062 : Japón, una cultura ancestral.


Los mitos han supuesto siempre el paso inicial, prácticamente en toda cultura conocida, para engrentarse a un mundo que sus integrantes no comprendían. Ésta es, sin duda, la idea que hoy por hoy se tiene acerca de cualquier mitología.
El politeísmo es una creencia arcana y, para casi cualquier creyente de nuestros tiempos, una tendencia en sí misma pagana. Pero no se debe olvidar que para los antiguos pueblos, sus Dioses erán algo más que conceptos abstractos. Ellos no veían en aquellas figuras un medio de comprensión para su mundo, sino que creían en la existencia real de sus divinidades. Seguro que los japoneses veían a Amaterasu en cada nuevo amanecer, distinguiendo su figura en la llegada de los primeros rayos solares. O a la propia Izanami, como la madre tierra, cada vez que se encontrasen con algún paraje inexplorado de belleza extraordinaria.

La cultura japonesa creó en sus inicios, para sí, una forma autónoma religiosa basada en su sensibilidad y su exacerbado amor a la Naturaleza. Esta antigua religión era el Shinto (traducido de alguna manera como "Camino de los Dioses" o "Camino del Kami") que si bien formó un sistema autóctono, también tomó influencias de algunas regiones chinas, el Asia sudoriental y Corea. En un principio, y como es compun en el nacimientode estas religiones ancestrales, los mitos se crearon y mantuvieron por tradición oral y no fue hasta la llegada de las instituciones imperiales cuando ésta se sistematizó como un conjunto de relatos.

Tal recopilación se llevó a cabo por medio de dos compilaciones: el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720). En ambos textos, se utilizó un carácter histórico y fundamentador con el que trataban de establecer la sacralización del imperio japonés. La religión pasaba a ser así una legitimación del poder político y social del emperador, que gobernaba a su pueblo por mandato divino. Los emperadores eran descendientes de los Dioses solares, su representación en el mundo, y por ello, los únicos capaces de gobernar la tierra de los hombres.

La religión japonesa destacó por su delicada percepción sensualista de lo natural y, con ella, la exaltación de los fenómenos naturales hasta el punto de convertir a todos ellos en deidades para su extensísimo panteón. Para los japoneses, cualquier cosa o ser contenido en la naturaleza era objeto de veneración; desde una roca, hasta un tejón pasando por el Sol o el Mar. Estos fenómenos se materializaban en su expresión de kami. El kami no es en sí mismo un espíritu, aunque si hay una palabra en nuestra lengua que se le acerque probablemente sea ésta. Ante la ausencia de un Dios creador todopoderoso, los japoneses imponen esta forma de representar todo lo existente en una multiplicidad de kamis. Existen tantos kamis como variedad hay en la naturaleza.

Aunque la documentación acerca de la mitología japonesa es sorprendentemente escasa (por lo menos en español), lo poco que se puede obtener de las distintas fuentes no cuentan una sola versión. Esto se debe al hecho de que el Kojiki y el Nihon Shoki presentan muchas diferencias entre sí, y sitúan ciertos hechos en orden cronológico distinto, se narran hechos en uno que en el otro se omiten.

La creación de Japón.


Antes de que cualquier cosa existiese, los Antiguos Dioses del Takamagahara (高天原 - La Alta Llanura del Cielo) enviaron a Izanagi e Izanami a convertir el caos en orden, lo movedizo en firme, las tinieblas en luz...
Eran el primer hombre y la primera mujer, Padre Cielo y Madre Tierra. Descendieron desde Takamagahara, el paraíso donde moran los Dioses, hasta el final del Puente del Cielo que desembocaba en la tierra, aún sin nombre y sin forma.
Este inhóspito mundo estaba inundado por una nuebla tan densa como la oscuridad en la noche más oscura; ni sonidos, ni el soplo del viento, no olores... tan sólo se podían sentir el uno al otro inmersos en la nada.
Los primeros hombres eran seres perfectos como sólo los Dioses pueden serlo, Izanagi era fuerte como brotes de sauce; Izanami hermosa como el agua que cae de la cascada. Eran sabios, justos, inocentes y las más elevadas virtudes formaban parte de sus esencias. Por su propia naturaleza fueron elegidos para moldear a su antojo la Tierra.
Ellos, de entre todos los Dioses, sabrían que hacer llegado el momento, aunque bien es cierto que al principio, reinaba en ambos una gran incertidumbre...
—¿Es esto la Tierra?— preguntó ella sumida en la duda.
—Es aquí donde está nuestro trabajo. Éste es el mundo que hemos venido a dar forma.
Y con esta afirmación, Izanagi, comenzó a hundir una y otra vez su sagrado venablo, el llamado Amenonuhoko (天沼矛天之琼矛天 - Lanza del Cielo y la Tierra), buscando un suelo firme donde pisar entre las cenagosas aguas inmóviles que estaban bajo sus pies. Nada sólido era alcanzado con la punta de su arma y numerosos fueron los intentos. Pero es imposible hacer desistir a un Dios de su empeño o agotar su paciencia, y menos aún la de Padre Cielo.
Finalmente, las nieblas comenzaron a disiparse, elevándose lentamente hasta el cierlo donde fueron tomando la forma de nubes, como si no quisieran abandonar la Tierra que habitaron desde el principio de los tiempos. En la punta de Amenonuhoko se podía distinguir un grumo de barro que cayó de nuevo sin mezclarse con el agua. Así se separaron por primera vez tierra y agua, e Izanagi, con su poderoso brazo, pronto pudo separar infinidad de grumos que fueron uniéndose al caer.
Se formaron las primeras islas que quedaban rodeadas del agua limpia y pura, ya despojada del barro que contenía. Ambos pudieron contemplar cómo el radiante cielo azul se reflejaba en las cristalinas aguas, y cómo las nubes les sonreían desde las alturas, alegres por verse tan cerca de su antiguo hogar a través de ese reflejo.
Contemplaban la nueva Tierra entusiasmados y la recorrieron juntos explorando hasta sus más recónditos lugares. La primera isla fue nombrada Onokoro (オノゴロ島) y pronto descubrieron que amaban cada cosa que había sobre ella.
Cuando llegaron a sentirse fatigados por los constantes viajes, se sentaron en un llano donde podían admirar la belleza de su creación. Izanagi dijo:
—Éste es nuestro nuevo hogar. Aunque no debemos olvidar de dónde venimos, y a quién debemos este maravilloso regalo. Levantaremos una altar para venerar a los Dioses que nos enviaron a la Tierra.
—Sí —contestó ella, feliz y amable como siempre se mostraba— levantaremos una gran columna, tan grande que llegará al Cielo y podrá ser tocada por los Dioses del Takamagahara, para así poder estar siempre cerca de nuestro antiguo hogar.
Y sucedió tal como fue descrito por ambos. En Onokoro se construyó el altar, Yashidono, y se alzó majestuosamente el Amenomihashira (天御柱 - Pilar del Cielo).
Los Dioses, agradecidos por la ofrenda, hicieron que los cielos se terminasen de separar de las aguas y numerosas islas nuevas empezaron a emerger de ellas.
Eran ocho grandes e imponentes islas las que ahora les rodeaban. Cada una tenía un alma distinta a las demás y su propia forma de ser. Algunas, como Honshū (本州), poseían grandes montañas escarpadas.
Tanto Izanagi como Izanami comprendían que las que tomaban esta forma no querían ser visitadas frecuentemente porque gustaban del placer de la soledad y ambos lo respetaban desde su infinita comprensión. Otras en cambio poseían hermosos bosques y valles, como era el caso de Kyūshū (九州), que deseaba ser admirada en su espléndida belleza, y por ello era lugar habitual de descanso para el deleite de los Dioses.
El tiempo pasó, y mientras Izanagi recorría cada lugar de estas nuevas tierras, Izanami se ocupó de no descuidar el culto. No había descanso para la Diosa mientras él viajaba. Rezaba constantemente pidiendo a los Antiguos Dioses protección para su amado, y agradecía con más plegarias cada regreso de éste, sano y salvo a su lado.
Pero algo empezó a germinar en ella. Un sentimiento que hasta el momento desconocía y que se fue adueñando de su ser con más intensidad. Veía cada día cómo a su alrededor florecían los campos con árboles y flores de todo tipo de olores, colores y texturas distintas; nacían las crías de zorros y tejedores, del gorrión y del tordo; las tierras comenzaban a dar abundantes cosechas.
Todo lo que había en la Tierra daba su fruto, aportando algo al entorno, formando parte de una melodiosa amronía. Todo lo existente tomaba parte en un diálogo del que sólo quedaba exluida la pripia Izanami.
—¿Cuál es la causa de tu tristeza?
—Siento no formar parte de aquello que estamos creando. He preguntado a los Dioses muchas veces desde que me siento tan triste, pero parecen ignorar mi pesar— contestó angustiada Izanami.
—No hay nada en este mundo o en el otro que ellos ignoren.
Debemos seguir con nuestro cometido nosotros solos, y quizás esto sea parte del mismo —decía él, mientras acariciaba el sedoso cabello de su amada— quizas...
Sin saber cómo, se acercaron tanto que eran incapaces de saber dónde acababa la figura de uno y dónde empezaba el otro. Ambos se fundieron, llegando a ser un solo ser, un solo cuerpo, una sola alma... y así tuvo lugar el primer encuentro amoroso entre Dioses. Izanami comprendió que aquella armonía que observaba en el mundo no era distinta al amor que ahora surgía entre ellos, y de nuevo pudo ser feliz. Esta unión fue grata a las antiguas divinidades del Takamagahara que les otorgaron su primera línea de descendencia: Los primeros Kamis, espíritus de la Naturaleza que se propagaron por la Tierra, llegando hasta las propias raices del mundo.
Sus esencias lo impregnaban todo. Nacieron kamis del mar, de las montañas, de los bosques, de los ríos... de todo aquello que hace que el mundo sea tal como es. Algunos tenían a su cargo altas misiones, como los kamis de las estaciones, otros en cambio parecían menos poderosos, como el kami de la teja, aunque todos eran importantes.
Esa es la grandeza que hay en ellos, todos en conjunto dan forma al mundo. La unión de todos forma el espíritu del mundo.
La felicidad de sus padres era plena al verse rodeados por tan grandiosos hijos. Ambos sabían que su amor había sido aceptado por los Dioses y que los kamis eran la prueba de ello. Tanto Izanami como Izanagi a veces volvían para sentarse juntos en la Llanura de Onokoro, donde el mundo comenzó a tomar forma. Allí observaban el nuevo aspecto de la Tierra y se sentían orgullosos de su obra, ahora revestida con miles de espíritus que la dotaban de movimiento propio. Su labor parecía haber llegado a su fin.
Pero cinluso los Dioses deben aprender ciertas cosas, como que la felicidad no es erterna. Nada en este mundo dura para siempre y ésta era la gran diferencia con el Takamagahara. La eternidad pertenece a los Dioses en su hogar y no a la Tierra. Izanagi y Izanami lo aprendieron de una forma cruel que quedaría grabada en las propias entrañas del mundo.

En aquel tiempo existía un elemento capaz de destruir a su antojo todo aquello que osase ponerse en su camino; el fuego. En ciertas ocasiones Izanagi tuvo que combatirlo cuando éste intentaba arrasar bosques y campos de forma despiadada. Todos los kamis temían al fuego, sabían que era un enemigo peligroso y que incluso para su todopoderoso padre, era un duro adversario. Pero tal era el orden que se había impuesto en este recién nacido mundo, que todo elemento debía poseer su propio espíritu, y cuando surgió el del fuego trajo consigo una devastación tan grande como la provocada por el elemento mismo.
Izanami sufrió una lenta y dolorosa muerte. Las quemaduras que en ella dejó el parto del que surgió Kagutsuchi (軻遇突智), kami del fuego, hicieron que su agonía fuese el más terrible castigo que haya sufrido jamás ser alguno. Izanagi trató de ayudar a su amada, pero todos los esfuerzos eran inútiles y ella empeoraba a cada instante. De sus vómitos y heces nacieron cientos de kamis oscuros, hordas de demonios que rápidamente abandonaron el lugar y se expandieron por todo el mundo, ocupando la inhabitada región del subsuelo; la región de los muertos o Hades; el llamado reino de Yomi (黄泉).
La rabia cegó a Izanagi, que dejó escapar las dos únicas lágrimas, una por cada ojo, que derramó en toda su inmportal existencia. Sentía que ni siquiera su inmenso poder era suficiente para acabar con el sufrimiento de Izanami y al escuchar su último suspiro, la rabia se tornó locura. Empuñando el sagrado Amenonuhoko, cortó con destreza la cabeza de Kagutsuchi que cayó al suelo provocando un terrible incendio. Nada pudieron hacer los kamis por reducir las llamas antes de que el cuerpo de su madre fuese consumido totalmente por ellas.
Mientras Izanagi observaba con la mirada ausente aquel espectáculo de destrucción provocado por su propia ira. De la sangre que manó de Kagutsuchi, y al mezclarse con la tierra, nació el Dios Rompepiedras o Gran Dios de la Roca, y de las únicas lágrimas vertidas por Izanagi, también al contacto con el suelo, surgió la bella Diosa de la Fuente del Llanto.
El dolor que invadía a Izanagi era imposible de describir con palabras. Fue un dolor infinitamente más profundo y esencial que el pero de los dolores físicos. Sintió como si hubiese muerto su alma, antaño guerrera y todopoderosa, y desde aquel momento, sólo pudo vagar por el mundo como un cuerpo vacío, desprovisto de espíritu. Ya no estaba en armonía con la Tierra. Ningún elemento sin espíritu podía estarlo.
Los esfuerzos de sus numerosos hijos fueron en vano y nada consiguió consolarle, ni siquiera el intento de la Diosa de la Fuente del Llanto, nacida en la trágica muerte de Izanami. Ésta, viendo la gran angustia que embriagaba a su padre se dirigió a él:
—Padre —dijo con una melodiosa voz que sonaba como el rumor del mar cuando está en perfecta calma— puedo intentar ayudarle. Le ruego que me cuente lo que siente y yo trataré de mitigar su dolor.
Y así lo hizo.
Izanagi trató de describir con palabras lo que su corazón sentía tras la pérdida de su amada. La Diosa escuchaba atentamente a su padre y, mientras lo hacía, éste observaba como un recipiente de fino barro que llevaba debajo de su brazo derecho se llenaba, cada vez más y más, de agua. Cuando hubo acabado, ella le habló de nuevo:
—En este cántaro he acumulado las lágrimas que ya no derramarás por Izanami. De tus palabras he eliminado la pena de tu corazón, y de tu mirada, las he encontrado en tu alma. Cuando las vierta en la sagrada Fuente del Llanto, ya no saldrán jamás a través de tus ojos.
La Diosa partió de inmediato para cumplir lo prometido, pero de nada sirvió. Es cierto que Izanagi no volvió a derramar una lágrima jamás, pero su dolor era tan grande que llegaba más allá de la región de su propia alma. Era un dolor indestructible que, como tal, le acmopañaría por toda la eternidad.

Muchos fueron los días y las noches en las que caminó triste, recorriendo cada paraje que había creado y conocido junto a su amada. El último lugar que visitó fue el favorito de ambos, aquél en que todo empezó, donde levantaron el altar Yashidono, en la llanura de Onokoro. Desde allí y a través del Pilar del Cielo, habló directamente a los Dioses:
—¡Contemplad este mundo al que hemos dado forma donde antes sólo se extendía la nada! —gritó Izanagi, rompiendo la quietud del mundo— Cumplimos nuestra misión para haceros felices, renunciando así a la propia felicidad que poseíamos allá en nuestro hogar junto a vosotros. Ya nada levantará mi animo,porque mi amada ha muerto y por ello iré al reino de la muerte, allí donde aún se extienden las tinieblas, para traerla de nuevo a mi lado.
Ese fue el desafío que el Primer Hombre envió a los Antiguos Dioses, a los que siempre había venerado, honrado y respetado.
Nada lo detuvo. Nada lograría frenar su veloz carrera hacia las sombras, y de hecho nada lo intentó. Sus pies dejaron de tocar el suelo y sólo el leve movimiento de la fina hierba, daba fe de su vuelo a ras de tierra.
Recorrió sin cesar las vastas regiones que había moldeado desde la nada originaria, y el rastro invisible que dejaba a su paso fue dando color a campos y frutos a las cosechas.
Izanagi avanzó por lo que parecía una profunda gruta. Sus oscuras paredes se confundían con las sombras que en ellas se proyectaban, simulando siniestras figuras con formas que harían estremecer de miedo a cualquier otro ser, ya fuera hombre o Dios.
Él trataba de no mirar estas paredes y avanzaba con decisión. A lo lejos empezó a distinguir una figura que conocía perfectamente y, sin darse cuenta, comenzó a correr rápidamente hacia ella. Ésta, a su vez, se lanzó hacia él y, cuando se encontraron, se fundieron en un largo y fuerte abrazo.
Izanagi observaba sorprendido, viendo que su amada estaba tan hermosa como se encontraba antes de su fallecimiento, pero advirtiendo que su traje y su peinado habían cambiado, dándole un aspecto que nunca había conocido. Sin poder creer aún que la tenía de nuevo frente a sus ojos le dijo: —Izanami, he venido por ti. Nuestro mundo no es el mismo sin tu presencia, ha desaparecido de él la alegría que existía mientras estabas a mi lado. Yo necesito de ti, como nuestros hijos y la propia Tierra, por ello te pido que regreses conmigo.
—¡Amor mpio! —dijo Izanami sonriendo tristemente— eso es imposible por mucho que ambos lo deseemos. He probado la comida de este siniestro lugar y he tomado su vino. Pertenezco a las tinieblas y por ello no puedo volver a la luz contigo.
—He venido hasta aquí desafiando al Señor del Centro del Cielo y mataría sin pensarlo al dueño de este mundo. Nada me importa excepto llevarte conmigo al nuestro hogar. Yo ya he hecho lo imposible por ti, ¿acaso no harás tú lo mismo?— preguntó angustiado Izanagi.
—¿Qué no sería capaz de hacer yo por volver a verte feliz? sé que has corrido los más insospechados peligros al venir a buscarme y que yo sería la más deshonrosa cobarde si no intentase conseguir aquello que me pides. Por ello iré a ver al señor de este país, y le pediré que me deje partir a tu lado hasta nuestro mundo. Pero antes debes prometerme algo. Que me esperarás aquí, sin adentrarte más, pase lo que pase.
—¡Lo haré!— afirmó solemne Izanagi —lo juro por nuestro amor.
—Bien, pero recuerda que por ninguna circunstancia debes ir a buscarme. No debes entrar en mi casa por mucho que tarde.
Así Izanagi vio cómo su amada se alejaba en las profundidades de la extensa cueva. Cuando ésta desapareció de su vista se sintió solo, inmerso en la densa oscuridad pero notando en su propio corazón una esperanza que lo desbordaba. Le había prometido por dos veces a Izanami que se quedaría allí, y sabía que cumpliría su promesa pasase lo que pasase. El regreso al hogar junto a su amor era sólo una cuestión de tiempo.
Pasó mucho tiempo, mucho tiempo, más del que ningún mortal haya vivido, y siguió esperando sin renunciar a su empeño, cuando algo empezó a cambiar en el lugar. Un olor nauseabundo a corrupción empezó a invadir la estancia haciendo el aire casi irrespirable. El hedor se hacía cada vez más intenso, al mismo tiempo que las sombras que habitaban en la pared se empezaron a mover más rápidamente dirigiéndose hacia el interior de la cueva, hacia la casa de Izanami. En poco tiempo, Izanagi empezó a sumirse en una locura incontrolable; cayó al suelo clavando las rodillas, sacó un pañuelo y se tapó la nariz para poder soportar el hedor. Empezó a observar cómo las sombras tomaban la forma de un grupo de demonios, y que éstos estaban posados sobre una figura humana que trataba de resistirse a ellos. Sin pensarlo más, prendió fuego a una de las peinetas que sujetaban su pelo y empezó a adentrarse velozmente por el lugar, atravesando sin darse cuenta el umbral de la casa, aquél que prometió no cruzar, entrando así en una pequeña cámara.
Ante sí mismo tuvo lugar una escalofriante visión; en el suelo se encontraba el cuerpo descompuesto de Izanami, envuelto en un viejo y desgastado sudario. Al cuerpo del aDiosa le faltaban trozos de carne y sólo un tenue movimiento de su pecho demostraba que todavía en él quedaba algo de vida. Su aspecto, antes dulce, ahora era absolutamente terrible; toda su piel carecía de color, sus manos eran como finas ramas de cerezo que acababan en uñas angulosas, quebradas bruscamente. Parecía que llevaba largo tiempo muerta y en Izanagi no quedó la más mínima duda de que era ella de la que emanaba el insoportable hedor, ya que en la cámara el olor era todavía más intenso. Alrededor de la Diosa había acurrucados ocho Demonios del Trueno a los que pudo reconocer como las sombras que antes moraban en la pared. Estos demonios tenían un aspecto temible y escupían fuego por la boca. Uno de ellos se giró, mirando a los ojos del Dios que, espantado por lo que veía, comenzó a huir.
Al emprender la huida dejó caer la peineta en llamas que le había alumbrado el camino haciendo un ruido que despertó a Izanami. Ésta vio como Izanagi huía y comenzó a gritar con una voz que en nada se asemejaba a la voz suave y dulce que siempre tuvo.
—¡Maldito seas! Has faltado a tu promesa y te maldigo por ello— sonó de forma estridente en toda la cueva. Iré por ti y no pararé hasta darte caza por haberme deshonrado de tal forma.
Izanagi no hizo ningún intento de mirar hacia atrás. Todo el miedo que había dejado apartado en su viaje al mundo de las tinieblas se apoderaba ahora de él. Pronto empezó a sentir tras de sí cómo un grupo de demonios enfurecidos, dirigidos contra él por Izanami, le perseguían. La persecución se dio por todas aquellas peligrosas regiones por las que había logrado acceder a Yomi, hacía ya algún tiempo.
Aunque de nuevo la huida de Izanagi era más que una carrera, un vuelo, los demonios estaban a punto de alcanzarle. Para evitarlo, volvió a desprenderse de otra de sus peinetas que, al lanzarla contra el suelo, se transformó en un enorme viñedo. Las gruesas raíces que surgían del árbol se enredaron en los cuerpos de sus enemigos. Los demonios se repusieron y comenzaron a devorar las raíces abriéndose camino rápidamente, pero Izanagi ya había puesto una gran distancia entre ellos.
Aún así, esta distancia no fue suficiente para que no pudieran alcanzarle antes de abandonar la región del subsuelo, y pronto, los volvió a tener cerca, ahora en mayor número. De nuevo cogió otra peineta, esta vez la última, y al lanzarla, brotó una gran cosecha de bambú que golpeó a muchos de los demonios reduciendo su número a la mitad. El resto prosigió la persecución, y en ésta casi dieron caza al Dios que, en el último momento, hizo correr un ancho y caudaloso río tras de sí, impidiendo definitivamente el avance de los demonios. Éstos, confusos, regresaron para admitir a Izanami su fracaso. La Diosa, enfurecida envió a los ocho Demonios del Trueno, los mismos que antes estaban devorando su cuerpo, y a otros mil quinientos demonios auxiliares para poner fin a la caza.
Izanagi estaba exhausto por la lucha que mantuvo con los demonios. En aquel momento se encontraba cerca de la salida del reino de Yomi, de rodillas en el suelo y tratando de descansar para poder continuar el viaje, cuando de pronto empezó a oír un gran rumor. Era el ejército de demonios que le buscaba, Desenvainó el sagrado Amenonuhoko y comenzó a luchar ferozmente contra ellos, que se precipitaban hacia él en masa.
Pronto comprendió que le resultaría imposible vencerles a todos en tan amplio número y fue retrocediendo al tiempo que resistía el ataque cama podía. La salida quedaba cada vez más cerca y, justo cuando llegó a la misma, las fuerzas le flaquearon obligándolo a caer.
Los demonios, aquellos que aún no habían huido espantados por la fuerza con la que Padre Cielo luchaba, se abalanzaron sobre él. Pero cuando estuvieron a sólo unos instantes de devorarlo, Izanagi invocó a los espíritus de la Naturaleza, a los kamis que junto a Izanami había dado vida, para que le ayudasen en un desesperado y último intento. El poder del Amenonuhoko se hizo infinitamente más grande al canalizar la energía de los millares de espíritus que acudieron a la llamada de su padre, destruyendo así a un gran número de demonios de un solo golpe.
Los pocos demonios que sobrevivieron a la lucha contra el Dios, huyeron despavoridos a la guarida de Izanami buscando su clemencia y perdón. Ésta, invadida por una furia incontrolable, decidió ir ella misma por su antiguo amado.
Izanagi estaba apoyado en la entrada del país de las tinieblas. Intentaba recuperarse de lo que había sido el más duro combate de toda su existencia. Todo su cuerpo estaba exhausto y en él se podían discernir varias heridas que algunos de sus enemigos lograron inflingirle durante la batalla.
Su sangre, al caer al suelo, hacía estremecer al mundo que sabía que algo blasfemo había ocurrido: El Dios que le había dado forma había sido dañado y algo terrible debía augurar tal suceso. Trataba de reponerse al dolor y al cansancio, pero orgulloso como fue siempre, intentó levantarse y dejar atrás el lugar que tanto le atormentaba. Al poner el pie en el suelo para dar el primer paso, escuchó unas palabras procedentes del interior de las tinieblas:
—¡Aún no hemos acabado!— dijo Izanami. Tu deslealtad no ha cobrado el castigo que merece, Izanagi.
Al oír su nombre en esa desconocida y tenebrosa voz, el Dios supo que la Izanami que conoció se había marchado para siempre de su mundo. Sin dudarlo, pero a la vez con una calma absoluta, Izanagi movió una inmensa roca que había cerca de él y con ella tapó la entrada a la cueva, sin ni siquiera mirar al interior una vez más. Antes de que intentase reanudar su marcha, volvió a opir la voz, esta vez lejana, que veía del otro lado de la gran roca:
—¿Crees que todo acabará aquí? ¿Que una roca impedirá que llegue a tí?— resonaron, amenazantes, las palabras de Izanami desde el interior de la cueva.
—No, no lo creo— dijo con voz templada Izanagi. Pero no estaré mucho más tiempo en este mundo, ya que nada me ata a él, rompo los lazos que nos unen definitivamente. volveré al Takamagahara donde no podrás hacer llegar tu influencia:
Volveré a la luz, tu vuelve a las tinieblas.
—¡Te maldigo!— gritó desesperada Izanami. Maldigo cada palabra que pronuncies, cada paso que des, cada cosa que toques o engendres. Te maldigo hasta lo más profundo de tu alma y maldigo tu mundo. Cada día haré matar a mil hombres para traerlos a mi reino.
—¡Así sea!. Yo haré que nazcan mil quinientas personas para que el mundo al que dimos forma siga su curso.
Rotos nuestros lazos, debemos separarnos, así como nuestros países deben separarse. Huye a tu tierra de muerte que yo volveré a dar la vida.
Estas fueron las últimas palabras que los antiguos amantes se dirigieron. La suerte del mundo fue echada en ese mismo instante en el que el ciclo de la vida y la muerte empezó su curso en la Tierra.
Y así, Izanagi, al fin se alejó del lugar sin mirar atrás. No miró hacia atrás nunca más.
Izanagi deseaba volver con los suyos al Takamagahara, pero antes debía dejar todos sus pesares en la Tierra. Sólo si su cuerpo y su alma eran totalmente puros podría regresar, y sabía que después de la lucha con los demonios de Yomi tendría que dirigirse al sagrado río Tachibana no Odo, en la adorada región de Kyūshū, para limpiar cuerpo y espíritu. Así lo hizo.
Al llegar a orillas del río, se agachó y empezó a tomar con las manos, pequeñas cantidades de agua, de la que bebía y usaba para lavar su cara. Así mismo lavaba con paciencia sus heridas que, al ser tocadas por el agua del mágico río, sanaban inmediatamente. Mientras lo hacía, se observaba en el reflejo y, pronto, fue testigo de algo que no podría haber imaginado jamás:
Al lavar su nariz nació Susanoo-no-Mikoto (建速須佐之男命), Dios del Mar y el Viento. De su ojo derecho surgió Tsukiyomi-no-Mikoto (月読の命 o 月夜見の尊), Dios de la Luna. Y, finalmente, de su ojo izquierdo, Amaterasu Okami (天照), Diosa del Sol, Señora del Mundo al que un día dieron su gracia los Primeros Hombres. Observándolos con ternura se dirigió por última vez hacia ellos:
—Junto a Izanami, he engendrado hijo tras hijo, hasta llegar a la última generación de Dioses en la que he obtenido estos tres prodigiosos vástagos.
En ese momento Izanagi apartó cuidadosamente de su cuello el cordón de joyas invisibles que había portado en vida para entregárselo a su hija Amaterasu, a la que dijo:
—Que tu persona gobierne el reino de los Cielos y traiga la luz al mundo.
Después se dirigió a Tsukiyomi:
—Que tu persona gobierne el reino de las noches, cuando el Sol se retire a descansar.
Y por último a Susanoo:
—Que tu persona gobierne el reino de los Mares y Vientos que surcan la Tierra.
La faz de Izanagi expresaba una total quietud, una calma que sólo podía proceder de un Dios como él. Pese al dolor que aún albergaba su corazón, las palabras que transmitió a continuación a sus hijos sonaron esperanzadoras y amables.
—Regreso al mundo al que pertenezco, pero no los dejo solos. En este espejo que les entrego —continuó hablando Izanagi, mientras que de su cintura sacaba un objeto envuelto cuidadosamente en telas viejas— y que perteneció a su madre, donde reflejó muchas veces su hermoso rostro, cuyos rasgos todavía se entreven en cada uno de ustedes. Cuando se miren en él la recordarás tal y como era, y su recuerdo les ayudará a mejorar, a conocerse a ustedes mismos y acercarse a las más altas virtudes de las que ella siempre tuvo posesión. Así mismo, siempre estaré junto a ustedes.
En ese momento entregó el espejo a Amaterasu y añadió:
—Les ruego. Que nada los separe como la fatalidad nos ha separado a su madre y a mí. Rogaré a los Dioses porque así sea.
Antes de que los tres recien nacidos Dioses se dieran cuenta, Izanagi ya se dirigía al Takamagahara. Había emprendido su andadura hacia el Cielo. Su camino era una ascensión hacia la tierra de los Antiguos Dioses, era el retorno de un Dios a su hogar. Y el mundo lloró su pérdida durante mucho tiempo.
Aunque no sólo el mundo lloró. El nacimiento de Susanoo también trajo consigo muchas lágrimas, destrucción y muerte...

Fin



Bibliografía: Colección Origenes: Mitología Japonesa.

ありがとうございました!!