En el bosque, bajo los cerezos en flor

坂口 安吾 Sakaguchi Ango (1906 - 1955)

Relato I

En el bosque, bajo los cerezos en flor

Cuando florecen los cerezos, la gente se siente alegre y feliz. Bajo los árboles cuajados de flores beben sake o comen dulces de arroz mientras exclaman: «¡Qué vista tan hermosa! ¡Qué espléndida es la primavera!».

Pero todo es una gran farsa. ¿Que por qué lo digo? Porque desde la época Edo se repite la misma historia: la gente se reúne bajo los cerezos para emborracharse, vomitar y, finalmente, acabar peleándose bajo sus ramas en flor. Pero antes de la época Edo, en los días olvidados del pasado lejano, permanecer bajo las flores del cerezo era para cualquiera la más terrorífica de las experiencias. Hoy, en cambio, nos parece divertido reunirnos con familiares y amigos bajo los cerezos. Bebemos, comemos y pasamos un buen rato todos juntos bajo las ramas floridas. Pero si borramos a toda esa gente del paisaje, el escenario que se presenta ante nuestros ojos resulta aterrador. Hay una obra del teatro noh en la que una madre enloquece intentando buscar a su amado hijo, que ha sido secuestrado. La mujer se adentra en un bosque de cerezos en flor: los pétalos de los cerezos caen por doquier y la madre, confundida, ve la imagen de su hijo entre las sombras de cada uno. Finalmente, la madre muere, presa de la locura, enterrada bajo miles de pétalos (confieso que este último detalle es obra de este humilde servidor). Sin gente, un bosque de cerezos en flor es sencillamente aterrador.

Antiguamente, para llegar al paso de Suzuka, los viajeros debían atravesar un bosque de cerezos. Si las flores no habían brotado aún, no pasaba nada. Pero en la estación florida, bajo aquellos cerezos plenos de flores, los viajeros sentían una extraña inquietud. Intentaban huir precipitadamente hacia los árboles que aún estaban verdes o hacia aquellos que ya se habían secado. Su único deseo era salir del bosque tan rápidamente como les fuera posible. Para el viajero solitario el objetivo era mucho más fácil porque simplemente debía concentrarse en huir a toda prisa pensando tan solo en sí mismo. La situación era muy diferente para quienes viajaban en pareja. Como dos personas no corren a la misma velocidad, inevitablemente uno se atrasaría y gritaría: «¡Espera! ¡Espera!». Pero el otro viajero, el más rápido, escaparía enloquecido abandonando a su amigo a su suerte. Así pues, tras haber atravesado el bosque de cerezos de Suzuka, los compañeros de viaje que hasta entonces habían sido los mejores amigos, jamás volvían a confiar el uno en el otro. Por este motivo la gente comenzó a evitar el bosque de cerezos, prefiriendo tomar otros caminos. El bosque cayó en el olvido, desolado en el corazón silencioso de la montaña, sin que un alma se adentrara en él.

Años después de que el paso de Suzuka se convirtiera en un camino solitario, un bandido se instaló en la montaña. Era un hombre despiadado y cruel que robaba los quimonos de los viajeros y, si se terciaba, también les arrebataba la vida. Pero hasta este hombre tan feroz temía los cerezos en flor y enloquecía bajo sus ramas. Desde la primera primavera, el ladrón aborreció aquellas flores aterradoras bajo las que nunca soplaba el viento, aunque él siempre lo oía bramar. Pero no, allí no había viento, solo su propia figura y el rumor de sus pasos envueltos por un silencio frío y gélido. Con la caída lenta y suave de los pétalos sentía cómo su alma se consumía y su vida se marchitaba. En esos momentos le asaltaba el irrefrenable deseo de cerrar los ojos y huir. Pero si lo hiciera, chocaría contra los árboles. Por eso no se permitía cerrar los ojos. Los mantenía abiertos hasta el punto de llegar a perder la razón.

El ladrón era un hombre de sangre fría que nunca había conocido el arrepentimiento. Como lo que le sucedía le parecía extraño, meditó sobre ello. Pero como no llegó a ninguna conclusión y estaba cansado de discurrir, decidió postergar el asunto. El año siguiente, cuando los cerezos florecieran otra vez, lo pensaría con más atención. Cada año se decía lo mismo: «Lo pensaré el año próximo», y así pasaron diez años. Al décimo volvió a posponer la cuestión y otro año más llegó a su fin.

Durante todo ese tiempo, el número de sus esposas había aumentado de una a siete. Y un día añadió una esposa más. La trajo del mismo lugar del que habían venido las otras siete: del camino. Había matado a un viajero para robarle la ropa y la mujer. Aunque en esta ocasión algo fue diferente. Nada más dar muerte a aquel hombre, el bandido empezó a sentirse extraño. Como no sabía a qué achacar aquella inquietud, y no podía concentrar su mente en una cosa por largo tiempo, decidió no prestarle atención.

Lo cierto es que en un primer momento no había tenido la intención de matar al hombre. Pretendía robarle todo lo que llevaba para después darle una patada y mandarlo lejos, como solía hacer siempre. Sin embargo, la mujer era tan hermosa que el ladrón, sin saber cómo, clavó su espada en el cuerpo del hombre. Fue un acto tan inesperado que él mismo se sorprendió. La mujer cayó al suelo. Las piernas le habían fallado y lo miraba con ojos inexpresivos.

—A partir de ahora eres mi esposa —le dijo.

Ella asintió. El ladrón la tomó de la mano e intentó levantarla. Pero la mujer explicó que no podía caminar y le rogó que la llevara a su espalda. El hombre accedió. La levantó con facilidad y cargó con ella. Al llegar a una cuesta muy empinada, le pidió a la mujer que caminara por sí sola, ya que era peligroso intentar subir con ella a la espalda.

—¡No, no, no! —La mujer se aferró a él con todas sus fuerzas—: Si tú, que eres un hombre acostumbrado a las montañas, tienes dificultades para subir, ¿cómo puedes esperar que yo sea capaz de hacerlo?

—Está bien… —respondió el ladrón de buen humor, a pesar de estar exhausto—. Pero bájate de mi espalda un segundo. No es que necesite un descanso, ni mucho menos. Ya ves que soy fuerte. Pero no tengo ojos en la nuca y me atormenta no poder verte. ¡Bájate al suelo un segundo y déjame ver esa cara tan bonita!

—¡No, no! —gritó ella, aferrándose desesperadamente a su cuello—. No puedo permanecer en este lugar ni un solo segundo más. ¡No te detengas ahora! ¡Date prisa! Vayamos a tu casa. Si no nos vamos de inmediato, me niego a ser tu esposa. ¡Aléjame de toda esta desolación o me morderé la lengua y moriré!

—De acuerdo. Haré todo lo que desees.

El bandido sintió que se derretía de felicidad pensando en su futura vida de placeres compartidos con la hermosa mujer. Giró por completo para que ella pudiera contemplar las montañas que los rodeaban: por el norte, por el sur, a derecha y a izquierda, y, mirando hacia atrás, añadió con orgullo:

—Todas estas montañas me pertenecen. —Ella se mantuvo en silencio. Él prosiguió decepcionado—: ¡Mira! Todas las montañas que ves, todos los árboles y los valles, incluso la niebla que los cubre… es todo mío.

—Rápido, por favor —dijo la mujer—. No quiero estar aquí ni un minuto más. Esos acantilados y esas rocas afiladas no me gustan.

—Está bien, está bien. Cuando lleguemos a casa, voy a hacer que te preparen el mejor de los banquetes.

—¿No puedes darte prisa? ¡Por favor, corre!

—Pero, esta subida es muy empinada… No podría correr ni aunque no cargara contigo.

—¡¿Acaso eres un cobarde?! ¿Es que voy a ser la esposa de un enclenque? ¡Dime! ¡Ah! ¿Quién me protegerá de ahora en adelante?

—Pero, qué tonterías dices… La cuesta no es tan empinada como parece.

—¡Oh, vaya! Vas muy lento. Supongo que ya estás cansado.

—¡Maldita sea! ¡Cuando llegue a la cima, te demostraré que puedo correr tan rápido como un caballo!

—Pero si ya estás sin aliento. Y encima estás pálido.

—Al principio siempre es así. Pronto cogeré el ritmo y correré tan rápido que te marearás en mi espalda.

Pero el bandido estaba a punto de desfallecer. Sentía como si todo su cuerpo se deshiciera en pedazos. Cuando por fin llegó a su casa, era incapaz de enfocar la mirada y le zumbaban los oídos. Ni siquiera tuvo fuerzas para anunciar su llegada con ásperas palabras como era habitual.

Las siete esposas salieron a recibirle, pero lo único que pudo hacer fue dejar a la hermosa mujer en el suelo y tratar de aliviar el dolor en sus músculos, rígidos como piedras. Las siete mujeres se quedaron estupefactas ante la abrumadora belleza de la desconocida, una hermosura como nunca habían visto antes. En cambio, a la mujer le sorprendió el aspecto mugriento de las siete esposas. Sin duda, algunas habían sido agraciadas en el pasado, pero ahora nadie habría sido capaz de descubrir en ellas el menor rastro de belleza. La mujer, asqueada, se escondió detrás del hombre y preguntó:

—¿Quiénes son estos monstruos?

—Mis antiguas esposas —respondió avergonzado.

No era una mala respuesta, pues apenas tuvo tiempo de improvisarla. Sin embargo, a pesar de la palabra «antiguas», a ella no le pareció suficiente:

—¿Ah, sí? ¿Son estas tus esposas?

—Bueno, verás… Hasta ahora no sabía que existía una mujer tan hermosa como tú…

—¡Mátala! —ordenó señalando con el dedo a la mujer de rasgos más bonitos.

—Pero, querida… No tenemos por qué matarla. Podemos usarla como sirvienta.

—¿No puedes matar a tu propia esposa? Recuerda, tú mataste a mi marido. ¿Acaso creías que me iba a convertir en tu esposa con tanta facilidad?

El bandido vaciló un instante, pero obedeció. Fue hacia la mujer señalada y, con un sonido sordo, hundió la espada en su cuello. Antes de que la cabeza cayera para rodar por el suelo, la voz suave y transparente de la hermosa mujer se escuchó de nuevo:

—¡Ahora esta! ¡Mátala! —exclamó señalando a la siguiente víctima con el dedo.

La mujer que había sido señalada se cubrió el rostro con ambas manos y chilló. Pero, brillando en el aire, la espada cortó el grito. De pronto, las otras echaron a correr en todas direcciones.

—¡Agárralas! Jamás te perdonaré si no las atrapas. Hay una por ahí, detrás de ese arbusto. Y aquella otra se escapa hacia la montaña.

El hombre corrió por el bosque con la espada ensangrentada levantada por encima de la cabeza. Una de las mujeres cayó de espaldas al suelo, incapaz de huir. Era la más fea de todas y además estaba coja. El hombre la encontró cuando regresaba de matar a las demás. Levantó la espada con naturalidad para acabar con ella y, en ese momento, la bella mujer lo detuvo:

—No. No, esta no. Será mi sirvienta.

—No me importa matarla, de veras. No es ningún problema.

—¡Detente, estúpido! Te estoy diciendo que no la mates.

—Oh, de acuerdo. Bien.

El bandido arrojó la espada y se sentó en el suelo. La fatiga se apoderó de él y se le nubló la vista. Sintió el cuerpo increíblemente pesado. De repente, se dio cuenta de que el silencio lo envolvía todo. De inmediato, el terror fluyó por todo su ser y se sobresaltó. Giró la cabeza, vio a la mujer a su lado con aire lánguido y se sintió como si hubiera despertado de una pesadilla. Fue como si sus ojos y su alma hubieran sido absorbidos por la belleza de la mujer. Se sintió incómodo. El porqué o el cómo los desconocía. Solo sabía que la mujer era muy hermosa y que él había sucumbido a su hermosura hasta el punto de enloquecer.

«¿A qué me recuerda esta sensación?», se preguntó. Una vez había sentido algo parecido, pero ¿qué era?

—¡Oh, sí! Eso fue —exclamó sorprendido.

Los cerezos en flor. Era la misma angustia que había experimentado al caminar bajo los cerezos en flor. No estaba seguro de en qué modo se parecían ambas experiencias. Pero estaba seguro de su similitud. Y eso solo le bastaba. No le importaba ser incapaz de comprender más a fondo.

El largo invierno llegó a su fin. La nieve aún permanecía en la cima de la montaña y en las profundidades del valle y en la sombra de los árboles, pero los signos de la primavera comenzaban a brillar por todas partes.

«Este año, cuando florezcan los cerezos…», pensó. «No es tan malo cuando te acercas a ellos…». Los que se atreven a adentrarse en el bosque, poco a poco van perdiendo la razón. Miren donde miren están rodeados de flores: frente a ellos, a su espalda, a la derecha y a la izquierda, millones de flores se ciernen sobre ellos. Y entonces, antes de llegar al centro del bosque, se asustan y no pueden soportar la soledad.

«Este año me quedaré quieto en medio del bosque. No, mejor aún, me sentaré en el suelo cubierto de pétalos», pensó. «La llevaré conmigo». La idea cruzó por su mente como un relámpago y miró a la mujer, pero se sintió intimidado al posar sus ojos en ella. No quería que se enterase de sus pensamientos. Por alguna razón, sintió firmemente en su corazón que ella no debía saberlo.

La mujer era caprichosa y egoísta. A pesar de ofrecerle manjares preparados con cariño, siempre se quejaba. El bandido recorrió la montaña cazando aves y ciervos. Incluso cazó jabalíes y osos. La sirvienta coja se adentraba en el bosque durante todo el día para recoger raíces y hierbas. Pero la mujer nunca estaba satisfecha:

—¿¡Quieres que coma esta bazofia todos los días!?

—Pero todo esto ha sido preparado especialmente para ti. Antes de que llegaras, solo comíamos cosas como esta un día de cada diez.

—Quizá esto esté bien para un hombre de montaña como tú, pero a mí se me atasca en la garganta. En esta montaña solitaria donde las noches son eternas, solo se escucha el ulular de los búhos. Al menos podrías ofrecerme una comida a la altura de las que se sirven en la capital, ¿no crees? ¡Ah, respirar el aire de la capital! Pero ¿qué puede saber un hombre como tú? Me arrebatas el aire de la capital y, a cambio, me das graznidos de cuervo y lamentos de lechuza. ¿Acaso no tienes vergüenza? ¡Eres tan cruel!

El bandido no entendía la lógica de las venenosas palabras de la mujer. No sabía lo que era «el aire de la capital», ni podía imaginarlo siquiera. Era incapaz de concebir que la felicidad de su vida en la montaña fuese incompleta. ¿Acaso le faltaba algo? Se sentía desconcertado ante el amargo resentimiento de la mujer, y la impotencia de no saber qué hacer lo atormentaba.

Había matado más viajeros de la capital de los que podía recordar. Eran ricos y sus bolsas estaban repletas de mercancías lujosas. Cuando un viajero no tenía nada más que baratijas, el ladrón lo insultaba llamándolo «pueblerino». Para él, la capital era el lugar donde vivían los ricos con sus objetos preciosos y sus cosas bonitas, cosas que él podía robarles. Nunca antes había pensado qué era aquello que llamaban «la capital».

La mujer guardaba con mimo peines, peinetas, cintas para el cabello y carmín. Si la mano sucia del ladrón, manchada de barro o de la sangre de algún animal, rozaba mínimamente su quimono, la mujer gritaba enfurecida. Parecía que su vida dependiera del quimono y su obligación fuera protegerlo. También era muy exigente con la limpieza impecable de la casa y de sus efectos personales. La mujer no se conformaba con vestir un sencillo quimono de mangas estrechas y ceñido con un fajín discreto. Exigía muchos quimonos e incontables fajines, los cuales se ataba a la cintura formando bellos nudos y dejando caer los extremos sin motivo aparente. Fue añadiendo adornos a su atuendo hasta crear un vestuario perfectamente conjuntado. Cuando la vio así ataviada, el hombre, aturdido, dejó escapar un suspiro. En ese momento lo comprendió: así era como la belleza tomaba forma. Y esa belleza lo colmaba de satisfacción; no tenía ninguna duda. Fragmentos que individualmente eran imperfectos e incomprensibles, podían completar un conjunto magnífico. Y nuevamente aislados, volvían a ser fragmentos sin sentido. Se percató en ese preciso instante, como si fuera obra de una especie de magia misteriosa.

El hombre taló un árbol para fabricar cosas que la mujer le ordenaba. ¿Qué iba a construir y con qué propósito?, el ladrón lo desconocía. Se daría cuenta más tarde de que había fabricado una silla con reposabrazos. Cuando hacía buen tiempo, la mujer ordenaba sacar la silla al sol o a la sombra, según su capricho, y se sentaba en ella con los ojos cerrados. En el interior de la casa, se recostaba sobre el reposabrazos y se sumergía en sus reflexiones. El bandido la observaba y sus actos le parecían extraños, incitantes, sensuales. Mágicos hechizos tomaban forma frente a él y, curiosamente, era él mismo el asistente de esa magia. Pero el resultado de la magia siempre le llenaba de sorpresa y admiración.

La sirvienta coja cepillaba todas las mañanas el cabello largo y negro de la mujer. El hombre le traía el agua pura que necesitaba de un arroyo lejano entre las montañas. Se sentía orgulloso de todas las atenciones que le prestaba a la bella mujer y aceptaba de buen grado todos sus caprichos. Había decidido que quería ser parte de su magia. Deseaba tocarle el hermoso cabello negro primorosamente peinado. «¡No, ni se te ocurra tocarme con esas manos!». Y le apartaba la mano violentamente. Él, como un niño avergonzado, la escondía. El negro cabello de la mujer se hacía cada vez más brillante y cuando se lo recogía, el rostro que emergía era la imagen de la suprema belleza. Esta visión era para él como una fantasía que nunca se cansaría de soñar.

«Estas cosas…», decía mientras tocaba las ornamentadas peinetas y las cintas estampadas. Hasta aquel entonces habían sido para él objetos sin sentido y sin valor. El hombre seguía sin comprender aún la relación entre aquellos objetos y el principio de la armonía, pero podía entender el poder de su magia. La magia que daba vida a las cosas, pues incluso un objeto tenía un alma.

—¡No los toques! ¿Por qué tienes que hacer lo mismo todos los días?

—¿No son increíbles?

—¿Qué es lo que tanto te asombra?

—No lo sé, pero…

No supo qué decir. Había descubierto algo maravilloso, pero no sabía el qué.

Y de este modo nació en él el temor hacia la capital. En realidad no era miedo, sino una mezcla de vergüenza y ansiedad provocada por su ignorancia: la sensación que experimenta un sabio cuando se enfrenta a algo que desconoce. Cada vez que la mujer pronunciaba la palabra «capital», el corazón del hombre daba un vuelco. No estaba acostumbrado a aquella sensación, pues jamás había sentido miedo de ningún objeto visible. Tampoco se acostumbraba a la vergüenza. Comenzó a aborrecer la capital como a un enemigo.

«Entre todas mis víctimas, cientos de viajeros de la capital, no ha habido nadie que pueda conmigo», pensó con satisfacción. No podía recordar, incluso en su pasado más remoto, heridas o miedo alguno, y este pensamiento le llenó de orgullo. Comparó su fuerza con la belleza de la mujer. Quizá un jabalí podría causarle problemas, pero aun así no podía considerarlo un enemigo temible. El hombre se sentía tranquilo.

—¿En la capital hay hombres con grandes colmillos? —le preguntó a la mujer.

—Hay samuráis con arcos y flechas.

—¡Ja, ja! ¡Flechas! Con mi arco puedo alcanzar un gorrión desde el otro lado del valle. Y seguro que no hay ningún hombre en la capital con una piel tan dura que la espada no pueda cortar, ¿verdad?

—Hay samuráis con armadura.

—¿Podría la armadura detener una espada?

—Podría.

—¡Bah! Yo puedo abatir a un jabalí… ¡Incluso a un oso!

—Si eres tan fuerte, llévame a la capital, procúrame todo lo que te pida y rodéame de elegancia y lujo. Si puedes darme esto que mi corazón anhela, podré decir que eres un hombre fuerte de verdad.

—Eso es fácil.

Y de este modo el hombre decidió ir a la capital. Antes de que pasasen tres días con sus tres noches, conseguiría para la mujer montones de peines y peinetas, de cintas y de quimonos, de espejos y de carmines. No tenía ninguna duda. Solo una cosa le preocupaba, pero nada tenía que ver con la capital.

El bosque de cerezos.

Los cerezos alcanzarían la plena floración en unos pocos días. Aquel año, además, había decidido sentarse, sin miedo ni temor, en mitad del bosque de cerezos. Había estado observando en secreto el progreso de los capullos.

—Dame solo tres días —le rogó a la mujer, que ya estaba ansiosa por partir.

—Pero si no tienes nada que preparar —ella frunció el ceño y añadió—: No me hagas esperar. La capital me está llamando.

—Pero…, tengo una cita.

—¡Tú! ¿Una cita? ¡En esta montaña perdida! ¿Con quién?

—Con nadie. Pero es una cita de todos modos.

—¿Cómo? Jamás había oído semejante tontería. ¿Cómo puedes tener una cita cuando dices que no hay nadie?

El bandido era incapaz de mentirle:

—Las flores de cerezo ya están brotando.

—¿Tienes una cita con los cerezos en flor?

—Las flores de cerezo están brotando y no puedo irme sin haberlas visto.

—¿Por qué?

—Porque tengo que estar bajo los cerezos en flor.

—De acuerdo, pero ¿por qué tienes que estar allí?

—Porque las flores van a florecer.

—¿Por qué porque las flores van a florecer?

—Porque un viento helado llena el espacio bajo las flores.

—¿El espacio bajo las flores?

—El espacio infinito. Bajo las flores.

El ladrón perdió el hilo de la conversación y se sintió confuso.

—Llévame contigo —dijo ella.

—No, no puede ser —sentenció—. Tengo que estar solo.

La mujer esbozó una amarga sonrisa. Era la primera vez que el hombre la veía sonreír de ese modo. Nunca antes había visto una sonrisa tan malévola. No pensó en la maldad en sí, solo pudo pensar que aquella era una sonrisa que no se podía cortar con la espada. La prueba era que había dejado una marca indeleble en su mente: se clavaba en su cerebro como la hoja afilada de una espada cada vez que la recordaba. Y no podía hacer nada.

El tercer día llegó.

El hombre se fue en secreto. Los cerezos estaban en flor. Tan pronto como entró en el bosque, le vino a la mente la sonrisa perversa de la mujer. Le dolió más que cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes. El dolor le atormentaba. Entonces, un viento frío procedente de las cuatro direcciones infinitas rodeó su cuerpo y lo atravesó, penetrando en su carne transparente y llenando por completo el vacío entre las flores. El viento bramaba; él gritó desesperado y corrió. El vacío más absoluto. Lloró, rezó, luchó y corrió para escapar de aquel lugar. Tan pronto como se dio cuenta de que había salido del bosque, se sintió como si hubiera despertado de una pesadilla. La única prueba de que no había sido un sueño era el dolor que anidaba en su pecho y que le había dejado sin aliento.

El hombre, la mujer y la sirvienta coja se fueron a vivir a la ciudad.

Noche tras noche, el hombre irrumpía en las mansiones elegidas por la mujer para robar ropa, joyas y demás ornamentos. Pero ella nunca tenía suficiente. Lo que más codiciaba la mujer, por encima de cualquier cosa, eran las cabezas de quienes habitaban aquellas casas.

En su propia casa muy pronto se acumularon docenas de cabezas procedentes de diferentes residencias. Las colocaban en filas en una habitación, ocultas por cuatro mamparas; algunas incluso las colgaban del techo. Eran tantas las cabezas que el

hombre no sabía distinguirlas, pero ella recordaba perfectamente cada una. Y cuando perdieron el cabello y comenzaron a descomponerse para convertirse en níveas calaveras, ella seguía sabiendo cuál era cuál. Cada vez que el bandido o la sirvienta coja cambiaban las cabezas de lugar, la mujer protestaba enfurecida: «¡No, no! Esta pertenece a esta familia, no a esta otra».

La mujer jugaba con las cabezas todos los días. La cabeza salía a pasear con su séquito. A la casa de una cabeza, venía de visita otra. Algunas cabezas se enamoraban. Una cabeza de mujer rechazaba la cabeza de un hombre y, en otra ocasión, la cabeza de un hombre rechazaba a una de mujer y la hacía llorar.

Un día, la cabeza de una joven princesa fue engañada por la cabeza de un consejero de Estado. En una noche sin luna, la cabeza del consejero, disfrazada de la cabeza de su amante, entró sigilosamente en la alcoba de la princesa y la sedujo. Cuando la cabeza de la princesa se dio cuenta de su error, no volcó su odio en la cabeza del consejero sino que lloró por su triste destino y se hizo monja budista, afeitándose el cabello. Pero la cabeza del consejero la siguió hasta el convento y allí la sedujo de nuevo. La cabeza de la princesa intentó suicidarse pero, incapaz de ignorar los dulces susurros de la cabeza del consejero, aceptó huir con él para ocultarse juntos en la aldea de Yamashina. Las dos cabezas habían perdido el cabello, estaban podridas, habían criado gusanos y los huesos ya sobresalían y, sin embargo, se divertían degustando manjares y haciendo el amor. Los dientes entrechocaban ruidosamente, la carne tumefacta se despegaba del hueso, las narices se desprendían y los ojos se descolgaban de sus cuencas.

Cada vez que las dos caras se quedaban pegadas, deshaciéndose en una masa informe, la mujer, embriagada de placer, se reía eufórica:

—¡Así, así, cómele la mejilla! ¡Oh, sí! ¡Qué bien! Ahora cómele la garganta. ¡Muérdele el ojo! ¡Sórbelo! Mmm, es tan delicioso que no puedo soportarlo. ¡Muerde con más fuerza!

Y la risa de la mujer tintineaba, clara y fresca, como el sonido que produce la más fina de las porcelanas.

También había una cabeza de sacerdote por la cual sentía un odio especial. Esta cabeza interpretaba siempre el papel de villano. Sufría el resentimiento de las demás, era torturada hasta la muerte y, en ocasiones, ejecutada por un oficial. A la cabeza rapada del sacerdote le había empezado a crecer el pelo después de haber sido decapitada, pero finalmente lo perdió, la carne comenzó a pudrirse y se convirtió en una calavera. Cuando esto sucedió, la mujer ordenó al hombre que le trajera la cabeza de otro sacerdote. La nueva cabeza poseía aún esa belleza incierta y fresca de la adolescencia. Entusiasmada, la mujer la posó sobre la mesa y le sirvió sake; la besó, la lamió, la acarició, pero pronto se cansó de ella.

—¡Tráeme una más gorda, más repugnante! —ordenó.

Para evitarse futuras molestias, el hombre trajo varias cabezas. Una de ellas había pertenecido a un sacerdote viejo y tambaleante; otra tenía las cejas espesas, las mejillas rechonchas y una nariz que recordaba a una rana aferrada a la roca; la tercera cabeza era de aspecto caballuno y con las orejas puntiagudas y la cuarta tenía un semblante más humilde y piadoso. Sin embargo, solo una la complació. Era la cabeza de un monje mayor, de unos cincuenta años de edad, grotesca, con los rabillos de los ojos caídos, las mejillas flácidas y de labios tan gruesos y pesados que colgaban haciendo que la boca pareciera constantemente abierta. La mujer jugaba con ella apretándole los rabillos de los ojos con los dedos para hacerlos parecer más redondos o más estrechos. A veces le metía dos palillos en las fosas nasales de la aplastada nariz y, otras veces, ponía la cabeza del revés y la hacía girar. En alguna ocasión, se la llevaba a sus pechos, le introducía un pezón entre los carnosos labios y se reía frenéticamente. Pero pronto se aburrió también de este juego.

Asimismo atesoraba la cabeza de una hermosa muchacha. Se trataba de una cabeza pura, dulce y noble. Aunque tenía algún rasgo infantil, con la muerte había adquirido una extraña melancolía adulta. Tras sus párpados cerrados parecían ocultarse los recuerdos felices y tristes de una adolescente adelantada a su edad. La mujer cuidaba de aquella cabeza como si se tratase de su propia hija o hermana. Le cepillaba la larga melena negra, la peinaba con elegantes recogidos y la maquillaba con esmero mientras murmuraba: «Así no, mejor de este modo», hasta que finalmente el rostro de la muchacha se revelaba aún más bello y parecía irradiar en torno a sí el perfume de una flor.

Para la bella cabeza de la muchacha, la mujer se había procurado la cabeza de un joven príncipe, la cual también acicalaba con mimo. Ambas cabezas juveniles se perdían en un juego de amor loco y pasional. Resentimientos, enfados, odios, mentiras, engaños, tristezas… pero cuando los dos se entregaban a su pasión, la llama de uno quemaba al otro y los amantes ardían en un incendio abrasador. Pasado un tiempo, algunas de las cabezas más mugrientas —un malvado samurái, un comerciante libertino, un monje perverso— comenzaron a importunar a los amantes. La cabeza del príncipe fue golpeada, pateada y, finalmente, asesinada. Las cabezas mugrientas atacaron entonces la cabeza de la muchacha, cuyo bello rostro quedó manchado con trozos de carne pútrida. La mordieron con dientes afilados como colmillos, le desgarraron la hermosa nariz y le arrancaron el cabello. Entonces, la mujer comenzó a clavar agujas en la cabeza de la muchacha, después la laceró con un cuchillo y la desolló, convirtiéndola en la más grotesca y repulsiva de toda su colección.

El hombre odiaba la capital. Una vez habituado a las novedades que le ofrecía, solo le quedó la certeza de que nunca se acostumbraría a ella. Tenía que vestir con propiedad, pero los quimonos de la capital le resultaban incómodos y siempre caminaba enseñando las peludas pantorrillas. En pleno día tampoco podía llevar espada. Tenía que ir al mercado y pagar por los productos. Tenía que pagar por el sake en la taberna frecuentada por muchachas de cuellos blanqueados con maquillaje. Los comerciantes del mercado se burlaban de él. Las jóvenes que venían de los pueblos para vender las verduras y los niños también se reían de él. Incluso las rameras de cuello blanco lo ridiculizaban en la taberna. En la capital, los nobles cortesanos se desplazaban en carros tirados por bueyes en avenidas atestadas de sirvientes descalzos, que caminaban con arrogancia, borrachos por el sake de su señor. Ya fuera en el mercado, en la calle, en el jardín del templo o en cualquier otra parte lo insultaban llamándolo tonto, idiota, o torpe. Pero ya ni eso le molestaba.

El aburrimiento le atormentaba más que ninguna otra cosa. «Los seres humanos somos aburridos», pensaba una y otra vez. No soportaba a la gente. Cuando un perro grande camina, los perros equeños ladran a su paso. El hombre era como el perro grande. Odiaba sentirse frustrado, el rencor, estar deprimido, odiaba pensar. Los animales, los árboles, los arroyos, los pájaros de la montaña jamás le habían hecho sentir así.

—La capital es aburrida —le dijo un día a la sirvienta coja—.¿No quieres volver a la montaña?

—No —respondió ella—. Para mí la ciudad no es aburrida. La sirvienta coja cocinaba, hacía la colada y conversaba con los vecinos a diario.

—Nunca me aburro porque siempre tengo alguien con quien hablar. En cambio, odio la montaña. ¡La vida allí es insoportable!

—¿A ti no te aburre conversar?

—¡Por supuesto que no! Nadie se aburre hablando.

—¡Qué extraño! Yo, cuanto más hablo, más me aburro.

—Te equivocas. Te aburres porque no hablas.

—Eso no es verdad. No hablo porque sé que me aburriría si lo hiciera.

—Ya lo veremos. Habla. Estoy segura de que olvidarás el aburrimiento.

—¿Hablar? ¿De qué?

—De lo que quieras.

—¡No quiero hablar de nada! —bostezó malhumorado.

En la capital también había montañas. Pero en sus laderas había templos, mansiones y gente yendo y viniendo de aquí para allá. Desde lo alto de las colinas se podía contemplar toda la capital. «¡Cuántas casas! ¡Qué vista tan nauseabunda!», pensaba.

Durante el día, el hombre se olvidaba de sus asesinatos nocturnos, pues también se había hastiado de matar gente. Había perdido interés. Tan pronto como su espada seccionaba el cuello, la cabeza caía. El cuello era algo blando. No parecía contener hueso en su interior: era como cortar nabos. Sin embargo, el peso de las cabezas siempre le sorprendía. Le pareció que comenzaba a comprender a la hermosa mujer. Sucedió cuando vio a un sacerdote en un campanario tocando la campana con todas sus fuerzas.

Era tan absurdo. Uno nunca podía comprender los actos de las personas. Pensó que si tuviera que convivir viendo sus caras para siempre, hasta él mismo desearía cortarles la cabeza.

Pero el deseo de la mujer no tenía límites. Eso también le aburría. Aquel anhelo era como un pájaro que volase en una línea recta sin fin a través del cielo. No había descanso: era una línea recta infinita. El pájaro nunca se cansaba. Seguía volando, eternamente, ligero y suave, en el aire.

Pero el hombre era un ave común. Volaba de árbol en árbol. De vez en cuando cruzaba el valle, pero eso era todo. Se parecía al búho que dormita en una rama. Era ágil. Cada músculo de su cuerpo podía moverse con rapidez. Podía recorrer largas distancias y sus movimientos eran enérgicos. Pero su corazón no era el de un pájaro migratorio. Era incapaz de volar en línea recta para siempre.

Desde la cima de la montaña contemplaba el cielo de la ciudad. En ese cielo, un pájaro volaba en línea recta. El cielo se oscurecía al caer la noche y luego volvía la luz con el nuevo amanecer. El eterno ciclo de oscuridad y luz. Al final no había nada. El tiempo pasaría inexorable, repitiéndose eternamente el ciclo de oscuridad y luz. La infinitud era un concepto que escapaba a su comprensión. Pensar en ella hacía que le estallara la cabeza, pero no por el cansancio de intentar abarcar esa idea sino por el sufrimiento que hacerlo le causaba. Cuando llegó a casa, encontró a la mujer inmersa en su juego de cabezas, como de costumbre. En cuanto lo vio llegar, le dijo:

—Tráeme esta noche la cabeza de una bailarina. La cabeza de una hermosa danzarina. ¡Quiero que baile para mí mientras le canto una canción!

Trató de recordar la infinita repetición de luz y oscuridad que había contemplado desde la cima de la montaña. Intentó ver en aquella habitación la repetición infinita de luz y oscuridad, pero ya no la podía recordar. Y la mujer ya no era un pájaro. Era la mujer hermosa de siempre.

—No, no quiero hacerlo.

La mujer se sorprendió por un instante. Luego, se echó a reír.

—¡Oh, vaya! ¿Acaso tienes miedo? Veo que, después de todo, no eres más que un cobarde.

—No lo soy.

—Entonces, ¿qué eres?

—Estoy aburrido porque esto no tiene fin.

—¡Qué divertido! Nada tiene un final. ¿Ahora te has dado cuenta? Todos, todos los días de tu vida, comes. Eso no tiene fin. Y todos, todos los días duermes y eso tampoco tiene fin.

—Eso es diferente.

—¿Diferente? ¿Por qué?

No supo contestar, pero estaba seguro de que era diferente. Huyó de la tortura de la lógica de aquella mujer y salió de la habitación.

—¡No te olvides de la cabeza de la bailarina! —gritó ella, pero él no respondió.

Trató de pensar en por qué y cómo era diferente, pero no tuvo éxito. Fue cayendo la noche. Subió hasta la cima. Ya no podía ver el cielo. Sin darse cuenta, se encontró imaginando que el cielo podría caer. ¡El cielo caía sobre él! Sintió un dolor agónico, como si alguien lo estuviera estrangulando. Entonces lo comprendió: tenía que matar a la mujer.

Podría poner fin a la repetición infinita de luz y oscuridad matando a la mujer. Y así el cielo caería y él podría alcanzar la paz. Pero, entonces, habría un agujero en su corazón. De su corazón salió volando la imagen de un pájaro que se difuminó en el aire.

«¿Será ella o seré yo mismo el pájaro que vuela en la infinita línea recta del cielo?». Dudó. «Si mato a la mujer, ¿me mataré a mí mismo? Pero ¿en qué estoy pensando?».

¿Por qué tenía que dejar caer el cielo? No lo podía recordar. Sus pensamientos eran difíciles de atrapar y cuando desaparecían, solo quedaba el dolor. Amaneció. El hombre perdió el valor para regresar con la mujer. Durante varios días, vagó por las montañas.

Una mañana, cuando se despertó, se dio cuenta de que estaba tendido bajo flores de cerezo. Solo había un cerezo pero estaba en plena floración. Al abrir los ojos, se sobresaltó, pero cuando vio que solo había un árbol, se calmó. De repente recordó el bosque de cerezos en el monte de Suzuka. Seguro que el bosque también estaba en plena floración. Se hundió en un recuerdo profundo y nostálgico y se olvidó de sí mismo.

«Volveré a la montaña. Tengo que regresar. ¿Por qué no he caído antes en esta solución tan sencilla? ¿Por qué habré pensado en hacer caer el cielo?». Se sentía como si hubiera despertado de una pesadilla. Estaba aliviado. Volvió a percibir la fuerte y fría fragancia de la primavera temprana en la montaña, su perfume lo envolvía, un perfume que no había podido sentir durante mucho tiempo.

Volvió a casa y ella le dio la bienvenida complacida por su regreso.

—¿Dónde has estado? Siento haber sido tan irracional con mis exigencias. Sé que te he hecho sufrir. ¡No te puedes imaginar lo sola que me he sentido sin ti!

La mujer nunca había sido tan tierna. El hombre sintió un ligero dolor en el corazón y dudó un instante. Pero estaba dispuesto a llevar a cabo la decisión que había tomado.

—He decidido volver a la montaña.

—¿¡Cómo!? ¿Me vas a dejar aquí sola? ¿Cómo puedes ser tan cruel? —Los ojos de la mujer brillaban de furia por la traición. Un gesto de dolor se dibujó en su rostro

—: ¿Cuándo te has convertido en un hombre tan desalmado?

—Sabes que no me gusta la capital.

—¿Aunque yo esté contigo?

—No me gusta vivir en la ciudad, eso es todo.

—Pero, me tienes a mí. ¿Acaso ya no me amas? Mientras estabas fuera, no he dejado de pensar en ti ni un solo instante.

Una lágrima; dos. Por primera vez vio las lágrimas de la mujer. Ya no estaba enojada. Solo sentía dolor por la indiferencia y por eso lloraba.

—Pero tú solo puedes vivir en la ciudad y yo solo puedo vivir en la montaña —dijo él.

—No puedo vivir sin ti. ¿Acaso no lo ves?

—Pero yo no puedo vivir en la capital.

—Si regresas a la montaña, iré contigo. No puedo vivir separada de ti ni un solo día más.

Los ojos de la mujer estaban húmedos. Apoyó la cabeza en el pecho del hombre y lloró desconsoladamente. El hombre sintió que el calor de las lágrimas penetraba en su piel. Era cierto, no podía vivir sin él. Las cabezas eran su vida y solo el hombre se las podía proporcionar. Él formaba parte de ella. No podía dejarlo ir. La mujer estaba segura de que podría convencerlo para regresar a la capital una vez que la nostalgia del bandido hubiera sido satisfecha.

—Pero ¿podrás vivir en la montaña?

—Viviré donde haga falta, siempre y cuando tú estés conmigo.

—No hay cabezas como las que a ti te gustan en la montaña.

—Si tengo que elegir entre las cabezas y tú, renunciaré a las cabezas.

El hombre se preguntó si aquello era un sueño. Era demasiado bueno para ser verdad. Ni en sus fantasías más felices había imaginado algo así. Una nueva esperanza llenó su corazón. Llegó súbita y violentamente, ocupando el lugar de la angustia que lo atormentaba desde hacía tanto tiempo. Se olvidó de los días pasados en los que ella jamás le había dado muestras de ternura. Solo veía el ahora y el mañana.

Se prepararon para abandonar la capital de inmediato. Decidieron dejar a la sirvienta coja en la ciudad. Antes de partir, la hermosa mujer murmuró en su oído: «Espera por mí. Pronto regresaré».

Las viejas y añoradas montañas aparecieron ante sus ojos. Parecía que si las llamaba, responderían a sus palabras. Decidió tomar el camino antiguo. Nadie pasaba ya por allí y el sendero había desaparecido, devorado por la vegetación. Solo había bosques y colinas. Tarde o temprano tendría que atravesar el bosque de cerezos.

—Llévame a tu espalda. No puedo caminar por esta pendiente sin camino.

—De acuerdo —respondió mientras la subía suavemente sobre su espalda.

Recordó el día en que la había llevado así por primera vez. Aquel día también había subido con ella a la espalda por el sendero al otro lado del paso. Aquel día había sido feliz y hoy estaba aún más feliz.

—Me llevaste sobre tus hombros cuando te conocí, ¿recuerdas?

—Yo también estaba pensando en ello. —El hombre comenzó a reír alegremente—. ¡Mira! ¿Lo ves? Todo aquello es mío. Mis montes, mis valles, mis árboles, mis pájaros. Incluso las nubes son mías. ¡Oh, qué felicidad estar en la montaña otra vez! Me apetece correr. Nunca me había sentido así en la capital.

—Recuerdo que te hice correr por la pendiente.

—Sí. Acabé cansado y sin aliento.

Sabía que no debía olvidar que el bosque de cerezos estaría en plena floración. Pero ¿qué importaba en ese día tan feliz en el que regresaba a casa? No tenía miedo.

Y el bosque apareció ante sus ojos. Ramas floridas hasta donde alcanzaba la vista. Pétalos que se desprendían con la más leve brisa, cubriendo todo el terreno. ¿De dónde venían los pétalos? No lo sabía. Mirara donde mirase solo veía racimos y racimos de flores de cerezo perfectos y no podía imaginar que un solo pétalo se hubiera desprendido desde allí arriba.

Se adentró bajo las flores. Sintió silencio y frío. Se dio cuenta de que las manos de la mujer también estaban frías. De repente, la inquietud se apoderó de su corazón y, entonces, lo comprendió: ¡Ella era un demonio! Al instante, un viento gélido bramó, procedente de las cuatro direcciones infinitas, e inundó el espacio bajo las flores.

El hombre miró hacia atrás y vio que, agarrada a su espalda, había una vieja de cara ancha y piel amoratada. Tenía la boca rasgada hasta las orejas, el cabello era una maraña verdosa. El hombre corrió. Intentó con todas sus fuerzas liberarse del agarre de las manos demoníacas. Por fin se desprendió de las manos de la vieja, que cayó al suelo. Ahora, era el hombre quien se aferraba al cuello del demonio. Lo estranguló con toda su fuerza. Pero, de repente, se dio cuenta de que no había estrangulando a ningún demonio, la hermosa mujer yacía muerta en el suelo.

Su mirada era borrosa. Trató de abrir los ojos al máximo, pero no consiguió enfocar la vista. El panorama era el mismo. No había cambiado nada, el cuerpo sin vida de la mujer que acababa de estrangular seguía allí.

Su respiración se detuvo. Su fuerza, sus pensamientos, todo se detuvo. Algunos pétalos de cerezo habían comenzado a caer sobre ella. La sacudió, la llamó por su nombre, la abrazó, pero no sirvió de nada. Se abalanzó sobre ella, llorando. Lloró por primera vez desde que se había establecido en la montaña. Y cuando recobró el ánimo, un montón de pétalos de color blanco reposaban sobre su espalda.

Estaba justo en el centro del bosque. No veía nada más allá de los árboles. El miedo y la ansiedad habían desaparecido. Al igual que el viento frío que soplaba bajo las flores. En silencio e imperceptiblemente, los pétalos caían. Estaba sentado por primera vez bajo los cerezos en flor. Podría seguir allí sentado para siempre. Porque no tenía un lugar al que regresar.

Nadie sabe cuál es el secreto de las flores de cerezo de Suzuka. Quizá sea eso que algunos llaman «soledad». El hombre ya no tenía motivos para temerla. Él mismo era la soledad.

Miró a su alrededor. Sobre su cabeza, flores en plenitud. Bajo ellas, el vacío infinito. Las flores caen silenciosamente. Eso era todo, no había ningún secreto.

Después de un tiempo, sintió algo cálido. Comprendió que se trataba de la tristeza que anidaba en su pecho. El leve calor se expandía poco a poco, como si estuviera envuelto en el frío vacío de las flores.

Quiso quitar los pétalos que cubrían el rostro de la mujer. Pero, justo cuando se disponía a rozar su cara, algo extraño sucedió. Bajo su mano no había nada más que pétalos amontonados en el suelo. La mujer se había desvanecido dejando solamente pétalos. Mientras intentaba apartarlos, se dio cuenta de que su propia mano desaparecía también, y luego su brazo y después, su cuerpo entero. Solo quedaron los pétalos y el frío vacío infinito.

Relato II

La princesa Yonaga y Mimio

Mi maestro era tan hábil que estaba considerado el mejor carpintero de Hida, pero cuando el rico señor Yonaga requirió sus servicios, ya estaba gravemente enfermo y a punto de afrontar el momento final. Entonces, el maestro me recomendó como sustituto suyo.

—Solo tiene veinte años, pero ha estado a mi lado desde que era un mocoso. Es cierto que no tiene experiencia, pero se ha empapado de mis ideas y domina la técnica a la perfección. El que no vale, no vale. Da igual que lo instruyas durante cincuenta años. Quizá no sea tan veterano como Aogasa o Furukama, pero hace su trabajo con el corazón. Si construimos un templo, él discurre maneras de ensamblar las piezas o de estructurar el proceso de construcción que ni yo mismo habría podido imaginar. Cuando talla un buda, lo dota de una vitalidad tan profunda que nadie diría que es obra de un aprendiz. Comprended una cosa: no os ofrezco a este joven como sustituto porque me vea obligado por mi enfermedad, sino porque creo sinceramente que puede competir con Aogasa y Furukama.

Aquellas inmerecidas palabras me dejaron tan asombrado que no pude evitar abrir los ojos como platos. Hasta aquel día el maestro jamás me había elogiado. En verdad, el maestro nunca alababa a nadie y, por tanto, sus repentinos elogios me sorprendieron. Lo que no me extrañó fue que los discípulos más veteranos, movidos por los celos y la envidia, propagaran el malintencionado rumor de que el maestro estaba senil y decía disparates.

Incluso Anamaro, el mensajero del señor Yonaga, creyó que había algo de razón en las quejas de los discípulos y me llamó aparte a otra habitación.

—Tu maestro chochea. ¡Menudas sandeces! Espero que no seas tan insensato como para aceptar la invitación.

Aquellas palabras prendieron en mi pecho la llama de la ira. Hasta ese momento jamás había dudado de las afirmaciones del maestro, ni me había sentido inseguro de mis habilidades. Me hirvió la sangre.

—¿Acaso el señor Yonaga es tan excepcional que mi destreza no le parece suficiente? Con el debido respeto, hasta ahora no hay en el mundo ni un solo templo en el que yo haya tallado un buda y alguien se haya quejado.

Hablaba a voz en grito, se me había nublado la vista y no atendía a razones. Debía de parecer un gallo ofuscado lanzando su chillido. Anamaro sonrió irónicamente.

—Esta vez no se trata de construir un modesto santuario para la aldea con tus compañeros. Tus rivales son Aogasa y Furukama, quienes, junto con tu maestro, están considerados los tres mejores carpinteros del país. Lo sabes, ¿verdad?

—No tengo miedo ni de Aogasa, ni de Furukama, ni siquiera del maestro. Si trabajo poniendo el corazón en ello, mi vida se transferirá a los templos que construya o a las imágenes que talle.

Anamaro dejó escapar un suspiro y pareció compadecerse de mí. Reflexionó un instante, y cambiando de idea quién sabe por qué motivo, me llevó a la mansión del señor Yonaga como sustituto del maestro.

—Eres afortunado, pero no porque las cosas que construyas vayan a agradar al señor, sino porque vas a tener la suerte de vivir cerca de la princesa Yonaga, por cuyo amor arden de deseo todos los hombres de Japón. Más te vale alargar el trabajo e idear la manera de prolongar tu estancia allí. No tienes necesidad de volcarte en un encargo para el que no estás a la altura, pero puedes aprovechar la ocasión.

Con semejante tono habló Anamaro para irritarme.

—Si creéis que no estoy a la altura, ¿qué necesidad tenéis de llevarme con vos?

—Esa es la cuestión. Eres un hombre afortunado.

Durante el viaje estuve tentado varias veces de dejarlo plantado y regresar a casa. Sin embargo, me sedujo la idea de demostrar mi talento compitiendo contra Aogasa y Furukama. Me parecía vergonzoso que pensaran que había renunciado por miedo a rivalizar con ellos, así que me convencí a mí mismo repitiendo para mis adentros lo siguiente: «Solo tengo que entregarme en cuerpo y alma y acabar el trabajo. Me niego a enseñar a quien nada quiere saber. Y si no obtengo el favor de esta gente, no importa. Colocaré uno de los budas que haya tallado en el santuario, bajo la imagen cavaré una fosa para enterrarme vivo en ella y moriré».

Ciertamente, me había hecho a la desgarradora idea de no regresar con vida. Quizá, en el fondo de mi corazón, temía enfrentarme a Aogasa y a Furukama. A decir verdad, había perdido la confianza en mí mismo.

Al día siguiente llegamos a la residencia del rico señor. Anamaro me condujo por el jardín interior de la vivienda, donde presenté mis respetos al dueño de la casa, un hombre rollizo y de mejillas caídas como el dios de la Fortuna. A su lado estaba la princesa Yonaga, su preciada hija única, que había sido concebida cuando el señor ya empezaba a teñirse las canas. Se decía que para el primer baño de su primogénita recién nacida, el señor había hecho recoger el rocío de cien mañanas y había mezclado con él dos puñados de polvo de oro. Quizá por haberse

impregnado de la preciada mezcla, también se decía que el cuerpo de la princesa poseía el fulgor y la fragancia del dorado metal.

Pensé que debía mirar a la princesa intensamente, sin apartar los ojos, recordando lo que siempre me decía mi maestro: «Cuando te encuentres frente a algún objeto extraordinario o con una persona fuera de lo común, no dejes de prestar atención ni apartes la mirada». Eso me dijo mi maestro. Y al maestro de mi maestro se lo dijo su maestro. Desde hace siglos, nuestros antecesores han transmitido esta enseñanza: «Aunque te muerda una serpiente gigante, no debes apartar la mirada».

Por ese motivo, no dejé de observar a la princesa. Quizá debido a mi timidez, me resultaba muy difícil mirar a alguien a la cara sin antes proponérmelo. Sin embargo, cuando conseguí dominar mi retraimiento, poco a poco fui comprendiendo la trascendental lección que mi maestro me había enseñado. No debía mirar de un modo agresivo, como si quisiera abalanzarme sobre ella, sino que tenía que mirar a través de ella, como si fuera transparente como el agua.

Miré a la princesa Yonaga. Era alta y esbelta, pero su cuerpo aún conservaba el perfume de la niñez. Aunque de porte majestuoso, su presencia no intimidaba. Tuve la sensación de que toda la energía concentrada en mi cuerpo había desaparecido, quizá como señal de mi derrota. Miré a la princesa y, junto a su imagen, en mi memoria se grabó también la silueta del volcán Norikura que se elevaba sólidamente a su espalda.

Anamaro me presentó al señor:

—Este es Mimio. Aunque es joven, domina la técnica de su maestro e incluso es capaz de superarlo ideando nuevos métodos. El maestro lo ha alabado sin reservas y dice que está capacitado para competir con Aogasa y Furukama y estar a su altura.

El elogio me sorprendió; el señor asintió con la cabeza y dijo:

—¡Qué orejas tan grandes! —Se quedó observando fijamente mis orejas y añadió—: Las orejas grandes suelen colgar hacia abajo pero estas apuntan a lo alto, por encima incluso de la cabeza. Pareces un conejo, aunque tu cara es de caballo.

Me hirvió la sangre y se me agolpó en la cabeza. No hay cosa que me enfurezca más que los comentarios sobre mis orejas. Ningún autocontrol, ninguna determinación interior pueden aplacar la cólera. La sangre me sube a la cabeza y rompo a sudar. Esto fue lo que sucedió, como siempre, aunque esta vez hubo algo excepcional: el sudor fluyó como una cascada por la frente, por la zona de las orejas y por el cuello. El señor me miraba con curiosidad. Entonces, la princesa exclamó:

—¡Es verdad, es igual que un caballo! Mira, su cara morena se vuelve roja tal y como le sucede a los caballos.

Las doncellas estallaron en carcajadas mientras yo me sentía como una olla de agua hirviendo. Casi podía sentir el vapor ascendiendo al cielo. Mi cara, mi cuello, mi pecho, mi espalda, toda la piel era un profundo río de sudor.

Sin embargo, tenía que seguir mirando a la princesa, no debía dejar de fijarme en ella. Debía resistir a toda costa, y a ello dediqué todas mis fuerzas. Permanecí inmóvil, como paralizado, preso de la necesidad de dominar el esfuerzo y la confusión crecientes.

Pasó un largo tiempo durante el cual nada pude hacer. De repente, me giré y comencé a correr. Sabía que debería haberme comportado de manera apropiada o que debería haber hablado con calma y, sin embargo, me decanté por la acción menos deseada y más imprevista.

Corrí hasta la cabaña que me habían asignado, la sobrepasé y hui cruzando la puerta principal. Después ralenticé el paso. Pero volví a correr de nuevo. Estaba demasiado avergonzado como para quedarme allí. Bordeé el curso del río y me interné en el bosque que se extendía por la base de la montaña. Allí pasé largo rato sentado sobre una roca al pie de una cascada. Pasó el mediodía. Tenía hambre. Sin embargo, hasta el ocaso no reuní fuerzas para volver a la mansión de Yonaga.

Cinco o seis días después de mi llegada, se presentó Aogasa, y cinco o seis días más tarde lo hizo Chiisagama, que sustituía a su padre Furukama. Cuando Aogasa lo vio llegar, se echó a reír.

—¿Cómo? ¿No solo el maestro de Orejas de Caballo sino también Furukama? Me alaga que piensen que no son dignos de enfrentarse a mí. Sin embargo, lo siento por estos dos muchachos.

Desde que la princesa me había comparado con un caballo todo el mundo me llamaba Orejas de Caballo. La presunción de Aogasa me pareció detestable, pero guardé silencio. Mi determinación era firme: moriría en aquel lugar, pero antes trabajaría en el encargo entregándome en cuerpo y alma.

Chiisagama era siete años mayor que yo. Se había presentado en la mansión con el vulgar pretexto de que su padre también estaba enfermo pero, según los rumores, la enfermedad era fingida. También se decía que estaba molesto porque Anamaro lo había llamado en último lugar. Sin embargo, por aquel entonces Chiisagama ya gozaba de gran reputación y en habilidad igualaba a su padre, por lo tanto no resultó un sustituto tan inesperado como yo.

Chiisagama debía de estar muy seguro de su talento porque las palabras altivas de Aogasa no le alteraron: le entraron por un oído y le salieron por el otro. Nada más llegar, nos saludó tanto a

Aogasa como a mí con exquisita cortesía. Era de modales educados y, sin embargo, resultaba desagradable. Poco a poco me di cuenta de que únicamente se dirigía a los demás para saludarlos: buenos días, buenas noches. Excepto por las fórmulas de saludo, no hablaba con nadie.

Aogasa, que al igual que yo también se había dado cuenta del comportamiento de Chiisagama, le dijo:

—¿Por qué demonios saludas a todo el mundo, sin excepción? Eres tan molesto como una mosca inoportuna que se para en la frente y que hay que espantar con la mano. La mano de un artista está hecha para sujetar el formón y los huesos de mi espalda no han sido ordenados para espantar moscas. La boca de los hombres sirve para decir aquello que es necesario y si tuviera que abrirse para saludar mañana y tarde, mejor sería sacar la lengua o tirarse un pedo.

Al oír estas palabras, pensé que Aogasa no tenía pelos en la lengua y me cayó simpático.

Una vez que ya estábamos los tres, fuimos conducidos ante el señor para la presentación oficial; después nos anunciaron en qué consistía el encargo. Nos dijeron que había que tallar la imagen de un buda para la princesa pero no nos proporcionaron más información.

Mirando a la hija, que estaba sentada a su lado, el señor explicó los detalles:

—Quiero que talléis la sagrada imagen de un buda que proteja a mi hija en vida y más allá de la muerte. La princesa guardará la imagen en su altar privado para rezar ante ella por la mañana y por la noche. Deseamos un buda con su capillita. La imagen será la de Miroku Bosatsu. El resto lo dejo a gusto de cada uno pero quiero que los trabajos estén finalizados para el Año Nuevo del décimo sexto aniversario de la princesa.

Una vez que los tres maestros aceptamos oficialmente el encargo, y tras los saludos formales de rigor, fuimos convidados a comer y beber. El señor y la hija estaban sentados en el centro, en una tarima, ligeramente más altos que los demás. A su izquierda estaban dispuestas las tres bandejas que nos correspondían a los maestros, y a la derecha, otras tres bandejas más. Aún no había nadie sentado allí. Seguramente aquellos lugares estaban reservados para Anamaro y otros dos personajes de cierta importancia. Sin embargo, Anamaro llegó acompañado de dos mujeres.

El señor, señalándolas, dijo:

—Más allá de las altas montañas y más allá de un lago, se extiende un amplio campo. Más allá aún hay una montaña hecha solo de piedra y roca. Si superamos esa recia peña con esfuerzo, llegaremos a otro campo de gran extensión, más allá del cual se alza una montaña cubierta de fina niebla. Si atravesamos esa montaña con esfuerzo, llegaremos a un inmenso bosque a través del cual discurre un gran río. Si cruzamos ese bosque con esfuerzo, pasados tres días llegaremos a un pueblo donde brotan miles de manantiales. Dicen que allí, a la vera de cada manantial, una muchacha hila en su telar a la sombra de un árbol. Bajo el árbol más grande, junto al arroyo de agua más pura, hilaba la joven más bella. Es la mujer más joven de las dos que aquí nos acompañan. La anciana a su lado es su madre, que era quien hilaba en el pasado junto al arroyo de agua pura. Han llegado desde tan lejos hasta este remoto lugar de Hida, cruzando el puente del arco iris, solo para tejer los quimonos de la princesa. La madre se llama Tsukimachi y su hija, Enako. Como premio concederé la mano de la hermosa Enako a quien talle la imagen del buda que más complazca a la princesa.

Sin duda, el rico señor no había escatimado en gastos a la hora de comprar las hermosas esclavas que habían de tejer las prendas de su hija. A Hida, mi tierra natal, también acuden a menudo hombres de otras regiones para comprar esclavos, pero siempre suelen ser carpinteros como yo. Vienen desde tierras lejanas porque necesitan mano de obra. Los esclavos son tratados con cuidado y con la misma hospitalidad que ofreceríamos a nuestros mejores invitados. Sin embargo, este trato se prolonga mientras dura el trabajo. Cuando el trabajo finaliza y su presencia ya no es necesaria, pueden ser regalados a cualquiera o arrojados a las serpientes: es decisión de su amo. Por eso, a nadie le gusta ser comprado y llevado a una tierra lejana. Y menos aún si se trata de una mujer.

«¡Pobres mujeres!», pensé. No obstante, las palabras del señor prometiendo entregar a Enako al autor de la estatua preferida de la princesa me provocaron estupor.

En realidad yo no tenía ninguna intención de crear un buda que complaciera a la princesa. Cuando me dijo que tenía cara de caballo, me vi obligado a huir de mí mismo, adentrándome en las profundidades de la montaña. Permanecí al pie de una cascada hasta que se puso el sol. Fue entonces cuando me juré que no tallaría un buda para la princesa, sino un monstruo terrorífico con cara de caballo. En esa obra pondría toda mi alma. Lo había decidido.

Por eso las palabras del rico señor provocaron en mí cierta indiferencia y, al mismo tiempo, una violenta ira. Comprendí que la bella Enako no iba a ser mía y mi pecho se llenó de un profundo desprecio burlón.

Para dominar estos confusos pensamientos consideré que debía empaparme del espíritu del artista. Había llegado el momento de recurrir al estado de ánimo que mi maestro me había

enseñado, así que miré fijamente a Enako. Me dije a mí mismo que no debía apartar la mirada aunque una serpiente gigante me mordiese los pies.

«Esta mujer que hilaba en su telar ha venido del pueblo de los manantiales atravesando montañas, lagos y llanuras y más montañas, más llanuras y más bosques. Es un animal extraño».

Mis ojos no se apartaban del rostro de Enako, pero no podía concentrarme. Había logrado reprimir el estupor y la ira pero no podía hacer nada contra el desdén que había arraigado en mí.

Sabía que era injusto dirigir mi desprecio contra Enako, pero como no podía apartar la mirada, no me quedaba más remedio que volcar sobre ella el desdén desconsiderado que brillaba en mis ojos.

Enako se dio cuenta y gradualmente el color de su rostro cambió. «¡Qué he hecho!», pensé. Pero, cuando advertí el fuego del odio en los ojos de la muchacha, de repente, yo también lo sentí arder en mí. Nos olvidamos de todo y de todos y nos fulminamos con una mirada llena de rencor.

La mirada severa de Enako se desvió brevemente y en sus labios asomó una malévola sonrisa:

—Se dice que en mi tierra natal hay más caballos que personas, pero allí los usamos para cabalgar o para arar los campos. Sin embargo, en esta región, los caballos visten quimonos y agarran el formón con la mano para construir templos y tallar budas.

—En mi tierra natal —repliqué de inmediato—, son las mujeres las que aran los campos; en la tuya, en cambio, lo hacen los caballos y por eso las mujeres hiláis en los telares. Aquí nuestros caballos trabajan formón en mano como carpinteros, pero no sueñan jamás con hilar. Os agradezco que hayáis venido desde tan lejos para servir.

Los ojos de Enako se abrieron como platos y se puso de pie lenta y silenciosamente. Saludó con la mirada al rico señor y avanzó decidida hacia donde yo estaba. Se paró frente a mí y me miró desde arriba. Mis ojos estaban fijos en los suyos. Enako rodeó la mesa con los manjares, se situó a mi espalda y agarró delicadamente mi oreja con sus dedos.

«¿Es eso…? —pensé—. Al fin y al cabo, eres tú quien ha apartado la mirada primero, eres tú quien ha perdido».

Justo entonces sucedió. Sentí un golpe ardiente en la oreja. Me incliné hacia delante y, cuando reaccioné, había metido las manos en los platos de la comida. Entonces escuché el murmullo de la gente en lo más profundo de mi oído. Como si todo hubiera sucedido a la vez.

Me giré y miré a Enako. En la mano derecha empuñaba una daga ensangrentada que limpió con una sacudida. Luego, dejó caer la mano lánguida y silenciosamente, sin ápice de maldad.

En cambio, la mano izquierda se levantaba torpemente en el aire, como si tuviera un motivo concreto. De repente me di cuenta de qué era lo que sostenía entre los dedos.

Giré el cuello a mi izquierda. Me sentía confuso. Tenía una sensación extraña. Descubrí que mi hombro izquierdo estaba empapado de sangre. La sangre se había derramado también sobre la esterilla que recubría el suelo. Entonces, como si hubiera recordado algo de un pasado lejano, sentí el dolor ardiente de la oreja.

—Esto es una oreja de caballo. La otra te la puedes cortar tú mismo con el hacha y así podrás tener unas orejas como las del resto de la gente.

Tras haber dejado caer en mi taza de sake la parte superior de mi oreja amputada, Enako se alejó.

Pasaron seis días.

Se decidió que cada uno de nosotros construyera una pequeña caseta en una esquina del recinto de la residencia para trabajar en ella, así que fui a talar árboles con los que levantar mi taller. Decidí construir mi cabaña en la parte posterior de la casa, pues era una zona por la que no pasaba nadie. Allí solo crecían las malas hierbas, constituyendo el refugio ideal de serpientes y arañas. Los habitantes de la casa, temerosos, procuraban evitar aquel lugar.

—Ciertamente es el lugar perfecto para el establo de un caballo, pero ¿no crees que es poco luminoso? —me dijo irónicamente Anamaro, apareciendo de repente.

—Los caballos nos espantamos fácilmente y si vemos a la gente rondar a nuestro alrededor, no nos podemos concentrar en el trabajo. Cuando termine de construir la cabaña y me ponga a trabajar, espero que nadie venga a molestarme.

Había decidido idear un tipo de construcción que impidiera a los demás espiar mi trabajo: tendría ventanas dobles bien altas y en la puerta instalaría un mecanismo especial para evitar que se abriera desde fuera. Mi trabajo permanecería en secreto hasta que estuviera terminado.

—A propósito, Orejas de Caballo, el señor y la princesa han preguntado por ti. Lleva tu hacha y sígueme —dijo Anamaro.

—¿Solo tengo que llevar el hacha?

—Sí.

—¿Quieren que tale algún árbol del jardín? Yo utilizo el hacha para mi trabajo, pero no soy un leñador. Si se trata de talar un árbol, que lo hagan los sirvientes. Espero que no me importunen con cosas como estas —murmuré mientras cogía mi hacha.

Anamaro me miró con extrañeza, de arriba abajo, y me dijo:

—Espera, siéntate. —Se acomodó sobre la madera apilada y, a continuación, me senté frente a él—. Orejas de Caballo, escúchame bien. Entiendo perfectamente que quieras competir con Aogasa o Chiisagama. Resulta admirable, pero ¿no estarás pensando en serio trabajar en una casa como esta?

—¿Cómo decís?

—Piénsalo bien. ¿Acaso no sufriste cuando te cortaron la oreja?

—Lo que importa de verdad es el oído, la parte exterior de la oreja no sirve para nada. Para frenar la hemorragia me unté hojas de manzanilla mezcladas con resina de pino, así se me fue el dolor. Parece que además me vino bien para el oído.

—Permanecer aquí durante más tiempo no te hará ningún bien. Si solo se tratara de una oreja, no tendría mayor importancia. Pero, si sigues aquí, pondrás en peligro tu vida. Escúchame: debes huir de inmediato. Aquí tengo una bolsa llena de monedas de oro. No conseguirías ganar esta cantidad ni trabajando tres años para realizar la imagen más perfecta de Miroku Bosatsu. Ya buscaré alguna excusa. ¡Vete ahora mismo!

El rostro de Anamaro reflejaba una seriedad inesperada. ¿Hasta tal punto deseaba echarme? ¿Acaso mis habilidades eran tan nulas que me quería entregar el salario de tres años para que me fuera? Cuando empecé a pensar así, la ira se apoderó de mí.

—¡Eso es lo que queréis! —grité—. Según vos, mi mano no es apta para el formón o la garlopa y solo sirvo para talar árboles con un hacha. De acuerdo. A partir de hoy renuncio como maestro carpintero al servicio de vuestra casa. Sin embargo, seguiré trabajando en la cabaña durante tres años. Para comer puedo arreglármelas solo, así que no os molestaré. Tampoco necesito que

me paguéis un sueldo. Imagino que no os importará que continúe trabajando por mi cuenta durante tres años.

—Espera, espera. Te estás precipitando. Nadie está diciendo que te tengas que ir por ser inexperto.

—Si me dicen que solo lleve el hacha, ¿qué otra cosa puedo pensar?

—Sí. Esa es la cuestión. —Anamaro posó las manos sobre mis hombros, me miró fijamente y prosiguió—: No me he explicado bien. El señor ha dicho que me acompañes únicamente con tu hacha. El resto: que no cojas el hacha, que no vengas conmigo y que huyas ahora mismo son mis palabras. O mejor dicho, no solo mías. El señor también lo desea. Por eso me ha entregado esta bolsa de monedas de oro, pues quiere ayudarte a huir. Pero, si coges tu hacha y te llevo ante él, algo malo te sucederá. El señor se preocupa por ti.

Sus ambiguas palabras me molestaron aún más.

—Si de verdad queréis ayudarme, contadme todo con franqueza.

—Quiero hacerlo, pero hay ciertas palabras que no pueden ser pronunciadas sin sufrir graves consecuencias. Solamente te puedo decir que si rae acompañas, pondrás en peligro tu vida.

En seguida me decidí y me levanté con el hacha en la mano.

—¡Vayamos, compañero!

—¿Cómo?

—No me gastéis bromas. Desde pequeños, a los carpinteros de Hida nos enseñan a dedicar toda nuestra existencia al trabajo. Así que no se me ocurre mejor razón por la que entregar mi vida. Además, antes de que piensen que he huido por miedo a competir, prefiero elegir este destino.

—Si vives una larga vida, sin duda te llamarán «maestro de maestros», pues tienes virtudes para ello. Todavía eres joven. La vergüenza de un instante se olvida con los años.

—¡Palabras inútiles! Desde el día en que llegué a este lugar, decidí que no regresaría vivo.

Anamaro se dio por vencido. De repente pareció indiferente.

—Sígueme.

Y se alejó decidido, caminando a grandes pasos.

Fui llevado al jardín del fondo. Enfrente del corredor que rodeaba la casa, había unas esterillas de paja extendidas sobre la tierra. Ese era mi sitio. Me senté. Frente a mí estaba Enako, esperándome. Estaba maniatada y sentada directamente en el suelo de tierra.

Al oír mis pasos, Enako alzó la cabeza y me clavó la mirada. Si hubiese podido desatarse, habría saltado sobre mí como un perro rabioso. «¡Mujer insolente!», pensé. Era normal que yo detestase a la mujer que me había cortado la oreja, pero que ella me odiase a mí, me parecía absurdo.

Y entonces me di cuenta de una cosa: desde que el dolor de la oreja había remitido, no había vuelto a pensar en aquella mujer.

«Es inexplicable —reflexioné— que un tipo iracundo como yo no odie a la mujer que le ha cortado la oreja. Aunque a veces pienso en lo sucedido, no me centro que ha sido esta mujer quien me ha herido. Sin embargo, ¿por qué esta estúpida me mira como si yo fuera su enemigo?».

Quizá era debido a que todos mis pensamientos se concentraban en tallar la maldita escultura que no había tenido tiempo de

acordarme de aquella mujer insolente. Cuando tenía quince años, uno de mis compañeros, que me odiaba por algún motivo insignificante, me empujó desde el tejado. En la caída, me rompí una mano y un pie. Durante tres meses no pude trabajar de carpintero, pero mi maestro no me dejó descansar ni un solo día. Tuve que tallar la parte superior de los dinteles de una casa con una sola mano y apoyándome en un solo pie. Las fracturas de los huesos eran tan dolorosas que por la noche no podía dormir. Cuando sujetaba el formón, sufría y gemía, pero pronto descubrí que los llantos y el sufrimiento eran más intensos durante las largas noches que en la jornada de trabajo. Aprovechando la luz de la luna llena, me levantaba en mitad de la noche y cogía el formón para tallar. Otras veces, incapaz de soportar el dolor, gritaba desesperado. A veces, el formón se me resbalaba de la mano y me golpeaba en la pierna. Gracias a todo aquello comprendí que el trabajo era la única cosa que me podía ayudar a superar el sufrimiento. La parte superior de aquel dintel la tallé con una sola mano y cuando, una vez recuperado, fui a revisar el trabajo, me di cuenta de que no necesitaba ningún retoque.

El recuerdo de todo aquello estaba grabado en mi mente, por eso el dolor que me había infligido Enako al cortarme la oreja solo sirvió como estímulo para el trabajo. «Me las pagarás», pensé. Y decidí tallar la estatua más horrible que pudiera imaginar. Pero en ningún momento consideré seriamente que Enako tuviese en realidad algo que pagar.

«Sería de lo más lógico que yo le guardara rencor a esta mujer. Pero no entiendo que ella me mire como a un enemigo jurado. Quizá el señor cree que la deseo y por eso ella me mira así».

Al pensar que se trataba de eso, mi indignación creció. «¡Estúpida mujer! ¿Acaso cree que continúo trabajando porque la quiero para mí? No me la llevaría a casa ni aunque me lo pidieran; me la sacudiría de encima como a la oruga que se posa sobre el hombro». Este pensamiento rae tranquilizó.

—Os he traído a Mimio, mi señor —dijo Anamaro en voz alta hacia la habitación.

Tras las persianas de bambú se escuchó la voz del rico señor:

—¿Anamaro?

—Aquí estoy, mi señor.

—Explícaselo.

—Sí, mi señor. —Anamaro me miró fijamente y habló—: Que una esclava de esta casa te haya cortado la oreja es una grave ofensa no solo para los carpinteros de Hida sino para todos sus habitantes. Por lo tanto, condenamos a Enako a la pena de muerte. Como tú, Mimio, eres quien ha sufrido el agravio, debes cortarle el cuello con tu hacha. Mimio, mátala.

Entonces comprendí el motivo del odio en la mirada de Enako. Aclarada esta duda, el resto carecía de importancia.

—Gracias por vuestra amabilidad —respondí—. Pero no puedo hacerlo.

—¿No lo vas a hacer?

Me levanté ágilmente. Cogí el hacha y avancé decidido. Una vez frente a ella, la miré fijamente con aire amenazante. Rodeé a Enako y me coloqué a su espalda, corté la cuerda de un tajo y volví a mi lugar con rapidez. No pronuncié palabra.

Anamaro estalló en carcajadas:

—¿Prefieres la cabeza viva de Enako a su cabeza cortada?

La sangre me subió a la cabeza.

—¡Qué estupidez! Una hilandera vale lo mismo que un insecto para Mimio de Hida. Me basta con imaginar que me ha mordido la oreja un bicho del bosque del país del Este. Ni siquiera me molesta. No quiero ni la cabeza viva ni la cabeza cortada de un bicho.

Mientras hablaba a voz en grito, mi cara enrojeció y rompí a sudar. El rubor y el sudor traicionaban mi corazón y hacían patente mi turbación. Pero esa turbación no nacía del deseo secreto de poseer a la mujer. Enako me había mirado como a un enemigo pese a carecer de motivos para odiarme. Estaba convencida de que yo deseaba hacerla mía. «Mujer estúpida. Aunque me pidan que me la lleve, lo único que haré es apartarla como a un bicho molesto que se ha posado en mi hombro».

Que sospecharan de mí una intención tan contraria a la realidad me ofendía y me irritaba. Pero escuchar todo aquello en boca de Anamaro me pilló desprevenido y me alteré. Cuando me altero, me avergüenzo. Por ese motivo mi cara se pone roja como la sangre y el sudor fluye como una cascada. Aquella vez no fue una excepción.

«¡Vaya, qué fastidio! Así de ruborizado y sudando tanto parece que estoy confirmando sus sospechas. Van a creer que tengo intención de aprovecharme de ella».

Esta idea me trastornó aún más. Gotas de sudor comenzaron a resbalar por la frente. No sabía cuándo cesarían. Me resigné y cerré los ojos. El rubor y el sudor eran para mí grandes enemigos frente a los que carecía de defensa. Para frenar la lluvia de sudor no tenía más opción que resignarme, cerrar los ojos e intentar abstraerme.

En ese momento, escuché la voz de la princesa.

—Levantad las persianas de bambú —ordenó.

Quizá a su lado estaba alguna doncella, pero me abstuve de abrir los ojos para comprobarlo. Si quería frenar el sudor, debía evitar mirar incluso aquello que más deseaba ver. Y, más que ninguna cosa, deseaba volver a ver el rostro de la princesa.

—Mimio, abre los ojos y contesta a mi pregunta —ordenó la voz de la princesa.

Abrí los ojos a regañadientes. Las persianas habían sido enrolladas y la princesa estaba de pie en el corredor exterior.

—Has dicho que esto que te ha hecho Enako es como el mordisco de un insecto, ¿verdad?

Su rostro sonriente me pareció inocente y luminoso. Asentí con la cabeza enérgicamente y respondí:

—Así es.

—Mira que luego no podrás negar lo que acabas de decir.

—No lo haré. Es un insecto y me da absolutamente igual su cabeza, cortada o viva. No me importa.

La princesa sonrió alegremente, se dirigió hacia Enako y le dijo:

—Enako, muérdele la otra oreja a Mimio. Parece ser que no se enfada si le pica un insecto, así que puedes morderle todo lo que quieras. Te regalaré uno de los recuerdos de mi fallecida madre. Cuando le arranques la oreja a Mimio, te lo daré.

La princesa cogió un puñal y se lo entregó a la doncella. La doncella se lo ofreció a Enako.

Jamás pensé que Enako fuese a aceptar el puñal. Era un puñal para cercenarme la oreja. Previamente yo, en lugar de rebanarle el cuello con el hacha, le había cortado las cuerdas con las que estaba atada.

Pero Enako lo aceptó. «Pues claro. Si la princesa te ofrece algo, no lo puedes rechazar. Pero seguro que no lo utilizará», pensé.

La princesa, como una niña inocente, parecía divertida con su travesura. Su sonrisa era alegre y luminosa; su rostro inocente era incapaz de hacer daño ni a una mosca: no reflejaba la perversión causada por la excitación ni atisbo alguno de maldad. Era el rostro sonriente de una niña.

Me pregunté si Enako sería capaz de devolverle a la princesa el puñal que había aceptado con alguna hábil excusa. Incluso sería divertido que encontrara la manera de quedarse con el puñal en propiedad. Y si yo, en ese momento, pudiera responder con alguna frase ingeniosa, todo estaría resuelto. Seguro que la princesa quedaría satisfecha y ordenaría bajar las persianas.

Ahora, pasado el tiempo, me parece extraño que se me hubiera podido ocurrir semejante necedad. La princesa le había entregado el puñal a Enako y le había ordenado cortarme la oreja. Entonces, ¿acaso no era culpa de la princesa que yo perdiera la oreja? Por tanto, mi decisión de tallar un buda horrible y demoníaco para ella, ¿no era también culpa suya? Ella debía ser la primera persona en sufrir de pavor al ver la estatua. La princesa le estaba exigiendo a Enako que me cortara la oreja y a mí me parecía que se trataba de un juego inocente. Sin embargo, cuando lo pienso ahora, me resulta extraño.

¿Sería por causa de la sonrisa fresca o de los ojos claros y grandes de la princesa? Todo me parecía inexplicable como un sueño. Estaba tan seguro de que Enako no desenvainaría el puñal, que me quedé completamente absorto en la sonrisa de la princesa. Ahora sé que fue una grave imprudencia, una gran debilidad.

Sentí una tensión terrible y volví los ojos hacia Enako. Había avanzado con decisión y ya estaba frente a mí. «¡Pobre de mí!», pensé. Enako desenvainó el puñal a un palmo de mi cara y agarró con los dedos la punta de mi oreja.

Me olvidé de todo y miré a la princesa. «La princesa dirá algo. Unas palabras dirigidas a Enako. De ese infantil rostro de sonrisa pura y transparente, tiene que salir una orden».

Me quedé mirando la cara de la princesa, estupefacto. La sonrisa ingenua y limpia. Los ojos grandes y claros. Yo estaba ausente. Mientras estaba sumido en ese estado de ánimo, era consciente de que el siguiente paso sería que Enako me cortara la oreja. Lo sabía, pero no podía apartar la mirada de la princesa. En mi corazón no había nada más que la quimera, que lo llenaba por completo.

Incluso en el mismo instante en que Enako me cercenó la oreja, continué observando, aturdido, a la princesa. En ese momento vi que sus grandes ojos se abrían brillando con intensidad. Sus mejillas se ruborizaron ligeramente. Un pequeño gesto de satisfacción asomó en su rostro, pero se desvaneció enseguida. La sonrisa también desapareció. Su rostro reflejaba una terrible seriedad. Estaba reflexionando. Parecía pensar: ¿Ya está? ¿Eso es todo? Entonces, se giró y se fue sin pronunciar palabra.

Cuando la princesa se marchó, me di cuenta de que mis ojos estaban llenos de lágrimas.

Los tres años siguientes fueron la historia de mi batalla.

Encerrado en la cabaña, trabajaba con el formón, pero la fuerza de mis manos nacía de la imagen de la sonrisa de la princesa grabada en mi retina. Luché desesperadamente para rechazarla. Me di cuenta de que estaba hechizado y, por mucho que luchase, no tenía posibilidad de escapar. Pero hallé aliento en la idea de esculpir la estatua de una bestia terrorífica.

Cuando mi determinación flaqueó, se me ocurrió echarme agua fría. Me echaba diez, veinte cubos hasta casi perder el sentido. También, siguiendo el ejemplo de las ramas que arden en las ceremonias budistas, prendí fuego a la resina de pino y me quemé la planta de los pies. Todo eso me ayudaba a recuperar el vigor para poder trabajar con la energía de un ataque.

Alrededor de la cabaña crecían hierbas salvajes que servían de cobijo a las serpientes. Las más incautas entraban tranquilamente en el interior. Yo las atrapaba, las abría en canal y las estrujaba para beberme su sangre mientras aún coleaban. Después colgaba los restos de las culebras del techo y rogaba para que su espíritu vengativo me poseyera, y poseyera también mi trabajo.

Siempre que mi voluntad se quebrantaba, salía a la maleza y cazaba serpientes. Me bebía su sangre y derramaba unas gotas sobre la estatua que estaba tallando.

Cazaba entre siete y diez serpientes cada día. En el primer verano acabé con todas las que vivían alrededor de la casa. Entonces tuve que adentrarme en el bosque. Todos los días regresaba a la cabaña con un saco de culebras. El techo se llenó de restos de serpientes que, a su vez, se llenaron de gusanos. Un hedor insoportable se adueñó de la cabaña. Las serpientes ondeaban con el viento y cuando llegó el invierno, estaban totalmente secas.

A veces tenía visiones en las que las serpientes me atacaban, pero en lugar de atemorizarme, me sentía más fuerte. Me parecía que su espíritu vengativo se apoderaba de mí y que yo renacía en forma de serpiente. Eso me daba energía para seguir trabajando.

No estaba seguro de poder tallar una monstruosidad que tuviera la fuerza suficiente para combatir la sonrisa de la princesa. Sabía que solo con mi energía no bastaba. Para luchar contra esa agonía, llegué incluso al punto de desear perder la razón. Rogaba para que mi alma se transformara en un espíritu vengativo que se apoderase de la princesa. Sin embargo, cuando me ponía a tallar una parte importante, notaba que toda la debilidad de mi corazón quedaba dominada por su sonrisa.

Llegó la primavera del tercer año. Para entonces ya había concluido tres cuartos de la escultura, pero debía afrontar aún el trabajo más importante. Además, mi sed de sangre fresca era insaciable. Me adentré en la montaña y cacé conejos, tejones y ciervos. Los rajaba por el pecho, los desangraba y esparcía sus entrañas.

Después les cortaba la cabeza y las llevaba a la cabaña para derramar su sangre sobre la estatua.

«Bebe. Que un espíritu vengador te posea y te dote de vida en el décimo sexto cumpleaños de la princesa. Conviértete en un demonio y aliméntate de sangre humana».

La imagen tenía el rostro de una criatura de orejas largas. No sabría decir si era una bestia, un demonio, la muerte misma, una divinidad maléfica o el espíritu de la venganza. No me importaba. Me bastaba con que borrara la sonrisa de los labios de la princesa para siempre.

A mediados de otoño Chiisagama terminó su trabajo. Y a finales de otoño Aogasa también acabó el suyo. Yo terminé mi escultura con la llegada del invierno. Sin embargo, aún no había empezado a construir la capillita.

Pensé que la capillita debía tener una forma bonita, al gusto de la princesa. Quería que sus puertas tuvieran un estilo exquisito y armonioso para resaltar la escultura terrorífica que se ocultaba tras ellas. En los pocos días que me quedaban, me concentré en el trabajo, olvidándome casi por completo de dormir y de comer. La última noche del año terminé la capillita. No pude crear un objeto muy elaborado pero la decoré con flores y pájaros. No era ni lujoso ni opulento, pero en su simplicidad albergaba cierta elegancia.

A medianoche, con la ayuda de unos sirvientes, la transporté y la coloqué junto a las obras de Aogasa y Chiisagama. Estaba satisfecho. Cuando regresé a la cabaña, me tapé con las pieles y dormí profundamente, como si me arrastraran a las entrañas de la Tierra.

Unos golpes en la puerta me despertaron. Había amanecido. El sol parecía estar ya muy alto. «Ya está. Hoy es el décimo sexto Año Nuevo de la princesa», pensé repentinamente. Alguien seguía llamando a la puerta con insistencia. Pensé que se trataba de la doncella con la comida, así que contesté:

—¡No me molestes! ¡Deja la comida fuera como siempre y vete! Para mí no existe el día de Año Nuevo. ¿No llevo tres años diciéndote que esta cabaña no es parte de vuestro mundo? Te lo he repetido hasta la saciedad.

—Si estás despierto, abre la puerta.

—¡No seas impertinente! Sabes bien que no abro la puerta hasta que me despierto.

—Pero ya estás despierto. Entonces, ¿cuándo la abres?

—Cuando no haya nadie fuera.

—¿De verdad?

Solo en aquel momento lo supe: era la inconfundible entonación de la princesa, una voz que no he podido olvidar. Súbitamente noté un escalofrío de terror que recorrió todo mi cuerpo. No sabía qué hacer y dejé pasar un tiempo precioso.

—Sal mientras esté yo aquí. Si no lo haces, te obligaré —dijo con voz suave.

Me di cuenta entonces de que la doncella estaba poniendo algo frente a mi puerta siguiendo órdenes de la princesa. Cuando escuché el chasquido del pedernal, supe que se trataba de hojas secas. Rápidamente quité el cerrojo y abrí la puerta. La princesa entró en la cabaña, sonriendo como una suave brisa. Pasó frente a mí y se situó en el centro de la estancia.

En tres años su cuerpo infantil se había transformado en un cuerpo de mujer. Su rostro era adulto, pero su inocente y brillante sonrisa seguía siendo igual de limpia que la de la niña de hacía tres años.

Las doncellas vacilaron al ver el interior de la cabaña. Solo la princesa pareció no dudar. Miró con curiosidad alrededor y también miró al techo. Las innumerables serpientes colgadas se habían convertido en esqueletos y el suelo estaba cubierto de huesos hechos añicos.

—Son serpientes, ¿verdad?

En la sonrisa de la princesa brilló la emoción. Alargó el brazo por encima de la cabeza e intentó coger uno de los esqueletos suspendidos, pero este se hizo polvo y cayó sobre su espalda. Sin mirar siquiera, la princesa se limpió los restos con la mano. Cada uno de los esqueletos le parecía interesante y no podía centrar su atención en uno solo.

—¿A quién se le ha ocurrido algo así? ¿Los talleres de los carpinteros de Hida son así o solo el tuyo?

—Probablemente solo el mío.

La princesa ni siquiera asintió, pero una sonrisa de satisfacción iluminó su rostro. Hace tres años, en mi memoria se había grabado una cara ligeramente seria y aburrida, sin embargo aquel día en mi cabaña su sonrisa parecía no cesar.

—¡Menos mal que no hemos encendido el fuego! Si lo hubiéramos hecho, no habría podido ver esto —dijo satisfecha. Pero de inmediato añadió—: Ya está bien. ¡Quemadlo todo!

Cuando salimos, la doncella prendió fuego a las hojas secas. El humo envolvió la cabaña y, en un segundo, esta ardió. La princesa me habló:

—Gracias por tu extraño buda. Me ha gustado cien veces más… no, mil veces más que los otros dos. Quiero darte tu recompensa, así que cámbiate de quimono y ven.

La sonrisa era inocente y brillante. Dejando esta sonrisa clavada en mis ojos, la princesa se fue. Acompañado por las doncellas, tomé un baño y me vestí con el quimono que me había ofrecido la princesa. Posteriormente me acompañaron a la habitación del fondo.

Desde el momento en el que había entrado en el baño, el pánico había anulado mi capacidad de reflexionar. Creía que iba a morir. Sabía qué significaba aquella sonrisa inocente. Era la misma sonrisa que había esbozado mientras observaba cómo Enako me cortaba la oreja; la misma sonrisa que tenía cuando miraba las serpientes de mi cabaña; y estoy seguro de que esa sonrisa iluminaba su rostro cuando intentó que le cortara el cuello a Enako con mi hacha porque deseaba disfrutar de aquel espectáculo.

En cierto momento Anamaro me había sugerido que me fuera. Me dijo que el señor deseaba que huyera. Ahora lo comprendía. Contra aquella sonrisa, ni el rico señor podía hacer nada. «No es de extrañar», pensé. Si la sonrisa había ordenado sin titubear que quemaran mi cabaña el día de Año Nuevo, cuando la gente está de celebración, es que nada la aterrorizaba. Ni el fuego atroz del infierno ni su lago de sangre. Seguramente, la imagen espantosa que había esculpido para esa sonrisa era como uno de los juguetes con los que se entretenía de pequeña.

«Gracias por tu extraño buda. Me ha gustado cien veces más… no, mil veces más que los otros dos». Cada vez que recordaba esas palabras, me estremecía de terror. ¿Cómo iba a asustarse con mi escultura? No poseía eso que hace estremecer lo más profundo del corazón humano.

Lo realmente terrorífico era aquella sonrisa: una sonrisa tan pavorosa que ningún demonio ni espíritu vengativo podían igualar.

Solo entonces comprendí el secreto de esa sonrisa. Durante aquellos tres años de trabajo, mientras intentaba dar forma a un monstruo terrible impelido por aquel rostro sonriente, de alguna manera, en lo más íntimo de mi corazón, había hallado la verdad de aquella sonrisa fascinante sin apenas darme cuenta: si realmente quería tallar algo terrorífico era lógico que la sonrisa me guiara, pues no había nada más terrorífico que esa sonrisa.

Pensé que quería morir después de haber tallado esa sonrisa como último recuerdo de mi vida. Sin duda alguna, había asumido que la princesa me mataría. Cuando acabara de bañarme, me llevarían al cuarto del fondo y me mataría. Me imaginé que me desgarraría como a las serpientes y me colgaría por los pies. El pánico me impedía respirar. Juntaba las manos sin darme cuenta para rezar con desesperación, pero de nada servirían ni las súplicas ni las lágrimas: la sonrisa no me escucharía. Solo había un modo de escapar de este destino. Y también satisfaría mi deseo como artista carpintero.

«Sea como sea, debo pedirle este favor a la princesa». Solo después de haber tomado esta decisión, pude salir del baño.

Me guiaron hasta la habitación del fondo. El señor apareció acompañado de la princesa. Saludé con impaciencia y pegué la frente al suelo. Ni siquiera tenía fuerzas para levantar la cabeza. Grité desesperado:

—Como último deseo de mi vida, os suplico que me permitáis tallar la cara de la princesa. Si puedo dejar para la posteridad esta obra, no me arrepentiré de morir cuando decidáis.

La respuesta del señor fue inesperadamente concisa:

—Si la princesa está de acuerdo con ello, accederé a tu deseo. Princesa, ¿tenéis alguna objeción?

Las palabras con las que la princesa contestó a la pregunta de su padre también fueron inmediatas e inesperadas.

—Precisamente había pensado en pedirle a Mimio ese favor. Si él lo desea, yo no tengo ninguna objeción.

—¡Bien!

El rico señor expresó su alegría en voz alta. Después se dirigió a mí con suavidad.

—Mimio, levanta la cabeza. Muchas gracias por el trabajo que has llevado a cabo durante estos tres años. Tu escultura del buda es una imagen grotesca, sin embargo tiene un espíritu vehemente y no es una obra mediocre. Además, a la princesa le ha gustado y para mí no hay mayor satisfacción que complacer a mi hija. No añadiré una palabra más. Solo te felicitaré de nuevo.

El señor y la princesa me obsequiaron con regalos. Después, el señor añadió:

—Prometí entregar a Enako a quien tallara el buda preferido de la princesa. Pero Enako ha muerto y no puedo cumplir mi promesa. Lo siento.

La princesa retomó las palabras de su padre:

—Enako se mató rajándose la garganta con el puñal con el que te había cortado la oreja, Mimio. Su quimono se tiñó de sangre. Es el que ahora llevas puesto, Mimio. Hice que lo transformaran en un quimono de hombre para que pudieras usarlo.

Sus palabras no me impresionaron, pero el rostro del señor palideció. La princesa me observaba con una sonrisa.

Por aquella época, una epidemia de viruela se propagó por todo el país, llegando incluso a las aldeas más recónditas de las montañas. Las muertes eran incontables. La enfermedad llegó también a nuestra región. Las familias pegaron talismanes protectores en las puertas de las casas, cerraron puertas y ventanas a cal y canto —impidiendo incluso la entrada de la luz del sol— y se juntaron para rezar a Buda día y noche. Sin embargo, el demonio se colaba por cualquier rendija y los muertos aumentaban día a día.

También en la residencia del rico señor se cerraron las puertas exteriores y la familia se ocultó tras ellas. Solo la princesa Yonaga prohibió que cerraran las puertas de su habitación.

—Esta horrenda estatua ha sido tallada y maldecida por Mimio derramando sobre ella la sangre de las serpientes que mataba y luego colgaba del techo. Seguro que su hechizo servirá para ahuyentar la epidemia. No creo que este monstruo tenga otros poderes. Ponedla en la puerta de entrada —ordenó la princesa.

Y la pavorosa imagen, en su capillita, fue situada delante de la puerta.

En la casa del rico señor había una torre a la que la princesa subía de vez en cuando para contemplar el pueblo. Cuando veía desde allí cómo los habitantes se acercaban al bosque que crecía a las afueras para abandonar a sus muertos, la princesa se sentía satisfecha para todo el día.

Me trasladé a la cabaña que había dejado Aogasa y allí me dediqué en cuerpo y alma a tallar un nuevo buda para la princesa. Mi único pensamiento era reproducir la sonrisa de la princesa en el rostro del buda. Ella y yo éramos los únicos seres humanos que tenían acceso a aquel lugar.

Cuando supo que mi intención era la de esculpir un buda que tuviera su rostro y su sonrisa, la princesa pareció contenta, pero en realidad no daba demasiada importancia a mi trabajo. Nunca se acercaba a examinar mis progresos y solo aparecía en la cabaña cuando acababa de ver a los aldeanos abandonar a sus muertos en el bosque. No es que me eligiera a mí especialmente para contármelo, sino que su diversión consistía en decírselo a cada una de las personas de la casa.

—Hoy también ha habido un muerto.

Decía estas palabras sonriente y feliz, pero nunca se acercaba para comprobar los avances de la escultura. No le echaba ni una mirada. Y no se quedaba mucho tiempo.

Sospechaba que la princesa se estaba burlando de mí. Aunque actuaba con naturalidad, yo no dejaba de repetirme que el día de Año Nuevo había querido matarme. Cuando la princesa ordenó que llevaran la imagen del monstruo que yo había tallado a la entrada de la casa había dicho: «Esta horrenda estatua ha sido tallada y maldecida por Mimio derramando sobre ella la sangre de las serpientes que mataba y luego colgaba del techo. Seguro que su hechizo servirá para ahuyentar la epidemia. No creo que este monstruo tenga otros poderes. Ponedla en la puerta de entrada».

Me habían referido sus palabras y me había quedado perplejo. Me aterrorizaba saber que la princesa había descubierto las maldiciones que había vertido sobre la escultura y aun así me mantenía con vida. Me horrorizaban sus verdaderas intenciones mientras decía sin pudor que había escogido mi obra pues tenía el poder de ser usada como protección contra la epidemia. En la mañana de Año Nuevo, al regalarme el quimono, su padre empalideció con sus palabras. Las verdaderas intenciones de la princesa eran un misterio inabarcable incluso para las riquezas de su padre. Hasta que se decidiera a actuar, la joven permanecería como un enigma inescrutable para todos. Aunque hoy no tuviera intención de matarme, sí la había tenido en Año Nuevo, y quizá la tuviera mañana. Aunque ahora parecía interesarse por mí, eso no quería decir que, tarde o temprano, no quisiera matarme.

Poco a poco, el buda que estaba tallando se iba pareciendo al rostro inocente y sonriente de la princesa. Los ojos grandes. La nariz redondeada que parecía brillar con la luz de una perla. Sin embargo, para esculpir un rostro así no se requería una técnica especial. Lo que yo debía afrontar con toda mi alma era el misterio de su ingenua sonrisa. Una sonrisa luminosa, cándida y pura. En ella no debía haber ni el más mínimo rastro de su amor por la sangre, ni del color y el dolor que hacían intuir la presencia de un demonio. Simplemente era la sonrisa inocente de una niña, no había ningún secreto. Ese era el misterio de la sonrisa de la princesa.

«Del rostro emana algo que va más allá de sus características. Se dice que para su primer baño de recién nacida, mojaron a la princesa con rocío mezclado con polvo de oro y por eso el cuerpo de la princesa brilla como el dorado metal y conserva su fragancia. Los ojos de la gente común suelen dar con la clave de los misterios. Debo tallar con mi formón el perfume que envuelve el rostro de la princesa y que nadie puede captar», me decía.

Entonces, cuando pensaba en que esa sonrisa me podía matar en cualquier momento, el miedo se convertía en el eje en torno al cual giraba mi trabajo. Y cuando descansaba un instante, el temor penetraba en mi corazón llenándolo con una nostalgia por ella que un abrazo suyo no podría aliviar.

Cuando la princesa aparecía en mi cabaña y decía: «Hoy también ha habido un muerto», me quedaba sin palabras, absorto en su sonrisa. No me preocupaban sus intenciones. Era inútil especular. Me bastaba con su inocente sonrisa y su perfume. Al menos para un artista eso lo era todo. Lo era también para mí. Lo había decidido tres años antes; en el momento en que el rostro de la princesa me fascinó. Era el destino.

Finalmente el dios de la viruela se marchó, llevándose consigo a la quinta parte de los habitantes del pueblo. A pesar de que en la residencia del rico señor vivía mucha gente, allí no enfermó ni una sola persona. La escultura aberrante que había tallado se convirtió, de la noche a la mañana, en el objeto de adoración de los aldeanos.

El rico señor fue el primero en mostrar su entusiasmo:

—Mimio ha tallado esta estatua monstruosa y la ha maldecido, derramando la sangre de las serpientes que mataba y colgaba del techo. Por eso el dios de la viruela, aterrorizado, no se ha acercado a esta casa —proclamó haciendo suyas las palabras de la princesa.

El monstruo fue trasladado montaña abajo y depositado en un pequeño santuario improvisado a la orilla del lago Mitsumata. Muchos peregrinos acudían a adorarlo, algunos incluso desde pueblos muy lejanos.

Y así, inmediatamente, comencé a ser aclamado como maestro. Pero quien consiguió mayor fama aún fue la princesa. Se decía que la fuerza de la princesa había bastado, ayudada por el monstruo que yo había tallado, para proteger a toda la familia de la epidemia. Rápidamente comenzó a difundirse el rumor de que un espíritu sagrado moraba en la princesa; algunos llegaron a afirmar que la princesa era la encarnación sagrada de un dios.

Entre aquellos que peregrinaban hasta el santuario para venerar al monstruo, algunos se acercaban a la residencia del señor y se postraban frente a la puerta, otros dejaban oraciones y ofrendas.

Un día la princesa, mostrándome los nabos y las verduras entregadas como ofrendas, me dijo:

—Esto es tuyo. Cocínalo y cómelo.

En el rostro de la princesa brillaba una sonrisa. Intuí que solo había venido para burlarse de mí y me ofendí.

—Son muchos los carpinteros de Hida que han tallado budas famosos —respondí—, pero no sé de muchos que hayan aceptado ofrendas. Son ofrendas para dioses vivientes, así que a vos os corresponde comerlas.

Su sonrisa parecía no tener en cuenta mis palabras.

—Mimio —dijo—, el monstruo que esculpiste ha destruido al dios de la viruela. Lo he visto día a día desde la torre.

Me quedé atónito observando el rostro de la princesa. Sin embargo, las intenciones de su corazón eran difíciles de discernir.

—Mimio —prosiguió la princesa—, aunque hubieses subido a la torre y hubieses visto lo mismo que yo, no te habrías dado cuenta de cómo tu estatua destruyó al dios de la viruela. Desde que tu cabaña ardió, estás ciego. Y el buda que estás tallando ahora no serviría ni para aliviar el dolor de cabeza de un viejo.

Me miró serena y luminosa, se giró y se fue. En mis manos quedaron los nabos y las verduras.

Había sido hechizado por la magia de la princesa y estaba cautivo. Era una criatura terrorífica y, sin duda, sus poderes superaban cualquier fuerza humana. Pero ¿qué había querido decir con que el buda que estaba haciendo ahora no serviría ni para aliviar el dolor de cabeza de un viejo?

«Aquel monstruo no tendrá fuerza para hacer llorar a un niño pero este Miroku Bosatsu seguro que sí tiene algo. Por lo menos toda mi alma. En él he puesto toda mi alma», me decía convencido. Pero la sonrisa de la princesa sacudía y derribaba mi confianza desde lo más hondo. Me sentí desconcertado, como si hubiera perdido de vista algo que sin duda sabía que estaba por allí cerca. Y, de repente, me vi sumido en unos pensamientos insoportablemente dolorosos.

Apenas habían transcurrido cincuenta días desde la retirada del dios de la viruela, cuando una nueva epidemia se abrió paso a través del pueblo y de la provincia. Estábamos ya en verano y los días eran largos y calurosos.

Los habitantes de la aldea volvieron a cerrar las puertas de sus casas y vivían rezando a los dioses. Durante la última epidemia de viruela, los aldeanos no habían arado los campos y, si en esta ocasión hacían lo mismo, ya no tendrían nada para comer. Así que los campesinos, temblando de pánico, trabajaron en los huertos alzando y bajando el azadón. Por la mañana salían de sus casas con buena salud, pero en plena canícula, comenzaban a sufrir convulsiones y, tras arrastrarse por el huerto durante un tiempo, no pocos acababan muriendo.

Algunos se acercaban a venerar al monstruo del santuario de Mitsumata y morían frente a él. «Sagrado dios de la princesa, líbranos de la epidemia», rogaban otros frente a la residencia del rico señor, cuyas puertas habían vuelto a cerrarse. Los habitantes de la casa aguardaban su destino conteniendo la respiración. Solo la princesa mantenía sus puertas abiertas. A veces, desde la torre, vigilaba el pueblo situado al pie de las montañas y cada vez que veía un muerto, se lo comunicaba a los habitantes de la casa.

Un día vino a mi cabaña:

—Mimio, ¿a que no sabes qué he visto hoy?

El brillo de sus ojos era más intenso que otras veces.

—He visto a una anciana que llegó al santuario para adorar al monstruo —continuó—, y entonces, empezó a sufrir convulsiones y murió agarrada al santuario.

—Esta vez —respondí—, ni el monstruo ha sido capaz de anular esta epidemia.

La princesa, sin prestarme atención, dijo tranquilamente:

—Mimio, ve a la montaña y tráeme un saco de serpientes. Un saco bien grande.

Era una orden y no me podía negar. Solo podía callar y hacer lo que me pedía. Solo cuando la princesa se fue, empecé a preguntarme qué pretendía hacer.

Me adentré en la montaña y capturé numerosas serpientes. El año pasado sobre estas fechas también estaba cazando serpientes», recordé con nostalgia, y en ese momento me di cuenta. Tanto el año pasado como el anterior, merodeaba cazando serpientes impulsado por la sonrisa de la princesa que atemorizaba mi corazón. Yo luchaba desesperadamente para despertar mi voluntad. Cuando su sonrisa me dominaba, me parecía que mi obra inacabada no tenía alma. Creía que cualquier golpe del formón era inútil. E incluso pensaba que no habría sangre de serpiente capaz de hacerme recuperar el valor de enfrentarme de nuevo a aquel monstruo sin vida.

Pero aquel día, la sonrisa de la princesa no me perseguía. O mejor dicho, quizá lo hiciera, pero no tenía la inquietante sensación de luchar contra ella. Estaba inmerso en una meditación artística y solo tenía que permitir que mi formón diese forma dócilmente a la fuerza que habitaba en la sonrisa de la princesa.

En aquel momento mi corazón era débil y me lamentaba: el buda que estaba tallando no me satisfacía ni mostraba mi habilidad. Pero no tenía nada que ver con la atroz desesperación que me había torturado cuando el monstruo parecía privado de fuerza y mis golpes de formón resultaban inútiles para atrapar la sonrisa de la princesa.

Pero, ahora, mi corazón había alcanzado la paz y luchaba dócilmente contra el arte. Desde este punto de vista no había tanta diferencia con mi estado de ánimo del año anterior. Sin embargo, comprendí que había cambiado. Y me parecía que, sin duda, mi situación en aquel momento era mucho mejor.

Regresé a la residencia del rico señor con un saco lleno de serpientes. En los ojos de la princesa brilló un destello de inocencia al ver el tamaño del bulto.

—Ven conmigo a la torre —dijo.

Cuando subimos a lo alto, la princesa señaló el valle:

—¿Ves el santuario en la orilla del lago Mitsumata? ¿Ves que hay una persona muerta aferrada a las paredes? Es una vieja. Llegó hasta allí, rezó un instante y, de repente, comenzó a agitarse convulsamente. Luego se arrastró por el suelo sin apenas fuerzas y, justo cuando extendió el brazo para tocar el santuario, dejó de moverse.

Sus ojos estaban fijos en aquel punto. Miraba intensamente, con satisfacción.

—Mira cuánta gente ha salido hoy a labrar el campo. En la época de la viruela no se veía a nadie trabajar. Hoy, aquellos que van a rezar al santuario mueren, pero la gente del campo se salva.

Yo, que había estado aislado y recluido en mi cabaña trabajando, apenas había tenido contacto con los habitantes de la casa y menos aún con los extraños. Había oído rumores de una mortal epidemia que devastaba los pueblos, pero para mí era como un suceso de otro mundo y no me afectaba. También habían llegado hasta mis oídos las palabras de la gente: me aclamaban llamándome maestro pues creían que el monstruo que había tallado era un talismán protector contra la enfermedad, pero hasta eso me parecía un suceso de otro mundo.

Por primera vez pude ver la aldea desde la torre. Era una vista más cercana que la que se podía obtener desde la montaña. La visión del cadáver aferrado al santuario tenía algo de falso, como si no me concerniera; sin embargo, la desesperación de la gente de la aldea se me quedó grabada en la retina para siempre. Sabían que el monstruo no ofrecía ninguna protección contra la enfermedad y, aun así, algunos deseaban morir aferrados al santuario. Era demasiado cruel. Pensé que deberían quemar la imagen. De repente, me invadió la desagradable sospecha de ser el único culpable de todo aquello.

La princesa, saciada con las vistas del espectáculo, se dio la vuelta y ordenó:

—Saca una a una las serpientes del saco, ábrelas con el puñal y exprime su sangre. ¿Qué hiciste después con la sangre?

—Me la bebí en una taza de sake.

—¿La sangre de cuántas? ¿Diez? ¿Veinte?

—Es imposible beber tanto de una sola vez. Si uno no puede más, lo mejor es derramarlo por ahí.

—Y después colgaste los restos de las serpientes del techo, ¿verdad?

—Sí.

—Pues vamos, comienza. La sangre la beberé yo. Rápido.

No tenía más remedio que obedecer sus órdenes. Fui a buscar la taza de sake y las herramientas para colgar los restos y, después, empecé a desgarrar una a una las serpientes de la bolsa, exprimiendo su sangre y colgando los restos del techo.

Me parecía imposible que fuera capaz de hacerlo, pero la princesa la bebió de un trago sin temor y con una sonrisa inocente en el rostro. Era una visión tan terrible que mis manos, acostumbradas a hacer pedazos los reptiles, temblaron sin control. Durante tres años había estado desgarrando y bebiendo la sangre de innumerables serpientes que después colgaba del techo, pero como eran mis propios actos, no me había parecido ni extraño ni aterrador.

Me pregunté qué motivo la impulsaba a obrar de tal modo, pero, fuese lo que fuese, bueno o malo, la visión de la princesa en la torre bebiendo la sangre sin vacilar era tan inocente que producía pavor.

La princesa bebió de un trago la sangre de tres serpientes y derramó el resto por el techo y por el suelo.

Cuando terminé de desgarrar y colgar todas las serpientes, la princesa ordenó:

—Vuelve a la montaña y tráeme más. Mientras luzca el sol y hasta que todo el techo esté cubierto de cadáveres, hoy, mañana y pasado mañana, irás a buscarme más. Date prisa.

Obedecí. Ya había caído el crepúsculo cuando regresé. Una nube de descontento ensombreció la sonrisa de la princesa un instante. Miraba con satisfacción las serpientes colgadas del techo pero los espacios vacíos le provocaban desagrado.

—Mañana madrugarás y subirás a la montaña una y otra vez para traerme más.

La princesa miró con pesar hacia la aldea sumida en el crepúsculo y añadió:

—Mira. Han venido a recoger el cadáver de la vieja. Están reunidos cerca del santuario. Son muchos. —La sonrisa en su rostro era radiante—: Cuando la viruela, solo acudían dos o tres personas y apenas tenían fuerza para trasladar el cadáver. Pero esta vez están llenos de vigor. Quiero que todas las personas que ahora estoy viendo mueran entre convulsiones. Y después quiero que mueran todas aquellas personas que no puedo ver. Las que viven en los campos y las de las montañas y los bosques también. Y también todos los de esta casa. Todos deben morir.

Me quedé paralizado, como si me hubieran arrojado un cubo de agua gélida. La voz de la princesa era clara e inocente y, por eso mismo, parecía aún más terrorífica. Había bebido la sangre de las serpientes y colgado sus restos del techo de la torre solo para invocar la muerte de todos los habitantes de la aldea.

Incapaz de permanecer allí un segundo más quise huir, pero mis piernas estaban paralizadas. Incluso mi corazón se detuvo. Jamás había odiado a la princesa, pero en ese momento, por primera vez, comprendí que era muy peligroso que la princesa estuviera viva.

Me desperté al alba. Mi corazón estaba tan ligado a la princesa que sus palabras, grabadas en mi mente, hicieron que me despertase en el momento justo.

La angustia atenazaba mi pecho, pero no podía hacer otra cosa que adentrarme en la montaña con el saco a la espalda. Busqué y cacé serpientes desesperadamente. Un poco más rápido, unas cuantas más. Me espoleaba a mí mismo sin tregua. Mi único anhelo era no decepcionar las expectativas de la princesa.

Cuando regresaba portando un saco grande, la princesa ya me estaba esperando en la torre. En cuanto acabamos de colgar los cadáveres, el rostro de la princesa se iluminó.

—Aún es pronto. Los aldeanos apenas acaban de abandonar los campos. Hoy tienes que ir muchas veces. Vete. ¡Rápido! ¡No te retrases!

En silencio aferré el saco vacío y me apresuré a la montaña. No había podido decirle ni una palabra a la princesa. No tenía fuerzas. En poco tiempo, el techo de la torre estaría lleno de cadáveres de serpientes y, entonces, ¿qué sucedería? La desesperación me atormentaba.

En el fondo, lo que hacía la princesa podía parecer una infantil imitación de lo que yo había hecho en mi cabaña, sin embargo me negaba a aceptar una explicación tan ingenua. Yo había hecho aquello forzado por las circunstancias, pero los actos de la princesa iban mucho más allá de la imaginación humana. Imitaba lo que había visto en mi cabaña por casualidad, pero si no lo hubiera visto, estaría haciendo cualquier otra cosa igual de terrorífica. Es más, esto solo era el comienzo.

En el curso de su vida, ¿qué más ideas se le podrían ocurrir? ¿Qué más cosas podría llevar a cabo? El pensamiento humano no podía dar respuesta a estos interrogantes. Yo no tenía ningún control sobre ella, del mismo modo que mi formón nunca había sido capaz de captar su expresión: lo sentí en todas las fibras de mi ser.

«Ya veo. El buda que estoy haciendo es solo un pequeño ser humano, mientras que la princesa es infinita como el cielo azul».

Había visto demasiado horror. Ahora no podía menos que preguntarme desesperadamente qué cosas podrían inspirar mi trabajo en el futuro.

Cuando regresé con el segundo saco, la princesa me recibió con los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Me sonrió alegremente:

—Magnífico. —Y, señalando con el dedo, continuó—: Mira, en aquel campo hay un muerto. Ha sido ahora mismo. Levantó el azadón hacia el cielo y empezó a agitarse. Cuando cayó inmóvil, otro más comenzó a tener convulsiones. Hasta hace poco se arrastraba retorciéndose por el suelo.

Los ojos de la princesa miraban fijamente hacia un punto en la distancia, esperando quizá algún movimiento. El sudor se deslizaba por mi piel mientras escuchaba su voz. Pronto me invadió un sentimiento indefinido, de inmensa tristeza y profundo miedo a la vez. No sabía qué hacer. Sentí un peso infinito en el pecho, un nudo en la garganta y empecé a jadear.

En ese momento su voz cristalina pronunció mi nombre:

—¡Mimio, mira! ¡Allí! ¿Lo ves? Aquel ha empezado a tambalearse. Parece que está bailando. Se tambalea como si el sol lo deslumbrase, como si estuviera borracho de sol.

Corrí hacia la barandilla y miré en la dirección que señalaba la princesa. En el campo anexo a la residencia del rico señor, un campesino se tambaleaba con los brazos abiertos hacia el cielo. Parecía un espantapájaros con pies y se movía en pequeños círculos. Cayó de golpe y empezó a arrastrarse. Yo cerré los ojos y me aparté. Mi cara, mi pecho, mi espalda estaban empapados de sudor.

«La princesa va a matar a todos los habitantes del pueblo». No tenía ninguna duda. En el momento en que colgara del techo el último cadáver de serpiente, moriría la última persona de este pueblo.

Alcé la vista hacia el techo, la corriente balanceaba las serpientes muertas y pude entrever un hermoso cielo azul. En mi cabaña totalmente cerrada no había podido ver un espectáculo semejante. No podía creer que unas serpientes muertas pudieran poseer tal belleza. Era algo que sin duda no podía pertenecer al mundo de los humanos.

No tenía alternativa: o arrancaba todos los cadáveres y los tiraba al suelo o huía de allí. Agarré el formón con fuerza mientras me preguntaba qué opción elegir. En ese momento, oí la voz de la princesa.

—Por fin ha dejado de moverse. ¡Qué bonito! Tengo envidia del sol porque todos los días ve morir a la gente en todos los campos, pueblos y ciudades de Japón.

Mientras escuchaba sus palabras, mi corazón cambió: nada quedaría de este frágil mundo si alguien no ponía fin a la vida de la princesa.

Miraba el campo abstraída. Quizá estuviera buscando en la lejanía una nueva víctima de las convulsiones. «¡Qué bella e inocente!», pensé.

Y cuando me decidí, extrañamente no vacilé. Parecía que me empujaba una gran fuerza.

Me acerqué a la princesa, puse mi mano izquierda sobre su hombro izquierdo, la abracé para inmovilizarla y hundí en su pecho el formón que sujetaba con mi mano derecha. Yo respiraba con dificultad, pero la princesa sonrió alegremente.

—Al menos tendrías que haberme dicho adiós antes de matarme. Yo deseaba despedirme de ti antes de que me hubieses atravesado el pecho.

Sus grandes ojos continuaban sonriendo. La princesa tenía razón. Debería haberme despedido o, por lo menos, pronunciado alguna palabra de disculpa antes de apuñalarla, pero estaba demasiado mareado y confuso para decir nada. Y ahora, ¿qué podía decir? Mis ojos se llenaron de lágrimas sin querer. Entonces, la princesa tomó mi mano y murmuró con una sonrisa en los labios:

—Las cosas que uno ama hay que maldecirlas, matarlas, combatirlas. Por eso tu buda no vale nada y por eso, precisamente, tu monstruo es magnífico. Cuelga serpientes del techo y haz una obra maestra soberbia, tan extraordinaria como mi muerte…

Los ojos de la princesa se cerraron sonriendo.

Y, estrechándola entre mis brazos, caí al suelo inconsciente.

Relato III

El Gran Consejero Murasaki

Hace mucho tiempo, en la época del emperador retirado Kazan, vivió un hombre conocido como el Gran Consejero Murasaki. Era tan gordo que parecía como si un enorme trozo de carne hubiese adoptado forma humana. Tenía cincuenta años, pero su bien conocida reputación de hombre lascivo no había decaído con la edad y continuaba frecuentando la compañía de ciertas damas de la ciudad noche tras noche. Cada mañana, con las primeras luces del alba, en el camino de regreso a casa, recordaba con nostalgia el perfume de las mujeres de la noche anterior. También tenía por costumbre espiar por los agujeros de un muro a cierta mujer que, cautivada por el paisaje matutino, se asomaba a la veranda. Si su presencia suscitaba sospechas, había aprendido a usar la vieja treta de imitar el canto del gallo o el chirrido de un topo. A veces exclamaba: «Te gusta, ¿eh?», y en otras ocasiones osaba pronunciar ciertas expresiones menos dignas de un hombre de su rango. Tanto disfrutaba con el sigiloso fisgoneo que ni siquiera le importaba mojarse el trasero con el rocío de la maleza.

En aquella época, vivía un indeseable llamado Yasusuke Fujiwara, cuarto hijo de Munetada, el gobernador de la Sección Izquierda de la Capital. Yasusuke, en connivencia con su joven sobrino Tokiakira, un funcionario de tercer rango, había reunido bajo su mando a una cuadrilla de bandidos y había establecido su cuartel general entre las montañas de Kunisuzuka, en Ise, y Takashima, en Omi. Desde allí partían para asaltar las diferentes provincias, llegando incluso a la capital. Mataban a todo aquel que se interpusiera en su camino, secuestraban a las mujeres hermosas, quemaban casas y robaban joyas y oro. Muy pronto, la mala reputación de Yasusuke se extendió por el país, siendo conocido por el sobrenombre de Hakamadare, el bandido de la hakama.

Hakamadare y los suyos no solo eran lo suficientemente fuertes como para humillar a las tropas gubernamentales enviadas para someterlos, sino que actuaban de manera brutal y sanguinaria, sin atisbo de piedad ni sombra de compasión digna de los hombres nobles. Hakamadare dividía a los suyos en grupos que avanzaban desde diversos puntos, haciendo que en una sola noche el fuego corriese de este a oeste de la propia capital. Las calles amanecían sembradas de cadáveres, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, pobres y aristócratas, sin distinción alguna. Era un terrible espectáculo, como si un viento maligno, siniestro y fatídico, hubiera arrasado la ciudad. Con la caída del sol, los atemorizados ciudadanos desaparecían y las grandes avenidas de la ciudad quedaban desiertas. Solo los murciélagos proyectaban desde el cielo su sombra incierta en el crepúsculo.

Cierto es que los jóvenes aristócratas de Heiankyo no pensaban nada más que en el amor pero, frente al peligro que acechaba en las avenidas que recorrían cada noche para acudir al encuentro de damas hermosas, las buenas maneras y las tentaciones de la vanidad pasaron a un segundo plano.

Hace mucho tiempo una situación parecida se vivió en París. Sucedió en el siglo XVII, aunque si lo comparamos con esta historia, no parece un tiempo muy lejano. En esa época vivió una dama llamada Mademoiselle Scudéry, admirada por su belleza e inteligencia. Hay una célebre anécdota que relata cómo Mademoiselle Scudéry contestó con una ingeniosa poesía de dos versos a la broma del rey, quien burlándose de la ola de inseguridad que asolaba la ciudad, afirmó que incluso los amantes más apasionados habían dejado de visitar a sus favoritas. Mademoiselle Scudéry respondió que un amante temeroso de unos bandidos era indigno de ser llamado «amante».

El Gran Consejero Murasaki se asustaba de los grandes ciempiés que veía de vez en cuando, pero no tenía miedo de los fantasmas, pues nunca había visto ninguno, y tampoco temía a los ladrones, pues jamás se había topado con uno. Por eso, mientras los pusilánimes jóvenes de la capital desatendían sus compromisos amorosos, el consejero, sin dejarse intimidar por las calles silenciosas y solitarias, solo pensaba en procurarse los gozos de una noche de amor.

Y llegó una noche, una noche de verano. El consejero recorría el camino que lleva de Fukakusa a Daigo cuando, de repente, escuchó el rugido terrible de un trueno. Las montañas de Yomo resplandecieron un breve instante a la luz de un relámpago, como si fuera de día, para acto seguido ser engullidas de nuevo por la oscuridad. Cuando una nueva ráfaga de luz iluminó la noche, Murasaki avistó algo que brillaba entre la maleza al borde del camino. El objeto parecía responder al fulgor de los rayos. Lo recogió del suelo. Era una flauta.

En aquel instante, la lluvia comenzó a caer con mayor intensidad, como si quisiera desplazar el eje de la tierra. Así que el Gran Consejero Murasaki no tuvo más remedio que resguardarse bajo la sombra de un gran pino y esperar a que amainara el temporal.

Dejó de llover. El sendero del valle y las montañas de Yomo brillaban con nitidez bajo una inmensa luna. De repente, avanzando en silencio por el camino, apareció la figura de una mujer ataviada con un quimono blanco de delicado tejido. Los rayos de luna se reflejaban en su espalda.

—Os lo ruego, devolvedme mi flauta. —La voz era como el tintineo de un cascabel y poseía la frialdad cristalina y la autoridad de una orden—. No soy un ser de este mundo. Soy una de las doncellas al servicio de la princesa de la Luna. Por un descuido dejé caer la flauta favorita de mi señora. Si no regreso con la flauta, no me permitirán vivir en el cielo. Tened compasión y devolvédmela, por favor.

—¡Vaya! Todo esto es muy extraño —exclamó con sorpresa el consejero—. Había oído decir que un anciano sirviente de mi abuelo se comió el pastel de arroz del conejo de la Luna y, durante tres días, pudo ver incluso en las tinieblas de la noche. Pero jamás llegué a pensar, ni en mis sueños más locos, que el destino me llevaría a recoger la flauta favorita de la princesa de la Luna. De hecho, si decís que es suya, sería injusto no devolvérsela. Sin embargo, nosotros, los habitantes de la Tierra, no estamos acostumbrados a dejar pasar una ocasión tan extraordinaria como esta, y más aún viendo que no es un sueño. Primero me gustaría charlar tranquilamente de las diferencias que existen entre nuestros mundos. Por suerte, cerca de aquí, en el pueblo de Yamashina, reside uno de mis vasallos. La suya no es una casa lujosa, pero haré que en vuestra corta estancia no os falte nada.

La mujer celestial palideció de espanto.

—Debo apresurarme. La princesa está esperando —suplicó desesperada.

—¡Pero si solo serán un par de días! —El consejero, advirtiendo la inquietud en el rostro de la doncella, esbozó una sonrisa arrogante y, arrugando la nariz, prosiguió—: ¿No os recuerda a la historia de Urashima? El joven permaneció tres noches en el castillo de la princesa Otohime, pero en realidad fueron trescientos años de la Tierra. Seguro que tres mil años de la Tierra no son ni tres días en el reino de la Luna. Cinco o diez días, incluso un mes en la Tierra, para la princesa de la Luna solo serán un segundo. ¿No dicen que la malicia es propia del ser humano? En comparación con la Luna, el nuestro es un mundo mísero y vulgar, pero también tiene sus placeres y sus cosas buenas. Uno se puede perder en las tinieblas del amor. Por lo que me han contado, en el cielo no hay hombres y, siendo todas mujeres, no debe de ser muy divertido. Mirad. Esa luna que brilla sobre las montañas es como un hilo que une los pensamientos lejanos de hombres y mujeres: su cometido es transformar en perlas las lágrimas de amor. No temáis, no os estoy pidiendo que os convirtáis en una de nosotros. En cinco días os devolveré la flauta. Hasta entonces, ¿por qué no disfrutáis del viento de este mundo y os dejáis llevar por los placeres efímeros del ser humano? Los ojos de la mujer celestial se llenaron de lágrimas.

—¡¿Queréis un quimono que os haga volar?! —gritó desesperada—. Mirad, con este quimono podréis surcar los cielos. Si me devolvéis la flauta, en la siguiente noche de luna llena os entregaré este quimono como muestra de agradecimiento. Las mujeres celestiales no mentimos.

—He oído hablar de un consejero invisible, pero nunca de un consejero volador —sonrió Murasaki con desdén—. Vos sois una mujer esbelta y quedaríais bien volando, pero yo, que soy gordo como un jabalí, no resultaría tan elegante. Ya tengo bastante con mis compromisos de la capital… si tuviera que ocuparme también de las mujeres de la China y de la India, ¡no podría dormir! Así que, como se suele decir: «Allí donde fueres, haz lo que vieres». En este país, cuando una joven dama se encuentra con un hombre, debe sonreír.

La actitud libidinosa del consejero empezaba a resultar turbadora. Se acercó a la doncella celestial, tomó su mano e intentó acariciarle la mejilla. Tímida, la mujer se apartó y, arqueando las cejas, se enderezó en un ademán de dignidad.

—Lo lamentaréis —dijo fulminándolo con la mirada—. ¿Acaso no teméis las represalias de la princesa? La venganza de la Luna caerá sobre vos.

El Gran Consejero Murasaki estalló en carcajadas:

—¡Ja, ja, ja! ¿Un ejército de doncellas celestiales? Con gran placer afrontaré la batalla, y mis vasallos lucharán con entusiasmo. Cuando ya no tengamos fuerzas, asumiremos la derrota de buen grado. Comprenderéis que, llegados a este punto, ya no os puedo devolver la flauta.

La resistencia que la doncella había ofrecido desde el principio desapareció y la mujer rompió a llorar. El consejero experimentó un gran deleite al observar la escena y carraspeó. Fingiendo que le limpiaba el dobladillo del quimono, aspiró la extraña fragancia que despedía la dama.

—No temáis. No os voy a comer.

El consejero se lamió el dedo índice con malicia y rozó el pie descalzo de la mujer. Disfrutó observando cómo lloraba temblorosa y retrocedía instintivamente. Aquella escena le proporcionaba un placer absoluto. Continuó hablando:

—De todos modos, aquí, en medio de la montaña, no podemos hablar con tranquilidad. Seguramente es la primera vez que bajáis a la Tierra y os sentís melancólica. Pero no os preocupéis, como suele suceder en nuestro mundo, seguro que recibiréis la visita de un hechicero llamado Olvido que os secará las lágrimas en el transcurso de una sola noche. Si lo deseáis, ordenaré que construyan para vos un palacio que hará enrojecer de envidia a la princesa de la Luna. ¡Vaya! La luna ya está en lo alto del cielo y no nos hemos dado cuenta. ¡Vayamos a la casa de mi vasallo!

El consejero la tomó del brazo y la levantó. La mujer celestial se lamentó entristecida, pero no pudo hacer nada ante la determinación del hombre. Obedeció las órdenes del consejero y ambos caminaron hacia la residencia del vasallo.

Cuando el Gran Consejero Murasaki pudo ver por primera vez a la doncella celestial bajo la luz de una lámpara, se quedó sin aliento ante la excepcional belleza de su rostro y su figura. Ni el más aborrecible de los criminales podría permanecer indiferente ante el lamento de tan bella mujer. El perfume del incienso de Tagara no podía competir con el aroma sutil y tierno que exhalaba su piel, perfumando la habitación y fluyendo hacia el cielo nocturno.

Perdido en su embelesado ensueño, el consejero advirtió la frialdad temblorosa de la mujer y desconfió de su propio corazón. Hasta aquel momento no recordaba haber sentido algo semejante. Era un miedo gélido y pequeño, como un agudo pinchazo en el pecho. El consejero luchó contra aquella sensación.

Llamó a su sirviente. Le pidió un amplio uchikake de brocado con el que cubrir a la doncella celestial. En ese instante cruzó por su mente la idea de estrechar a la mujer entre sus brazos y sentir bajo sus rechonchos dedos el tacto y la forma de su cuerpo. Sentía el irrefrenable deseo de despojarla de su blanco y delicado quimono, la idea de cubrirla con el uchikake era solo un pretexto. Pero las piernas, pesadas y rígidas, no le respondían. Tampoco podía alargar el brazo para coger la prenda, que cayó con suavidad y torpeza sobre los hombros de la mujer. El uchikake se deslizó, mostrando el rojo intenso del forro. La escena era arrebatadora. Los hombros cubiertos con el delicado quimono de seda blanca parecían sin vida, de una belleza fría y luminosa.

—En las montañas, las noches son frías —le dijo el consejero a la figura petrificada, helada e inmóvil. La voz, que no sentía como propia, resonó con timbre extraño. Sintió que la angustia le laceraba el cuerpo—: ¡Son cinco días! ¡Solo cinco días! —gimió como si le arrancaran las entrañas—: No os retendré ni uno más. Os prometo que no os tocaré ni un dedo. Tampoco dormiré en la misma casa ni os miraré con lascivia. La culpa es vuestra por haber dejado caer la flauta. Mi destino era recogerla, ¡no había otro remedio! ¡Solo cinco días! ¡Es lo justo! Mañana, cuando os despertéis, haré que mis sirvientes os visiten con una gran variedad de manjares y objetos preciosos, los más refinados de este mundo. Todos ellos serán vuestros fieles servidores y cumplirán todos vuestros deseos. En cuanto a mí, solo os puedo decir que cumpliré vuestros deseos y, pasados cinco días, os devolveré la flauta. Pero antes, vendré a visitaros cada noche, cuando estéis tranquila. Así podré disfrutar de vuestra sonrisa y charlaremos como si fuéramos amigos, padres o hermanos del país de la Luna. Solo con eso me sentiré satisfecho. Dejad de lamentaros. Vuestras lágrimas me laceran las entrañas. Son solo cinco días. No podemos cambiar el destino.

El consejero dejó escapar un lamento desesperado y agónico. Dejó descansar a la triste mujer celestial y salió al porche. Levantó la vista hacia la serena luz de la luna. Sintió que, por primera vez en su vida, había experimentado la verdadera esencia de la tristeza. ¿Cómo podía ser que el simple hecho de contemplar la luna provocara aquella inexplicable melancolía? El perfume delicado de la doncella celestial se transformó de repente en la fragancia misma de los rayos de luna y atravesó su grueso cuerpo. Una pena misteriosa se apoderó de él. Si las lágrimas rodaran por sus mejillas, se convertirían en perlas al caer al suelo. Luchó contra la angustia, quiso huir de las agónicas lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos y echó a correr. Pero pronto el consejero se quedó sin aliento, sintió un dolor desgarrador y, entonces, recordó el cuerpo de la mujer. Un extraño entumecimiento provocó que todo su ser entrara en trance. Su sensualidad ardió y su cuerpo estalló en una llama de locura. Corrió. Como en un sueño, dejó atrás el bosque y atravesó el valle. Cuando llegó a su residencia en la capital, se derrumbó exhausto sobre el suelo de tierra de la entrada.

Al día siguiente, al Gran Consejero Murasaki le carcomían sus pensamientos. El amanecer no había traído paz a su corazón, sino una ola salvaje de amor, ansia y sangre animal. Durante toda la jornada le asaltaron las dudas de qué hacer con la flauta. «Si la flauta desaparece, quizá la mujer desista de su idea de regresar a la Luna», pensó. Podría hacerla pedazos, quemarla, o podría arrojarla a las aguas del río Kamo para que la corriente la arrastrara hacia el gran mar. También podría hacer un agujero y enterrarla. Sin embargo, no se decidió. Si la mujer creía que, pasados cinco días, le devolvería la flauta, sin duda permanecería en la Tierra. Pero, si le contaba que había perdido la flauta, ¿la doncella celestial se quedaría? Para retenerla en la Tierra, tendría que conservar la flauta permanentemente. Y así podría hacer suyo su níveo cuerpo. Aquel cuerpo puro lo era todo para él. No le importaba actuar con crueldad si era preciso, aquel cuerpo celestial debía ser suyo. «¡Que el cielo, los dioses, la luna, hasta los demonios, sean testigos del camino terrible y desalmado que voy a tomar! Estoy dispuesto a asumir cualquier castigo. Si consigo poseer ese cuerpo blanco y celestial, no me importará que me arranquen la vida. No me arrepentiré. Si por ese amor debo entregar mi vida, incluso diez mil veces, que así sea», pensó. Un amor así bien merecía una lágrima o todas las gotas de rocío que perlan como lágrimas las hojas de la mañana. Merecía un poco de compasión, aunque fuera efímera como la vida de un insecto que canta entre las hierbas. Pensó que habría alguien que pudiera concederle su deseo.

A la hora del crepúsculo, el consejero salió de casa con la flauta en la mano.

Cuando llegó al camino, por fin se sintió tranquilo. Volvió a pensar en la felicidad que le esperaba aquella noche. Pensó, también, en aquel cuerpo blanco y voluptuoso. Los suaves pechos, el rostro bañado en lágrimas. Pensó en los largos brazos y en las esbeltas piernas; en aquellos ojos suplicantes, en el cuerpo paralizado, en su cabello flotando en el aire, en sus pequeños dedos temblorosos. Se olvidó de las montañas, del bosque, de la oscuridad; incluso, olvidó sus pasos.

Con la noche salió la luna. No había lugar donde ocultarse de la luz de la luna que se alzaba sobre la cima de las montañas, pero el consejero rebosaba de fuerzas suficientes para animar a su acobardado corazón. No había presencia que pudiera infundirle temor. Tampoco tenía miedo de que la luna descubriera la flauta. Se aproximó al lugar donde la noche anterior había encontrado la flauta.

De repente, algo perturbó el silencio del valle. De entre las sombras de los árboles salieron y le cerraron el paso. Cuatro, cinco, y otro más. Las katanas desenvainadas reflejaban la luz de la luna. Estaba rodeado.

El consejero no se dio cuenta de que había perdido la fuerza. Se derrumbó y cayó sentado en el suelo. Sin querer, dejó caer la flauta y miró aturdido a los mensajeros de la Luna. No podía articular palabra. Sin embargo, cuando comprendió que aquellos hombres no habían descendido de la Luna sino que pertenecían a la banda de Hakamadare, sintió un gran alivio. Rápidamente, recogió la flauta y se la ofreció a los ladrones.

—¡Os daré esto! —Sintiéndose perseguido por el eco de sus propias palabras, prosiguió con voz chirriante—: Es un bien muy preciado y no querría cambiarlo ni por mi vida, pero viendo que no tengo escapatoria… ¡Tomad! ¡Será vuestro mejor botín esta noche!

Uno de los bandidos le arrebató la flauta de las manos bruscamente y, cuando parecía que se la iba a devolver, le golpeó con ella en la mejilla. El consejero, presa del pánico, perdió los papeles:

—Te daré mis katanas. To… todo lo que desees… te lo daré…

—También la ropa.

El consejero había estado corriendo bajo la luz de la luna vestido con un simple quimono interior. Alzó los ojos. Aquella era una nítida noche de luna clara. La desesperación que penetraba en su alma le hizo lamentarse a voz en grito. La luna había sido testigo:

—Eso fue lo que pasó. Aparecieron unos bandidos y me robaron la flauta. No pude hacer nada. ¡Qué podía hacer yo, un hombre tan débil! ¡Mirad! Me robaron la katana. Incluso me quitaron la ropa. Lo único que conservo es el quimono interior y la vida. ¡Por todos los dioses! ¡¿No veis mi angustia?!

Y súbitamente, una gran lágrima corrió por su mejilla. En su impotencia, se creyó con derecho a que la doncella celestial lo consolase como a un niño pequeño. Cuando llegó a la casa de Yamashina, el consejero gritó:

—La límpida luz de la luna que es vuestra patria ha sido testigo de todo. Me arrebataron la flauta justo en donde la había recogido ayer. Aparecieron unos bandidos de repente y me la robaron.

Después, me quitaron la katana y la ropa. ¡No sé cómo conservo la vida! Es extraño. No creo que mi vida sea más valiosa. Si sirviera de compensación, inmediatamente renunciaría a ella. Me atormenta que me hayan robado la flauta, que es para vos más valiosa que la propia vida. No sé cómo expresar mi tristeza. ¡Ojalá mis lágrimas se convirtieran en sangre! Ver como sufrís esta noche, me angustia mucho más que perder la vida.

El consejero gemía, postrado en el suelo, mientras lloraba desconsoladamente. La doncella celestial se puso de pie. Miró hacia abajo, en sus ojos brillaban lágrimas de furia.

—Si decís que daríais vuestra vida para compensarme, ¿¡por qué no protegisteis la flauta hasta la muerte!? Nada hay más necio que unas lágrimas insinceras. —La mujer sollozó—. No, la flauta no ha sido robada. Vos la habéis perdido. No pongáis excusas indignas. ¡Devolvedme la flauta! Ahora mismo. Es el bien más preciado de la princesa de la Luna.

—¡Vuestras palabras me afligen! —El consejero lanzó una mirada resentida—. Vuestro llanto es para mí más triste que la extinción de este mundo. Si de verdad hubiese arrojado la flauta por ahí, no os daría excusas. Ciertamente, estuve tentado de hacerlo. Si la flauta desapareciese, vos os convertiríais en un ser terrenal. Pensé en hacerla añicos y quemarla. También se me ocurrió la idea de arrojarla al río Kamo; e incluso, pensé en enterrarla en el fondo de un profundo agujero. Durante todo el día cavilé y cavilé. Pero no podía haceros eso. Vuestros lamentos me mortifican más que todas las torturas del infierno. En mis lágrimas no hay mentira. ¡Que el cielo sea testigo! Si pudiera cambiar mi vida por la flauta, ahora mismo elegiría morir y convertirme en flauta.

El consejero cerró los ojos y esperó, de pie, el castigo de un rayo fulminante. Grandes lágrimas rodaban por sus mejillas. Los grillos cantaban entre las hierbas y el perfume refrescante de la brisa estival lo envolvía todo. Con el viento se mezclaron sonidos de pisadas nostálgicas que atravesaron su pecho. El Gran Consejero Murasaki prosiguió:

—Las cosas son como son y la flauta no va a volver. Nada puedo hacer para devolverla al país de la Luna, así que tendréis que aceptar la realidad y sobreponeros a vuestro dolor. Vuestros lamentos no solo laceran mi cuerpo, sino que traen la oscuridad a este mundo. En la Tierra, la resignación hace secar las lágrimas de los hombres. Luego, un día, recibimos la visita del Olvido y en este mundo efímero florece una segunda oportunidad. Si esta costumbre nuestra coincide con alguna costumbre de vuestro país, os ruego que superéis el dolor y os quedéis en la Tierra. Prometo compensaros. Llamaré al río del Olvido, a los pastos de la Resignación y conseguiré secar vuestras lágrimas. Por no ver esas lágrimas de dolor, me convertiría en calzado para tus pies o en flor para adornar tus cabellos. La doncella celestial lloraba desconsoladamente. La sensualidad del consejero ardió en un segundo. Aturdido, buscó el cielo con mirada suplicante, pero allí no había ni cielo, ni luna, solamente el techo oscuro y sucio de una casa humilde. La tenue luz del candil osciló. Miró hacia la oscuridad, pero todo se volvió lejano: en la vasta llanura no había ni un alma. La sangre le hervía en las venas. El consejero se abalanzó sobre la doncella celestial.

El consejero vagaba por el camino nocturno. En su pensamiento, infinito, lejano, habitaba un juramento que su corazón recordaba como en un sueño. Se convirtió en un río de tristeza que rodeaba su cuerpo y fluía en él. La luna apenas había sobrepasado su cénit y comenzaba a inclinarse hacia el oeste. Solo un amor infinito y un arrepentimiento sin límites, nada más. Ambos sentimientos enloquecían su corazón. Pensó en arrojarse contra las rocas afiladas para recibir su justo castigo.

—¡Cielo! ¡Luna! ¿No querréis llevaros mi vida? —gritó hacia lo alto—. No tengo miedo. Aceptaré cualquier castigo. ¡Cortad mi cuerpo en pedazos! ¡Quemadme! Solamente tengo un deseo. Solo uno. Debo recuperar la flauta. Debo entregársela en sus blancas manos. No podré morir tranquilo hasta que lo haya logrado. ¡Rayos, tened piedad! No temo la muerte, pero os ruego que me concedáis un pequeño aplazamiento.

El consejero estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, decidido a soportar cualquier castigo para recuperar la flauta. Sus pasos lo llevaron al lugar exacto donde se la habían robado. Sin embargo, allí ya no había rastro de los bandidos. No sabía qué hacer, y el tiempo apremiaba. Si se adentraba en las montañas, seguro que encontraría a algún bandido. Avanzó como en un sueño, apartando hierbas y ramas. Caminó y caminó hasta que no supo por dónde andaba. Se había perdido en lo más profundo de la montaña. Las cañas de bambú lo obligaban a bajar la cabeza, escuchaba ruidos extraños a su paso y, asustado, huía y se tropezaba con alguna rama. De repente sopló el viento trayendo consigo un murmullo; le pareció escuchar unas voces familiares. Se detuvo y prestó atención. No era producto de su imaginación. Se adentró en la espesura siguiendo el sonido y allí los vio, en un claro del bosque, alrededor de una hoguera. Distinguió sus siluetas y sus sombras. No había duda, eran los ladrones. Estaban borrachos y parecía que la celebración ya había finalizado: había restos de suciedad por todas partes y, mientras unos blasfemaban, otros bailaban. «Los ladrones y los ratones son como los tres dioses. Disfrutan de la noche», pensó.

El consejero se ocultó tras un árbol para observar, pero había demasiada oscuridad y no pudo ver si entre los objetos robados estaba la flauta. Tampoco pudo distinguir al bandido que se la había arrebatado. De repente, el consejero salió gritando de entre las sombras:

—¡¿Me reconocéis?! Hace unas horas, en el valle, me habéis robado una flauta, la katana y el quimono. ¿Cuál de vosotros ha sido? Que dé un paso adelante y diga su nombre. No quiero ni la katana, ni el quimono, solo deseo recuperar la flauta. A cambio os daré todo lo que deseéis. Esa flauta, que para cualquier otra persona solo es un insignificante instrumento musical, para mí es tan importante que estoy dispuesto a entregar todas las riquezas que poseo. Si lo deseáis, mañana por la noche os traeré un carro lleno de objetos preciosos a este mismo lugar.

Un bandido avanzó hacia él y, sin mediar palabra, le propinó un golpe y luego otro. El consejero, como una bola negra, salió volando por los aires y cayó junto a la hoguera.

—Dices que nos vas a dar lo que queramos. ¡Eso me gusta!

—dijo uno de los bandidos retorciéndolo contra el suelo—. Si tienes un carro lleno de tesoros, tráelo mañana hasta aquí. Pero has de saber que, para que un ladrón devuelva lo que ha robado, el rey del Infierno tendría que devolver las almas de los muertos. Primero, prueba el manjar de los ladrones.

Los bandidos tomaron unos leños de la hoguera y golpearon al consejero por todo el cuerpo. Su quimono se rasgó, las brasas le quemaron la carne y perdió el conocimiento. Cuando se cansaron de golpear su cuerpo inmóvil, fueron tirando los troncos encendidos uno a uno. Pero el último bandido decidió prenderle fuego al leño y, luego, acercó la madera ardiente a la entrepierna desnuda del consejero. En otras circunstancias seguramente habría huido a la desesperada, pero ahora solo reaccionaba dando pequeños espasmos como un gusano. Los bandidos, al ver la escena, rieron al unísono y lo enviaron de una patada junto a los árboles. Satisfechos con el inesperado espectáculo, pero cansados, recogieron sus bártulos en silencio y desaparecieron.

Al cabo de un tiempo, el consejero volvió en sí. No sabía dónde estaba ni qué había ocurrido. El fuego prácticamente se había extinguido y solo quedaban los rescoldos humeantes de la hoguera. La oscuridad se había apoderado del lugar. Pronto recordó lo que había pasado, aunque no tenía fuerza para seguir con claridad el hilo de sus pensamientos. Además, no podía enfocar la mirada con nitidez y le pitaban los oídos. Lo único que sentía era la fría oscuridad. Lo único que podía distinguir en la penumbra era la silueta de la doncella celestial y su sufrimiento. Apenas pudo mover las manos, comenzó a palpar el terreno buscando la flauta. Buscó y buscó hasta que cayó presa de la desesperación. Estaba sediento y le ardía la garganta. Habría exprimido un puñado de tierra si con ello consiguiera una gota de agua. Comenzó a gatear con impaciencia. Entonces, escuchó el murmullo del agua.

El consejero se arrastró siguiendo el dulce sonido. Cayó de lado rodando y volvió a caerse y a rodar. Creía haber recuperado la visión pero ya no estaba seguro. Podía escuchar el sonido del agua por la derecha y por la izquierda, por detrás y por delante.

¿Acaso era una travesura del viento? «Quizá simplemente me zumban los oídos», pensó angustiado.

Consiguió ponerse en pie aferrándose a las raíces de un árbol, pero no tenía fuerzas para caminar. Se sentó y se cubrió la cara con las manos. La vida era breve, como una brisa pasajera, y la muerte era como un sueño. Nada más. No le entristecía morir. De nada se arrepentía. Simplemente aquella tristeza no terminaría hasta que no le devolviera la flauta a la doncella celestial. El Gran Consejero Murasaki lloró desconsoladamente.

De repente, el consejero sintió una presencia a escasos metros de sí. Retiró las manos de la cara y alzó los ojos. Justo enfrente, había un niño sentado en la hierba. Era un niño vestido con ropas andrajosas, sin duda, pero los ojos y la cara arrugada parecían los de un adulto o, mejor dicho, de un anciano. El cabello le caía sobre la frente como si fuera un kappa. Con los brazos cruzados sobre el pecho con arrogancia, esbozaba una sonrisa burlona mientras miraba fijamente al consejero con presunción.

—Sin saber a dónde… —el muchacho comenzó a cantar. Aquella boca era terriblemente grande. Tal vez por eso, los ojos y la nariz arrugados parecían aún más pequeños. El consejero estaba atónito. De repente el muchacho estiró el brazo y agarró la punta de la nariz del consejero con dos dedos.

—… conduce el camino del amor… —prosiguió con la canción. Entonces, comenzó a dar palmadas y luego se golpeó suavemente las mejillas con las palmas de las manos, señaló al consejero y se rio abriendo desmesuradamente la gran boca.

—Sin saber a dónde conduce el camino del amor.

Una vez más, pellizcó la nariz del consejero. Sus veloces movimientos eran difíciles de predecir y Murasaki no podía esquivarlos. En un instante ya estaba dando palmas y cantando otra vez. Su cara era repugnante: los ojos, la nariz y la boca parecían los de un mono, un mono arrugado. Una visión desagradable. Al consejero le pareció que se había levantado, pero no, ahí seguía. Entonces el muchacho sonrió y los ojos, la nariz y la gran boca se arrugaron y se plegaron. De repente la figura del niño se plegó sobre sí misma y, en un segundo, desapareció sin dejar rastro. Sobre la hierba solo quedó una seta que no se daba en aquella época del año.

El Gran Consejero Murasaki no daba crédito a lo que veían sus ojos. Instintivamente gateó hasta la seta e intentó tocarla con una mano. Entonces, se oyeron carcajadas por todas partes. Murasaki se asustó y miró, pero allí no había nadie. Sin embargo, las risas se iban acercando cada vez más. Retumbaban en las raíces del árbol, en la seta, bajo sus pies. Algunas se escuchaban sobre los montes lejanos y otras venían de las ramas que estaban sobre su cabeza. Y entonces, súbitamente, resonaron en sus oídos. El consejero olvidó por completo su cuerpo dolorido y magullado, se puso de pie e intentó huir. Pero sus piernas no le respondían ni aun con el estímulo del miedo. Tropezó y cayó una y otra vez, hasta que perdió el conocimiento y se quedó tendido sobre las raíces del árbol.

Cuando recuperó el sentido, las montañas lucían ya exuberantes bajo la luz de un día de verano. Los rayos de sol que se colaban entre las frondosas ramas se proyectaron sobre su cuerpo tendido en el suelo. Nuevamente se sintió sediento, la garganta le ardía. Volvió a seguir desesperado el murmullo del agua del río, que fluía bajo un acantilado. El consejero intentó descender con cuidado pero se precipitó al fondo y cayó golpeándose contra las rocas. Gimió. Arrancó las hierbas, se aferró a la roca, gateó angustiado. Cuando por fin pudo estirar el cuello hacia el agua, la sangre brillante y roja que manaba de su cara se mezcló con el agua del río. Cuando vio su rostro reflejado en el agua, el consejero tembló. Aquello no parecía de este mundo. Estaba desfigurado, amoratado, y su boca ensangrentada brillaba intensamente. Su corazón se estremeció, desapareció. Todo había terminado. Una gélida angustia le recorrió la espalda.

—¡Aquí y ahora, voy a morir! —gritó el ministro—. Que así sea, no me arrepiento. Pero ¿qué pasará con vos si os dejo sola? Por lo menos, me gustaría veros una vez más. Si el deseo ferviente de mi súplica se puede hacer realidad, ¡que se refleje vuestro rostro en el agua!

El consejero observó la superficie del agua. Solo veía su propia cara, su boca escarlata y resplandeciente. El agua corría y la boca se distorsionaba y se deformaba, la sangre manaba y el agua no dejaba de fluir.

—Yo, aquí, reducido a este aspecto deplorable, ni siquiera he podido diluir un poco de tu tristeza. ¿Y tú? ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? Seguro que ahora estarás despertando. Incluso en un mundo miserable como este, seguro que hallarás algo que te consuele. La estación en la que canta el cuclillo ya ha terminado, pero la hermosa luz del sol habrá aliviado el dolor de la noche. Ya no sé qué más hacer… no sé…

El Gran Consejero Murasaki recogió con las manos un poco de agua y se la llevó a la boca para beber. Pero, al hacerlo, su cuerpo se inclinó, se deslizó en el agua que tenía entre las manos y se transformó en un goteo, que, cayendo en el río, se integró en la corriente y fluyó con ella.

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Literatura japonesa

Tres relatos de terror escritos por Sakahuchi Ango conforman este libro cuyas historias forman parte de las obras de culto de terror japonés. Los relatos exponen con una sugerente sencillez situaciones, aparentemente inocentes, que acaban convirtiéndose en auténticas pesadillas. El libro ya cuenta con adaptaciones al anime (2009) y en el cine (1975).