con el emperador retirado Uda (867-931) y la celebración de una fiesta de contemplación de la Luna que tuvo lugar en el año 909. Por su parte, también la autoría permanece envuelta en el misterio. Se han barajado varios nombres a los que atribuir el relato, entre los que pueden mencionarse "Minamoto no Shitagō" 源順 (911-983), el monje y poeta "Henjō" 遍昭 (816-890), algún miembro del clan "Imbe", el poeta "Ki no Haseo" 纪长谷雄 (845-912), e incluso también se ha especulado que pudiera tratarse de alguien perteneciente a alguna facción política opuesta al "Emperador Tenmu" 天武天皇 (631-686).

Pese a su título, el protagonista principal de la historia no es el leñador, sino una mujer, Kaguya Hime 輝夜姫 o "la princesa Kaguya", cuya belleza conducirá a los pretendientes que aspiran a desposarse con ella a enfrentarse a las más arriesgadas pruebas con tal de demostrar su amor por la joven. El emperador tampoco escapará del hechizo. Mas la extraordinaria naturaleza de la princesa Kaguya, ya anunciada por su hallazgo dentro del tronco de un bambú cuando era tan diminuta que cabía en la palma de la mano, será la que determine la conclusión de la historia.

Taketori monogatari 竹取物語 sentaría las bases para el género narrativo "Monogatari", que hallaría su época de máximo esplendor en el período Heian (794-1185).




Taketori monogatari 竹取物語

Una bendición inesperada

En un lugar lejano en la memoria y el tiempo vivía una pareja muy pobre. Para subsistir el hombre tenía que cortar bambú en un bosque cercano y aún así apenas les daba para llenar sus estómagos. Como no fueron bendecidos con hijos la vida les resultaba tan dura que incluso la esperanza era un lujo para ellos inasumible.
Pero he ahí que un día el cortador de bambú encontró un extraño objeto, parecía una caña cualquiera pero emitía un fulgor intermitente. Rápido se decidió a cortarla con su hacha. Asombrado comprobó que en su interior dormía un bebé, era una niña y le pareció que su piel era demasiado blanca. Con mucho cuidado la sujetó entre sus brazos y se la llevó. Decidieron adoptarla y le dieron el nombre de Kaguya, que en la lengua antigua significa ocaso radiante pues desde entonces ninguna de sus noches fue jamás oscura.
Mas la dicha de la pareja no terminó ahí, ya que cada cierto tiempo el hombre encontraba “cañas brillantes” como las que se topó la primera vez, pero en esta ocasión en lugar de una niña venían cargadas de oro.
Kaguya creció rápidamente y se convirtió en una muchacha cuya belleza dejaba sin aliento, con una piel tan clara que parecía sacada de una pintura china y los ojos de un azul profundo como nunca antes se habían visto en esas tierras. La pareja era ya anciana pues eran viejos cuando encontraron a la niña y ahora eran reputados mercaderes aunque la verdadera fama provenía de la incontestable presencia, de la hermosura sin par de su joven hija. Nunca hubo en el mundo ni persona ni animal, ni montaña ni bosque, ni en el cielo ni en el mar nada tan bonito como el rostro de Kaguya.
De todos los rincones de la nación acudieron príncipes y plebeyos para cortejarla, casi todos fueron rechazados. Muchos se sorprendieron, otros incluso se escandalizaron pues no fueron los padres de la muchacha los encargados de recibirlos y discutir las condiciones matrimoniales como dictaba la costumbre sino un servidor de la familia que sin mediar palabra comunicaba la decisión de Kaguya que oculta tras un biombo observaba cuidadosamente a los candidatos. Nadie que no fuera ella misma sería dueña de su destino. Y así fue que solo cinco de ellos fueron convocados para una única reunión en la que la dama expondría a los pretendientes sus exigencias que de verse cumplidas daría ella su mano en matrimonio.
Kaguya se las ingenió para que la empresa les resultara prácticamente imposible y para ello encomendó a cada uno de los pretendientes una tarea. Al primero de ellos pidió que trajera el cuenco que utilizó Buda durante su época mendicante allá en la lejana India. Al segundo una rama del fantástico árbol de oro y cuyos frutos son gemas que crece en el monte flotante Horai. Al tercero una capa elaborada con piel de las míticas ratas de fuego. Al cuarto el cascarón de un huevo de oro que a veces se encuentra en los nidos de golondrina. Y al quinto la joya que les crece en el cuello a los dragones del mar. Todos partieron y prometieron enérgicamente satisfacer los deseos de la hermosa Kaguya pero en el fondo atribulados ante la titánica misión que suponía cada uno de aquellos trabajos.



El cuenco

El primero de los pretendientes era terriblemente perezoso. Se desesperó al enterarse que se tardaban tres años en viajar a la India y volver. Como todo buen holgazán el hombre era bastante ingenioso y no tardó en llegar a la conclusión de que jamás nadie había visto el tazón. Tan solo tenía que ocultarse durante el tiempo suficiente y regresar con un cuenco de mendigo procedente de cualquier templo budista.
Transcurridos tres años el primer príncipe regresó seguro de su éxito y entregó a Kaguya un cuenco de piedra con aspecto de ser muy antiguo y envuelto en un paño de exquisita seda. Al verlo la dama miró fijamente a los ojos de su pretendiente y le dijo:

“Agradezco tu ofrenda, pero aunque lo que me has traído podría pasar por el cuenco que portó Buda no veo en él ninguna santidad. Os pregunto amable señor ¿no será vuestro amor un engaño si pretendéis ganarlo con una mentira?”

El hombre bajó la mirada y se sintió humillado y enfadado consigo mismo. Rogó a Kaguya que le perdonara y pidió que le permitiera llevarse el cuenco para recordar siempre lo que cuesta obtener aquello que se quiere de verdad.
Ella le creyó.

La rama

El segundo pretendiente era astuto y muy rico. No creía que existiese ningún monte flotante ni arboles cuyos frutos fueran piedras preciosas. Como ya hiciera el anterior príncipe anunció su partida y todos le vieron zarpar en un gran barco.
Unos años después atracó en el mismo puerto y pidió ver a la dama Kaguya. Acompañado de un gran séquito se dispuso a narrar las aventuras vividas durante su ausencia:

“Partimos hacia el oeste, izamos las velas y nos dejamos guiar por cualquier viento, encontramos maravillosas ciudades en países desconocidos. Sufrimos numerosas tormentas, vimos a los dragones de agua levantar olas tan altas como castillos. Un día el viento desapareció no pudimos ni avanzar ni retroceder. Permanecimos así durante semanas, pasamos hambre y sed. Cuando creíamos que ese sería nuestro fin divisamos una isla con una montaña en el centro y remamos hacia ella. En la orilla aguardaban doncellas que me ofrecieron comida y placeres pero los rechacé todos, ansioso por explorar la montaña. Una vez la hube escalado encontré una de las ramas del árbol del monte Horai, volví al barco y mis hombres lo celebraron comiendo los manjares que nos ofrecieron los gentiles habitantes de la isla. Al día siguiente partimos y la isla desapareció entre una espesa niebla.”

Tras la tediosa cháchara uno de los integrantes del séquito farfulló de mala gana:

“¿Vais a pagarnos ya señor?”

Otros dos hombres se unieron a las protestas ante la airada mirada del príncipe que hizo ademán de sacar su espada. La dama Kaguya se dirigió directamente a los protagonistas de la pequeña revuelta.

-“¿Qué deseáis caballeros?”
-“Noble señora, durante años hemos trabajado sin descanso para este príncipe viviendo solo de promesas, hemos fabricado lo que nos pidió”- dijo señalando la enjoyada rama- “somos pobres y ahora exigimos nuestro pago.”
-“¿Dónde habéis estado durante todo ese tiempo?”-dijo ella.
-“En una pequeña isla muy cercana a la costa”
-“¿Estaba el príncipe con vosotros?”
-“Si señora”

El presunto héroe se arrastró hacia la puerta gateando como un animal asustado y tal fue su vergüenza que pasó el resto de sus días en otro país. La dama Kaguya accedió a saldar la deuda contraída con los artesanos y estos agradecieron profundamente su generosidad.

La capa

El tercer príncipe también era un hombre rico aunque muy querido por todos sus vasallos. Se entregó al estudio de las legendarias ratas de fuego y descubrió que eran originarias de China. Afortunadamente tenía un gran amigo en ese país y no tardó en ponerse en contacto con él. Le envió una ingente cantidad de oro y solicitó su ayuda. Sin dudarlo su antiguo compañero inició una intensa búsqueda a lo largo y ancho del continente, puso al tanto a sus mercaderes e hizo correr la voz, un poderoso señor del este ofrecía una gran recompensa por cualquier pista que le ayudase a encontrar a las ratas de fuego. Todos los esfuerzos fueron en vano, nunca nadie había oído hablar de semejante animal ni supiera de la existencia de una capa con propiedades ignífugas.
El amigo del príncipe estuvo a punto de darse por vencido, quiso devolver a su amigo todo el oro que había recibido sin importar el coste que había supuesto su búsqueda pero justo antes de dar la orden oyó un alboroto en las calles, un grupo de artistas ambulantes había llegado a la ciudad y ofrecían cantos, bailes y entretenimiento para todo el mundo. Quiso este hombre jugar una última carta y mandó llamar a los artistas a su casa, siendo gente viajera era seguro que habían oído muchas historias, quizá una de ellas haría referencia a las ratas de fuego.
Los artistas disfrutaron de la hospitalidad del noble pero ninguno de ellos supo darle la respuesta que ansiaba, ninguno excepto un anciano que con voz ronca explicó que en una ocasión su abuelo habló de cierto templo en una montaña que guardaba una capa que protegía de las llamas. El anfitrión se extrañó puesto que sus hombres ya habían explorado esa zona y no había ningún templo donde decía el viejo. “Lo había en tiempos de mi abuelo”-respondió. El noble pidió al encorvado artista que le acompañara al lugar. A la mañana siguiente iniciaron la búsqueda.
Efectivamente no había ningún templo en la montaña pero si un montón de piedras que parecían haber formado parte de algún tipo de estructura.

-“Este es el lugar”- dijo el anciano.

De inmediato comenzaron a cavar y pronto encontraron un arcón de hierro. Dentro descubrieron varios rollos de seda y entre ellos una preciosa capa toda hecha de piel. El noble excitado por el hallazgo envió la mítica prenda a su amigo con toda urgencia, mensajeros con los más veloces caballos recorrieron día y noche la distancia que separaba su casa de la costa y allí un rápido velero cruzó el mar directo a las islas del Japón.
La casa del príncipe alzó sus estandartes al viento al recibir la misiva de su querido amigo, radiante de felicidad extendió ante todos la maravillosa capa de piel. Todos celebraban la alegría de su señor y se prepararon caballos para dar la buena nueva a la dama.

-“Aguardad”- dijo el príncipe- “Yo también deseo con toda el alma ver a mi amada Kaguya vestir esta prenda legendaria. Dicen que la piel de las ratas de fuego no arde y que al calentarse brilla como la plata. No seré yo quien dude de mi amigo que tanto ha hecho para que este día llegase, sin embargo quiero comprobar con mis propios ojos que tal milagro es posible”.

Se dirigió a la hoguera que alimentaba la estancia principal y allí arrojó la capa. Una espesa columna de humo se elevó hasta el techo y el tejido fue pasto de las llamas.
El príncipe permaneció inmóvil, cerró los ojos y tomó aire, un largo suspiro salió de su boca. Nadie se atrevió a mover un dedo.
Días más tarde la dama Kaguya recibió una carta, en ella el príncipe le explicó todo lo ocurrido, de su estrepitoso fracaso, le contó cuánto la amaba e imploraba su perdón por no poder atender sus deseos. También le dijo que un hombre como el no merecía presentarse ante ella con las manos vacías y se excusaba por el tiempo malgastado en leer esa misiva, por último se despedía para siempre.
Kaguya se sintió profundamente conmovida por la honestidad de ese hombre y convocó al príncipe. Quería decirle que no se preocupara pues no se sentía decepcionada y que deseaba verle una vez más. Pero ya era tarde, para cuando el mensajero llegó a su destino el príncipe ya había abandonado su hogar, donado toda su riqueza y repartido sus tierras entre sus sirvientes. Ataviado con ropas de monje, un ancho sombrero y un palo de madera dirigió sus pasos hacia el norte para nunca volver. No se supo más de él. Todos recuerdan su nombre, se llamaba Abe.

La cáscara

El cuarto príncipe era una persona muy orgullosa, un aristócrata severo y perfeccionista. Un veterano guerrero hijo de las más nobles familias. Preguntó a todos en su casa dónde podía encontrar la cáscara dorada pero nadie había oído hablar de ella, ni el mayordomo, ni el aguador, ni el jardinero ni el cocinero.
Un niño pequeño que lejos de tener miedo se divertía mucho con las rabietas del príncipe le dijo que había visto algunas en los nidos que las golondrinas hacen en el tejado de la cocina. El señor emocionado ordenó que los examinaran todos y para ello trajeron una gran canasta y poleas para poder subir al tejado. Los sirvientes pusieron todo el empeño y cuidado en buscar la cáscara dorada sin dañar los nidos pero no encontraron nada, lo que para regocijo del chiquillo provocó un nuevo arrebato de ira en el príncipe.

-“! Atajo de inútiles!, ¿No sois capaces ni de registrar unos simples nidos?, ¡ Apartaos, lo haré yo mismo!”-Bramó.

Los sirvientes intentaron detenerle pero los apartó violentamente, algunos cayeron al suelo y otros, agarrados a las mangas de su traje trataron de advertirle del peligro que suponía subir allá arriba. Una vez dentro de la canasta ordenó que le izaran y cuando llegó al techo se dedicó a escudriñar dentro de los nidos, romper los huevos y asustar a los polluelos. Las golondrinas al sentirse amenazadas se lanzaron contra él y le propinaron picotazos por todo el cuerpo. Su número era tal que el príncipe apenas podía protegerse. Algunas de las aves más grandes se abalanzaron contra su cara y lograron sacarle los ojos. El príncipe en medio de una gran agonía comenzó a balancearse bruscamente. Criados y soldados sujetaron las cuerdas lo mejor que pudieron pero al final se precipitó al vacío con tan mala suerte que atravesó parte del techo de la cocina y cayó en el interior de una enorme olla en la que en esos momentos se estaban hirviendo unas verduras.
Tras recuperarse de sus heridas el desdichado príncipe quedó irremediablemente desfigurado, ciego y loco de atar, con sus huesudos dedos sujetaba un pedazo de cascarón de huevo, no tenía nada de especial pero sus hombres trataban de calmarlo haciéndole creer que era de oro puro y que nadie más que el podría haber logrado tal hazaña. No volvió a nombrar a Kaguya, su frágil mente la había olvidado. Aún así se sentía feliz, ahora tenía su preciado botín y jamás le apartarían de él.

La gema

El quinto príncipe era fanfarrón y rematadamente cobarde. Sobre él recayó la que parecía tarea más peligrosa, nada menos que encontrar un dragón del mar y robarle su gema.
Lejos de rehuir de su deber hizo grandilocuentes declaraciones y pagó importantes sumas de dinero a charlatanes que prometieron encontrar pistas para él y de los que tras cobrar nada más se supo. A continuación mandó construir un palacio digno de una alta dama para demostrar ante todos que conseguiría la mano de Kaguya.
En su favor diría que de entre todos fue el único príncipe que partió personalmente a la búsqueda del objeto que se le había solicitado y aún sudando a mares no dudó en zarpar en un flamante barco agitando hacia el frente su costoso abanico. Le aguardaba la gloria y si el resto del mundo no lo percibía así no iba a ser él, digno hijo de los cielos quien se cebase en su estrechez de miras.
Transcurrieron tres días de navegación en dirección este, donde se supone que vivía el gran dragón del mar cuando la tripulación comenzó a quejarse y aconsejó a su patrón el regreso pues empezaban a adentrarse en aguas peligrosas. El príncipe se mostró profundamente ofendido, acusó de cobardía a los marineros y afirmó que él era el único allí que no temía enfrentarse con la bestia y que si no se dejaba ver era porque a estas alturas ya le habría llegado la noticia de que un poderoso guerrero se dirigía ya a sus dominios para darle muerte. Seguro que en ese preciso instante estaría oculto tras alguna roca en las profundidades del mar.
Comenzó a formarse una gran tormenta en el horizonte. Una línea de oscuras nubes avanzaba hacia la solitaria embarcación. Nada que los avezados hombres de mar pudieran hacer evitaría ya que fueran presa del viento, la lluvia y las olas. La que antes pareciera una majestuosa nave no era más que un bamboleante cascarón a merced de los elementos. El príncipe, presa ya del pánico, no paraba de proferir alaridos y oculto tras un madero responsabilizaba a los marinos de haberle traído a esas peligrosas aguas adrede y de planear asesinarle. Trató en vano preparar su arco para “castigar” al capitán. Los hombres agradecieron el alivio cómico en mitad de aquella tempestad y no menos de cinco estallaron en carcajadas cuando uno de ellos dijo:

-“Señor, os ruego que me escuchéis. El dragón ha enviado esta tormenta contra nosotros, sabe que un enfrentamiento con vos sería el fin de la bestia pero si prometéis que no le haréis daño es posible que os escuche y salvemos el pellejo”

El príncipe agradeció el estar empapado pues hace rato que se le habían aflojado los intestinos. Se incorporó como pudo y levantando las palmas de sus manos como si se protegiera de algo “perdonó” con voz temblorosa la vida del dragón del mar y prometió por su honor no dañarle.
El espectáculo insufló ánimo entre los marineros, que tras unas buenas carcajadas redoblaron sus esfuerzos. Poco tiempo después divisaron una pequeña isla a la que se dirigieron sin dudar. La embarcación encalló y aunque fue engullida por las aguas no hubo que lamentar ninguna pérdida.
Pronto descubrieron que se encontraban en un pequeño archipiélago en mitad del océano y muy lejos de su hogar. Ninguno de ellos volvería a navegar. En cuanto al palacio que mandó construir fue dejado a medias y habitado por un clan de gatos, eligieron a un rey y se pasaron sus siete vidas jugando a señores y vasallos.

La princesa de la luna

Pasaron los años, Kaguya se hacía cada vez más hermosa, tras el fracaso de los cinco príncipes pocos se atrevieron a molestarla con propuestas matrimoniales y ella pudo dedicarse plenamente al cuidado de sus ya muy ancianos padres.
Al fallecer la madre Kaguya cayó en una profunda melancolía, se pasaba las noches observando las estrellas y cuando la luna se hacía visible en el firmamento apenas podía contener las lágrimas.
Al padre se le rompía el corazón al ver a su hija penar de aquella manera y preguntó si podía hacer algo por ella. Kaguya le respondió de la siguiente manera:

-“Padre, siento que el día en que deba abandonar estas tierras esté cerca pues en realidad no soy nacida en este mundo. Mi hogar está en una ciudad llamada Tsuki-no-Miyako que es la capital de la luna. Hace una semana recibí la visita de un mensajero y me dijo que pronto me vendrían a buscar”

El padre juró hacer todo lo posible para evitar que le arrebataran aquello que más quería en esta vida, a lo que la joven Kaguya respondió que nada podría evitarlo y que todo esfuerzo sería inútil.
Negándose a darse por vencido el anciano acudió a la corte imperial e imploró ayuda al mismísimo emperador. Tras escuchar pacientemente toda la historia accedió a enviar un ejército para proteger a su hija. Él mismo encabezaría la marcha pues los rumores de la belleza de Kaguya hacía tiempo que habían llegado a palacio.
Al volver a su hogar el anciano corrió a contárselo todo a su hija en lugar de alegrarse parecía aún más triste. Aceptó la visita del emperador quien quedó impactado por la hermosura de la muchacha aunque también le embargó un profundo sentimiento de pena al ver el sufrimiento reflejado en su rostro.
Allí permanecieron todos hasta el plenilunio, los soldados aguardaban expectantes en perfecta formación. Una esfera plateada emergió de entre los árboles del bosque y se acercó flotando muy lentamente hasta la casa. El oficial ordenó abrir fuego y cientos de flechas cubrieron el cielo pero ninguna alcanzó su objetivo, sus astas ardían y las puntas se doblaban como si chocaran contra un muro invisible. A su vez la esfera comenzó a emitir una especie de rayos luminosos que paralizaban a todo aquel a quien alcanzaban. Los soldados lucharon hasta el último hombre pero poco pudieron hacer ante tan inusual oponente.



Kaguya corrió al encuentro de su padre a quien encontró tumbado en su habitación con una mano agarrándose fuertemente las vestiduras a la altura del corazón.

-“Hija mía, ahora entiendo porqué tienes que marcharte”- dijo con un hilo de voz.- “Es porque yo también tengo que marcharme. Gracias por toda la felicidad y el amor que nos has traído durante todos estos años”.

Sonrió mientras acariciaba las mejillas de Kaguya, ahora cubiertas de lágrimas, cerró los ojos y descansó para siempre.

“Estoy preparada”- dijo la dama tras salir al exterior.

De la esfera surgió un puente plateado y sobre él una pequeña comitiva que salió al encuentro de Kaguya.

“Has de desprenderte de todas tus pertenencias terrenales y beber esta pócima, te concederá la vida eterna pero también el olvido, no recordarás nada de tu estancia en la tierra. Ten, cúbrete con esta capa”. Kaguya se desprendió de todos sus adornos, liberó su largo cabello negro y dejó caer sus ropas. Su hermoso cuerpo era una luminaria, se dejó envolver por la capa y miró melancólicamente atrás, sus ojos reflejaban más de lo que las palabras pueden describir, luego tomó la pócima y se dejó guiar. Hacia su hogar, allá entre las estrellas.




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