069 : La batalla de Dan no Ura 壇の浦の戦い.


La batalla de Dan no Ura 壇の浦の戦い no es solo un episodio bélico más, ésta se cuenta entre los hechos realmente cruciales de toda la historia japonesa. El día 25 de abril del año 1185 se decidió el destino de Japón. Y los propios japoneses fueron conscientes de ello; Dan no Ura se convirtió rápidamente en un mito y las leyendas que generó han perdurado hasta nuestros días.
La obra literaria más célebre y antigua que versa sobre el tema es Heike Monogatari, la "Historia de los Heike (Taira)", llena de anécdotas y de vívidos pasajes. A lo largo del periodo Kamakura se desarrolló todo un género musical de biwa basado en el Heike Monogatari. El biwa fue un instrumento muy empleado por los músicos medievales para acompañar sus historias; a menudo estos músicos eran monjes ciegos. Tampoco se deben despreciar los relatos populares, como el tierno y sobrecogedor cuentecillo de Hoichi (ver artículo Cuentos Fantásticos de Japón), recogido para Occidente por el escritor decimonónico nacionalizado japonés Lafcadio Hearn, y protagonizado, precisamente, por un monje ciego tañedor de biwa. Por otra parte, la guerra entre las familias Taira y Minamoto y su batalla final han seguido inspirando a los creadores japoneses hasta hoy.
Como se ha visto anteriormente (ver artículo Los primeros Shogunatos), la rivalidad entre las familias Taira y Minamoto había provocado una cruenta guerra civil. Dan no Ura fue el capítulo que cerraría la novela de su desencuentro y haría que el poder quedase en manos de los Minamoto.
Uno de los rasgos más peculiares de Dan no Ura en cuanto al aspecto bélico es que no fue una batalle terrestre, sino un combate naval. Un choque monstruoso entre los setecientos barcos de los Minamoto y los quinientos de los Taira, estos últimos abarrotados de mujeres y niños. El clan Taira en pleno se hallaba en la flota, con Taira no Munemori a la cabeza.
Al huir dos años antes de la capital, Munemori había llevado consigo al pequeño príncipe Tokihito, que había subido al trono como emperador Antoku cuando solo tenía un año de edad por obra de su poderoso abuelo Taira no Kiyomori. Siguiendo a su señor, marcharon con el joven gobernante todos los miembros de la corte, incluidas las refinadas damas imperiales y la propia abuela del emperador, la viuda de Kiyomori, de nombre Tokiko. Se dice que Taira no Munemori también portaba las Tres Enseñas Imperiales. Así pues, los Taira y sus aliados salieron de Kyoto y se retiraron a sus dominios de Shimonoseki.
Los Minamoto, por su parte, no se habían quedado cruzados de brazos, y ante la jugada de Taira no Munemori habían hecho que el emperador depuesto, Go Shirakawa, que aún vivía, escogiera como sucesor a otro de sus nietos para oponerlo a Antoku. El anciano eligió a uno de los hermanos de Antoku, conocido para la posteridad como emperador Go Toba. Siguieron muchos meses de lucha y varios episodios bélicos significativos, especialmente la batalla de Ichi no Tani. Tras los últimos choques en Yashima en el mes de marzo, solo quedaba entablar el combate final.



Todos estaban embarcados y a la espera. El Heike Monogatari describe con gran detalle la angustia de la situación en los barcos Taira; cada vez que se divisaban garzas en la distancia, la corte temblaba, pensando que eran las banderas blancas de los Minamoto. Hacía tiempo que el ambiente estaba cargado de presagios. Se dice que uno de los señores feudales, dudoso ante el partido que debía tomar, había hecho que siete gallos blancos lucharan contra siete gallos rojos. Al ver que los animales blancos vencían, se decidió por la familia Minamoto.
El desenlace, en cualquier caso, no se hizo esperar demasiado. Se levantaba la mañana del día 25 de abril, en el estrecho de Shimonoseki, entre las islas de Honshu y Kyushu. Las dos flotas, comandadas respectivamente por Minamoto no Yoshitsune y Taira no Munemori, chocaron entre nubes de flechas.
Al principio parecía que el sentido de la corriente favorecía a los Taira quienes, a pesar de contar con menos barcos, probablemente conocían mejor las tácticas navales. Pero a lo largo del día la corriente cambió, y los Minamoto empujaron la flota enemiga hacia la costa. Se desató una espantosa tormenta, y muchos desembarcaron. Entonces, Yoshitsune, con un grupo de jinetes leales, cruzó el estrecho y obligó a los Taira a embarcarse de nuevo. El combate siguió su curso. Otra vez la corriente marina favorecía a los Taira, que intentaron rodear los barcos Minamoto. Pero otro cambio revirtió las suertes. La lucha de los arqueros dio paso al combate cuerpo a cuerpo, y la ventaja Minamoto se hizo evidente.
Además, gracias a la traición de un aliado de los Taira, Taguchi no Shigeyoshi, los Minamoto sabían en qué barco navegaba el emperador. Taguchi no Shigeyoshi era jefe de clan en la provincia sureña de Awa. No todos los Taira confiaban en él, y de hecho muy poco antes de la batalla Taira no Tomomori había sugerido a su hermano Munemori que lo ejecutara. Pero Munemori ignoró la petición. Siguiendo los consejos de su hijo, que también estaba del lado Minamoto, Shigeyoshi se aproximó a la flota enemiga y tras subir al barco de Yoshitsune le proporcionó la crucial información. Los arqueros Minamoto pronto acabaron con los tripulantes que gobernaban el barco imperial y se dispusieron a abordarlo. Muchas naves Taira estaban ya a la deriva, y al poco casi toda la flota quedaba a merced de los Minamoto. Las banderas rojas de los Taira, dice el Heike Monogatari, cubrieron el mar como las hojas de arce que flotan en otoño sobre el río Atsuta.
El Heike Monogatari también relata con detalle el triste fin del joven Antoku. La abuela del emperador, narra la historia, cogió al niño en brazos y juró que no caería en manos del enemigo. Tras prometer a su nieto que otro reino los esperaba en las profundidades, Taira no Tokiko saltó con él al mar, envuelta en grises ropajes de luto. Muchos guerreros Taira la siguieron. El Heike Mongatari afirma que la dama había cogido también dos de las Tres Enseñas Imperiales, que desaparecieron con ella y con el niño entre las olas. Hay quien piensa que en realidad se perdieron todas las Enseñas. Según otros, los Taira arrojaron por la borda la espada y el espejo, o bien la joya y la espada. Tampoco hay acuerdo sobre lo que pasó con los sagrados objetos; hay quien sostiene que todos fueron recuperados por buceadores, pero también hay quien asegura que la espada nunca fue encontrada y que la que hoy se venera en el templo de Atsuta es una copia.



Los guerreros de la familia Taira que no murieron en la batalla de Dan no Ura fueron perseguidos sin descanso y casi todos terminaron ejecutados, generalmente junto con sus familias. La venganza de los Minamoto se reveló concienzuda y brutal y la destrucción del clan Taira fue completa.
En la orilla del estrecho, en un bosque de pinos, se alza un templo dedicado al emperador niño Antoku. La construcción que puede verse hoy es un santuario sintoísta decimonónico. Pero el edificio original era un templo budista, consagrado a Amida Buda, que cumplía una función muy especial. Pues, en efecto, dado que el emperador Antoku y los guerreros Taira se habían suicidado, no podían ser admitidos en el paraíso budista, y existía el riesgo de que sus almas se convirtieran en malévolos fantasmas. Por ello, era necesario que en el templo se celebraran continuos rituales a fin de lograr que los infortunados Taira entraran en la Tierra Pura. El Amidaji cumplió sus funciones hasta finales del siglo XIX, momento en el que la fiebre nacionalista y el desarrollo del sintoísmo de Estado propiciaron su sustitución por un lugar de culto shinto. El antiguo edificio fue demolido y la mayor parte de los objetos que albergaba se perdieron, aunque se salvó la estatua del malogrado Antoku, quien, por otro lado, es hoy venerado en Fukuoka como dios de las aguas.
Los habitantes de la zona, por su parte, dicen que los espíritus de los guerreros ahogados se reencarnaron en los cangrejos locales, que presentan en el caparazón unas curiosas marcas que recuerdan al rostro ceñudo de un samurai y se conocen por ello como cangrejos Heike o heikegani.
Entre los pocos miembros relevantes del clan Taira que sobrevivieron a Dan no Ura se cuenta la emperatriz Taira no Tokuko, la madre del emperador Antoku, también conocida bajo el título de emperatriz Kenreimon In. Se cuenta que, aunque se arrojó al mar con los demás, la rescataron enganchándola de sus largos cabellos con un rastrillo. La infortunada Tokuko acabó sus días como monja budista en el templo Jakko de Ohara, a los pies del monte Hiei. Allí cuentan que pasaba el tiempo llevando a cabo ritos funerarios para honrar la memoria de su hijo. Murió en el año 1192. Hoy el templo alberga entre sus imágenes sagradas una escultura de la emperatriz, acompañada por una de sus damas.
Como se ha mencionado, la guerra Gempei y su batalla final, Dan no Ura, han sido fuente de inspiración en Japón hasta el día de hoy. Es famosa la película basada en la recopilación de cuentos de Lafcadio Hearn. El largometraje lleva el mismo título que el libro, Kwaidan, o "Historias de fantasmas", y fue dirigido en 1964 por Kobayashi Masaki. Más recientemente, en 2007, Takashi Miike dirigió un curioso remake del spaghetti western Django, titulado Sukiyaki Django. También en esta película la batalla de Dan no Ura desempeña un destacado papel.
Pero no solo los autores japoneses se han fijado en el episodio; en este sentido cabe destacar el segundo capítulo del libro de Carl Sagan Cosmos (equivalente al segundo episodio de la serie de televisión homónima). En él, el científico habla a modo de introducción sobre el combate y pasa a utilizar los pequeños cangrejos Heike como ejemplo para explicar el concepto de selección artificial. Según su teoría, cuestionada por otros autores, a lo largo de los siglos los habitantes de la costa habrían evitado los cangrejos con marcas semejantes al rostro de un guerrero, escogiendo para comer los que no las presentaban de forma clara. De este modo, los cangrejos fantasmales habrían ido aumentando su número hasta convertirse en dominantes en la zona.
Para concluir, se debe señalar que la batalla de Dan no Ura es, para la cultura japonesa, el perfecto ejemplo de la idea budista de impermanencia de todo lo mundano. Como señala el melancólico inicio del Heike Monogatari; "Los poderosos también declinan, como el sueño fugaz de una noche de primavera, y no son, en suma, más que polvo en el viento".




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